Anuario del Instituto de Historia Argentina, nº 13, 2013. ISSN 2314-257X
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Historia Argentina y Americana

ARTÍCULOS/ARTICLES

Que todavía no se ha acabado esto. Sobre el fin del Negocio Pacífico de Indios después de Caseros

María Laura Cutrera

Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires – CONICET. Argentina mlcutrera@yahoo.com.ar

Cita sugerida: Cutrera, M. L. (2013). Que todavía no se ha acabado esto. Sobre el fin del Negocio Pacífico de Indios después de Caseros. Anuario del Instituto de Historia Argentina (13). Recuperado de http://www.anuarioiha.fahce.unlp.edu.ar/article/view/IHAn13a05.

Resumen
Este trabajo se ocupa del desenlace de la política indígena que caracterizó al Rosismo, denominada Negocio Pacífico de los Indios. Se centra en el período transcurrido entre Caseros y la batalla de Sierra Chica, en 1855. Analiza qué sucedió entre los grupos nativos antes en paz con Rosas y quienes gobernaron desde 1852, y propone tres claves explicativas que se entrelazan: los cambios de planes que tuvieron las autoridades posteriores a Caseros para con los indios; los proyectos de adelantamiento de los fuertes que desde entonces se tejieron en Buenos Aires; y los conflictos políticos desatados entre esta provincia y la Confederación, que involucraron a los indígenas en uno u otro de los bandos enfrentados.

Palabras clave: Buenos Aires; Confederación Argentina; Indígenas.

Que todavía no se ha acabado esto. About the end of Pacific Indigenous Business after Caseros.

Abstract
This paper is concerned with the outcome of the indigenous policy, a distinctive feature of the "Rosism", so-called Pacific Indigenous Business. It focuses on the period between Caseros and Sierra Chica battles, taking place in 1855. It analyses what precisely happened between the native tribes which had always been in peace with Rosas and those governing since 1852, and proposes three closely intertwined explanatory keys: the change of plans made by the authorities regarding the natives after Caseros, the projects to improve fortresses which thenceforth were designed in Buenos Aires, and the political conflicts which had sparked between the former province and the Confederation which involved the natives in either opposing parties.

Key words: Buenos Aires; Argentinean Confederation; Natives.


 

“... Todo lo que pudiera decir de los cristianos sería poco para hacer comprender lo perversos que son (...). ¿No saben que el león (puma), cuando caza una gama, primero juega con ella, sin lastimarla; la manosea, la larga y la vuelve a atrapar; la palmea y la muerde, pero despacio. ¿Y se podría decir que ese león es un amigo de esos animales? ¿Podría creer cualquiera que ese león, al juguetear con la gama, no tiene miras de despedazarla? Si hay quien pueda creer eso, está engañado. Ya ven, el león hace con las gamas lo que el cristiano con el indio. Aquí está la prueba...”1

I. Introducción y planteo del problema

La noche anterior a Caseros, Juan Manuel de Rosas se reunió con sus oficiales para escuchar su opinión sobre la forma de encarar el enfrentamiento con las tropas aliadas. Le sugirieron que ocupara la ciudad con la infantería y la artillería, y mandara la caballería al sur para venir con los indios amigos que, con miles de lanceros montados, esperaban su llamado. Terminado el encuentro, el gobernador habló con Antonino Reyes y manifestó su postura al respecto.

“...Ya sabe ustedle dijo- que soy opuesto a mezclar estos elementos entre nosotros, porque si soy vencido no quiero dejar arruinada la campaña. Si triunfamos, ¿quién contiene a los indios? Si somos derrotados, ¿quién contiene a los indios?...” (Ibarguren, 1931: 435).

Sea como fuere, hay quienes aseguran que los aborígenes formaron parte de las tropas bonaerenses en la última lucha del régimen. Según Alberto Sarramone, estuvieron “prontos, al alba del 3 de febrero de 1852, en el palomar de Caseros. Acudieron al campo de batalla conducidos por Pedro Rosas y Belgrano, y no lo abandonaron hasta la inexplicable retirada del general Ángel Pacheco” (Sarramone, 2001: 143).

Difícilmente pudiera ser de otro modo. Por mucho que el todavía gobernador conjeturara sobre las implicancias de la participación indígena en el combate, la colaboración militar de los grupos amigos para con el rosismo era, si se quiere, una pieza fundamental del acuerdo tácito que los vinculó a él desde fines de la década de 1820. Entonces, con el asentamiento de algunas parcialidades al interior de los espacios ocupados por la provincia, comenzaba a tomar cuerpo una forma particular de relacionarse, cuyos cimientos se echaron durante el gobierno de Gregorio de Las Heras, y que Rosas sistematizó y popularizó como “Negocio Pacífico de los Indios”.

El Negocio Pacífico de Indios fue una modalidad política muy elaborada, que suponía un ajustado conocimiento del otro, a la vez que una constante y compleja negociación cotidiana tendiente a establecer primero y a sostener luego, una conveniente relación armónica con los indígenas. En la práctica fue asumiendo formas concretas o materiales -como los parlamentos, las entregas regulares de raciones, los envíos periódicos de regalos, y la estructura de autoridades puesta en juego para el cuidado y vigilancia de los indios amigos-, que formaron parte de la dinámica misma del pacto y nos permiten adentrarnos en otra de sus dimensiones, menos visible. En efecto, las manifestaciones más claramente observables no deben opacar a las segundas, que constituyen la dimensión intangible de los vínculos y el contacto de todos los días –a los que sin duda traducían-, configurando una característica tan importante como la anterior.

Los aborígenes que se fueron acercando a pactar con el gobernador se hallaban, casi invariablemente, en condiciones de extrema penuria económica y militar.2 Entre los primeros estuvieron quienes respondían a la autoridad de los caciques Juan Catriel, Juan Manuel Cachul y Venancio Coñuepan, instalándose mayoritariamente en establecimientos rurales de la campaña, muchos de los cuales estaban administrados por Rosas. A partir de 1832, y por razones de defensa de una ocupación criolla prolongada varias leguas hacia el sur, fueron relocalizados en las proximidades del cantón de Tapalqué y del fuerte San Serapio Mártir del Arroyo Azul. Coñuepan y los suyos, por su parte, se establecieron en las inmediaciones de Bahía Blanca. Tiempo atrás, otros contingentes numéricamente significativos se habían ubicado en los alrededores del fuerte Independencia, respondiendo de forma inmediata a los caciques Anteguan, Maicá y Petí, seguidores también de Catriel y Cachul en tanto caciques mayores.3

Los parciales del Jefe Santiago Llanquelén, pehuenches devenidos en amigos de los ranqueles y luego separados de éstos para pactar con el cristiano, se instalaron en las cercanías del fuerte Federación. Y aunque este cacique murió en 1838, en una venganza protagonizada por los principales jefes ranqueles, parte de sus seguidores siguió siendo leal a los acuerdos realizados con Buenos Aires y habitando en dicho punto.

Por último, algunos núcleos llegados del otro lado de los Andes –conocidos como boroganos- al mando de los caciques Caneullán y Guayquil, se asentaron en torno al Fuerte 25 de Mayo años después. Las condiciones en que arribaron éstos, fueron algo más conflictivas que en los casos anteriores. En un acontecimiento conocido como “Masacre de Masallé”, en septiembre de 1834, dos importantes jefes de la agrupación inicial –Rondeao y Mellin- fueron asesinados por miembros de una alianza indígena llegados de las inmediaciones orientales de la Cordillera y del otro lado, entre los que se contaba Juan Callfucurá. Habían sido llamados por los caciques en cuestión, con la promesa de un malón que arrojaría excelentes resultados y que no pudo realizarse ante el avance de las negociaciones de los anfitriones con Rosas. Así es que después del ataque que acabara con la vida de Rondeao y de Mellin, una parte de la agrupación solicitó protección al gobernador de Buenos Aires.4

Todos los grupos indígenas que mencionamos quedaron incorporados al Negocio Pacífico en calidad de “indios amigos”.5 Como tales, tenían una serie de obligaciones pautadas en distintas misivas por el gobernador. Debían, en primer lugar, cuidar el campo de ataques de indios enemigos, escarmentándolos si avanzaban sobre la campaña, persiguiéndolos hasta sus toldos si era necesario, o entregando a los integrantes de las partidas que descubriesen con intenciones de robar en la provincia. También se les prohibía tener cautivos cristianos, porque éstos eran prisioneros de una guerra en la que ya no estaban involucrados. Luego, se esperaba que concurrieran al campo de batalla para defender al régimen de sus adversarios políticos, indígenas o criollos. El gobernador, de hecho, se comprometía a auxiliarlos militarmente a ellos. Y por sobre todo, a cambio del cumplimiento de estas reglas, recibían mensualmente ganado y bienes –raciones- que les eran necesarios para la subsistencia, además del envío periódico de regalos para los caciques. Pero vale la pena señalar que cada vez que estas agrupaciones entrevieran la posibilidad de quebrar el pacto establecido para romper el lazo que los ligaba con el gobierno, intentarían revelarse y retornar a su estado inicial aunque, efectivamente, las tentativas no prosperaran.6

Otras parcialidades, entretanto, permanecieron en “tierra adentro”, pero debiendo lealtad a Rosas a cambio de las raciones que recibían con cierta periodicidad. Tal fue el caso de Callfucurá, que después de su aparición en las pampas cuando Masallé, retornó a la Cordillera para regresar en 1840 y asentarse definitivamente en las proximidades de la laguna de Salinas Grandes, extendiendo sus correrías por la zona de Carué y Pillahuincó.7 Con un vínculo que le daba mayor libertad de movimientos y capacidad de decisión, pero merced a una alianza no menos explícita, la instalación en dicho punto le otorgaba el control de un sitio privilegiado en función de los recursos y los contactos comerciales; simultáneamente, para el gobernador representaba una barrera que obstaculizaba un paso estratégico a la hora de impedir el ingreso de grupos cordilleranos y trasandinos.

Durante toda la etapa rosista, la ocupación oficial del espacio se mantuvo en torno a los fuertes, fortalezas y cantones que llevamos mencionados y en cuyas proximidades los indios amigos operaron de cordón protector hasta después de Caseros (ver mapa).

Mapa

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En líneas generales, la historiografía sostiene que desde entonces, la frontera retrocedió.8 Otros autores explican que lejos de ser así, se mantuvo por algunos años hasta que en 1855, los indios amigos devinieron en enemigos y comenzaron a malonear los establecimientos rurales.9 Según un contemporáneo, desde mediados de 1853, “...la grande extensión desde el Tandil a Bahía Blanca quedó desierta gradualmente y por la parte del Azul se fue despoblando de la parte de afuera hasta sus arrabales...” (Cornell, 1995:48).

Hasta donde nosotros sabemos, los indígenas incorporados a la provincia permanecieron alarmados, pero expectantes y en orden. Quienes sí asaltaron las estancias criollas fueron aquellos que en tiempos de Rosas conservaban la paz con éste, mas sin instalarse en el territorio bonaerense, como Callfucurá. Parece haber existido una ruptura de posiciones bastante clara entre los indios “reducidos” –como a Rosas le gustaba decir-, que permanecieron en esa situación al menos por un tiempo, y quienes no, que conservaron y acrecentaron su autonomía.

En este trabajo nos ocuparemos del período que se extiende desde la batalla de Caseros hasta 1855. Analizaremos qué sucedió entre los grupos indígenas antes en paz con Rosas y las autoridades que llegaron después de 1852, para comenzar a pensar cuáles pudieron ser las razones por las que el Negocio Pacífico de Indios se derrumbó definitivamente, luego de haber subsistido por más de veinte años con relativo éxito. En este sentido, propondremos algunas claves interpretativas que pueden contribuir a explicar el cuándo, el cómo y el por qué del fin de la política indígena que caracterizó al rosismo.

La primera de ellas es que las autoridades de la Confederación y de la después provincia independiente de Buenos Aires, tenían planes distintos a los de la gestión anterior para con los grupos nativos. Ya no pensaban en sujetarlos, someterlos y subordinarlos al orden, como intentó Rosas alguna vez. Ahora se trataba de alejar el peligro o de neutralizarlo, porque eliminarlo era todavía imposible, aunque no impensable. La idea que rondaba cada vez con más frecuencia las discusiones de los hombres de gobierno era suprimir las raciones –o por lo menos, reducirlas a su mínima expresión-, conservar la amistad de los aborígenes y aculturarlos –educando en Buenos Aires a los hijos de los caciques, por ejemplo-, hacerlos trabajar, fraccionarlos y dispersarlos por la provincia –sobre todo para los numerosos grupos asentados en Tapalqué. Para efectivizarlo se necesitaba la fuerza armada, por eso había que ser pacientes. Los conflictos políticos demandaban hombres para otras luchas y el tesoro, exhausto, no podía hacerse cargo de librar simultáneamente tantas guerras.

A los proyectos señalados se acoplaban las intenciones de adelantamiento de los fuertes que se tejían en Buenos Aires. Desde fines de 1853, las autoridades de la provincia promovieron dicho corrimiento y la construcción de nuevos –como el Fortín Esperanza-, porque las estancias avanzadas en los espacios indígenas demandaban protección frente a los malones. El movimiento del Cantón de Tapalqué, que se llevó a cabo en mayo de 1855, invadía e incorporaba las tierras de los seguidores de Catriel y Cachul empujándolos, una vez más, hacia el sur. Pero también amenazaba con quitar a los salineros parte de los espacios de los que obtenían recursos para ellos fundamentales. De manera que este acontecimiento resultó el catalizador de la siempre posible alianza entre esos grupos. La coalición se materializó el día en que Ezequiel Martínez –juez de paz del partido-, acompañado de una comitiva expectante, se disponía a fundar el nuevo pueblo.

Pero si el Negocio Pacífico era una preocupación eminentemente porteña, si era allí donde sonaban los últimos acordes de una modalidad política que había permitido cierta estabilidad interétnica en la campaña, no es menos cierto que nada de esto puede explicarse sin referir a los hechos que sucedían en la Confederación y que marcaban su relación con el Estado de Buenos Aires. En efecto, los avatares políticos que las enfrentaron, envolvieron a los indígenas en un doble juego en que los criollos los instaban a participar a favor o en contra de uno u otro de los bandos, y en el que ellos mismos se involucraban a sabiendas de la partida en que intervenían, sacando de eso todo el provecho posible. Aquí encontramos la tercera de las pistas que ayudan a entender el proceso que queremos explicar.

En este marco, un acontecimiento como la muerte de Pascual –un cacique que pertenecía a las tolderías amigas de Tapalqué- cobraba una relevancia singular y agregaba leña a una caldera que amenazaba con explotar en cualquier momento. Si Rosas había logrado manejar conflictos de esta naturaleza con probada habilidad, ahora la tirantez de los ánimos y la desconfianza engendrada por el hecho, podían tener efectos devastadores.

Propondremos, en síntesis, que en el entrecruzamiento de todos estos factores, podemos encontrar una forma de dar cuenta del fin del sistema político indígena implementado por Rosas décadas atrás. Para ello, plantearemos primero el panorama general en que se encontraban la campaña y la frontera durante los meses inmediatamente posteriores a Caseros: los problemas defensivos y de reclutamiento de hombres para el cuidado de los fuertes, los conflictos que surgían entre autoridades civiles y militares, y el estado de los indios amigos, así como de aquellos que aún estando en paz con el gobierno, permanecían tierra adentro. Veremos también, los planes que comenzaron a manejar las autoridades de la Confederación frente a los indígenas y los giros que eso implicaba respecto de la política aplicada durante la gestión anterior. Por último, entraremos en el análisis de las variables explicativas referidas, analizando cada una de ellas en relación con las demás.

II. Buenos Aires y los indígenas entre Caseros y la Revolución de Septiembre

Cuando Rosas cayó a manos de Urquiza y el Ejército Grande, un grupo de chasques de Tapalqué se dirigió a Buenos Aires, donde tuvo una entrevista con el vencedor de Caseros. A su regreso, manifestaron

“...venir muy contentos y satisfechos de todo cuanto había hecho en obsequio de ellos SE el Sr. General Urquiza, que asimismo iban a transmitir a los caciques principales todos los encargos amistosos y más indicaciones que para éstos dirigía SE después de haberles regalado y mandado a entregar todas las familias...”10.

Los indios amigos parecían no representar un peligro para las autoridades de los puestos fronterizos, pero la sensación que cundía entre ellas desmentía los buenos presagios que tal visita pudiera alimentar: si Catriel estaba en paz, en todo caso no se sabía por cuánto tiempo... y Callfucurá nutría estos temores. A todo esto se agregaba el licenciamiento de las milicias por decreto de Urquiza, que dejaba los fuertes desguarnecidos. Vayamos por partes.

Dos días después del arribo de los mensajeros, el comandante de Azul, Pedro Rosas y Belgrano, informaba que Catriel se había presentado trayendo al indio Millalef, “...que ha venido de Salinas Grandes con la noticia de que el cacique Callfucurá había mandado a invitar a los caciques borogas y ranqueles Pichün, Painé y Coloqueo, para que lo acompañasen en la invasión que en la presente luna debía hacer por la parte del sud de esta provincia en la dirección del Pescado Castigado...” y que los jefes mencionados estaban de acuerdo. El plan no acababa allí, pues una vez “...verificado el robo...”, intentarían ir a Tapalqué “...a llevar la indiada de este punto, y los que de estos no quisiesen salir de entre los cristianos, matarlos...”. Rosas y Belgrano concluía la nota con la alarmante expresión utilizada por el cacique salinero: que “...hoy es cuando deben unirse todos los indios (según Callfucurá) para resistir a los cristianos, que deben precisamente tratar de exterminarlos...”.11

En este contexto, el lugar de los comandantes de los fuertes próximos a los indígenas era sumamente complicado. Como en otros tiempos, estuvieron a cargo de los indios amigos asentados en sus inmediaciones, intentando mantenerlos en orden, reunidos, y saber de todo movimiento o alejamiento de toldos que, dado el momento de incertidumbre que se vivía, era moneda corriente. También conducían a los indígenas al campo de batalla para enfrentar a los grupos enemigos y, más asiduamente que antes, a los adversarios políticos –entre los cuales había indios. Completaban éstas con otras funciones vinculadas a la mediación interétnica: atendían a los chasques, verificaban el grado de certidumbre de la información recibida y notificaban las novedades a las autoridades competentes. Como parte de, y en parte por cumplir con los cometidos que llevamos expuestos, fueron intermediarios entre los indios amigos y aquellos que optaban por permanecer fuera del territorio, y entre los primeros y nuevos hombres en viejas funciones –aunque revestidas de actualizada importancia-: los Jefes de los Departamentos de Campaña. Pero si tenían una tarea difícil, era el racionamiento de los indios amigos, para el cual debían contar con los jueces de paz.

Desde la implementación del sistema, los últimos eran los encargados de reunir el ganado en sus partidos y enviarlos hacia los que contaran con poblaciones indígenas cerca de sus fuertes. A los comandantes locales tocaba la repartición de lo recibido entre los caciques, que hacían lo propio con sus seguidores. Así que Hilario Lagos, Comandante del Departamento del Sud, dirigió una circular solicitando la provisión de los animales necesarios para el consumo de los indios. Sólo ocho de los doce jueces implicados contestaron; y de ellos cuatro se excusaron de hacerlo.12 Es que, como señalaban los Jueces de Paz de Las Flores, Chascomús y el Tuyú, una de las razones por las que se hacía muy difícil reunir el ganado en cuestión era que éste faltaba en la campaña. La guerra reciente, sumada a un decreto del 17 de febrero declarando libre la matanza de yeguas, a la vez que mermaba la cantidad de animales, había disparado su valor. Según Andrés Allende, la incertidumbre ante la forma en que el gobierno haría efectivo su abono también ocasionaba complicaciones de abastecimiento.

Tan difíciles quehaceres pesaron especialmente sobre figuras como la de Pedro Rosas y Belgrano, a cargo de la guardia rodeada por el contingente más numeroso de indios amigos, y particularmente vinculado a la política interétnica por su tío y padre adoptivo (Rosas) durante los años que duró su mandato, al otorgarle las funciones de “encargado de cuestiones relativas a los indios”. Por este motivo, se le pidió que realizara

“...una razón del número de yeguas que la indiada de Tapalquén haya consumido en cada mes de los nueve corridos desde enero del año actual, o al menos del total de ellas; otra del número de dichos animales que en el mismo período, hayan sido entregados en ese partido, con expresión de los partidos o jueces de paz remitentes y en fin, otra del número de personas de que se componga toda la indiada que la provincia sostiene...”.

Se le pedía también, que manifestara al gobierno sus ideas “...sobre los medios más prudentes y realizables de librar al tesoro, ya súbitamente o ya poco a poco, de aquella pesada carga, sea permitiendo a los indios el conchabo en las estancias o sea de alguna otra manera...”.13 Su respuesta se orientaba en la misma dirección que las intenciones de las autoridades centrales.

El sobrino del gobernador depuesto sabía cuán costoso podía ser el abasto de los indios amigos para el tesoro, y la posibilidad que se le ocurría para reducir los gastos, a la vez que minimizar el riesgo que implicaba tener tal cantidad de indígenas concentrados y reunidos cerca de las estancias, era fraccionarlos y repartirlos por toda la campaña. Pero sugería esperar hasta que la provincia disfrutara de perfecta paz y su gobierno marchase sin anárquicas contradicciones. El aislamiento era una medida recomendable. No obstante, si se hacía sin aguardar el momento adecuado,

“...la alarma que hará cundir entre ellos puede, a no dudarlo, traer malas consecuencias (...) porque la tal desconfianza de los indios se ha aumentado en estos últimos tiempos, en que los acontecimientos políticos de una importancia notable, se han sucedido con tanta rapidez, que los tiene en continua agitación...”.14

Rosas y Belgrano señalaba, además, que la quita de las raciones no podía suplirse dándoles un permiso para conchabarse en las estancias, porque siempre lo tuvieron y muchos de ellos salían a trabajar, pero no se los compelía a eso y, si se los obligara, la gran mayoría no habría de obedecer, “porque están acostumbrados a vivir en la holganza, atenidos al alimento que se les da gratuitamente”.15

Tomando dicho informe, elevado al gobierno en 1852, Alberto Sarramone y Andrés Allende sostienen que había en la provincia de Buenos Aires un total de once mil indios de lanza y treinta y tres mil de chusma. De ellos contaba Tapalqué con ocho mil de pelea y veinticuatro mil de familia. Seguían en orden de importancia las agrupaciones de Patagones con novecientos lanceros y dos mil setecientos entre ancianos, mujeres y niños. En Bahía Blanca, mandados por Ancalao, existían cien de pelea y trescientos de chusma. Mientras que en Mulitas (ex Fuerte de Mayo), Federación y Bragado, alcanzaban cincuenta de lanza y ciento cincuenta de chusma en cada punto, aproximadamente (Allende, 1958: 64-65; Sarramone, 2001: 146). Ya fuera del territorio bonaerense, Sarramone agrega unos seis mil ochocientos cincuenta indios de familia y mil novecientos cincuenta de pelea, agrupados alrededor de distintos caciques, pero seguidores todos de Juan Callfucurá. Ranqueles y Borogas, por su parte, eran cerca de seis mil, con mil quinientos lanceros entre ellos (Sarramone, 2001: 146).

Martha Bechis, en cambio, plantea que estos últimos reunían un ejército de entre setecientos y mil guerreros, “mientras amparaban también a un activo grupo de criollos enemigos tenaces de Rosas y luego partícipes del proyecto nacional”, como el refugiado puntano Manuel Baigorria. De los chilenos o salineros, agrega que eran la agrupación más rica y estratégicamente mejor ubicada con respecto a la pampa húmeda. Se apoyaban

“en su grupo madre de las faldas occidentales de los Andes, muy poblado, desde donde tíos y hermanos de Callfucurá, en situaciones apremiantes –pero no en todas-, estaban prontos para ayudarlo como guerreros y con el comercio de animales para el mercado chileno”.

Contando con ese apoyo logístico –sostiene la autora-, “Callfucurá podía poner, como mínimo, dos mil guerreros” en movimiento. En los cinco años que siguieron a Caseros, el cacique formó la Confederación de las Salinas Grandes, a la que adhirieron la mayoría de las tribus aliadas y después, las amigas. A los descritos, Bechis añade los habitantes del “País de las Manzanas”, en el oeste del territorio patagónico: cordilleranos, indígenas de la zona de Valdivia y tehuelches, seguidores de miembros de la familia caciquil de los Chocorí-Cheuqueta (2006: 7-8).

Tanto los salineros como los ranqueles y los manzaneros, pueden ser llamados “indios soberanos” y, en calidad de tales, alternaban su relación con los criollos entre la alianza y el enfrentamiento. Los “indígenas amigos”, dice Bechis, eran el “blanco de odio” de quienes habían optado por conservar su autonomía. Esto era así porque los primeros no sólo servían entre las tropas cristianas como auxiliares, sino también porque habían abandonado su condición de “libres” (2006: 7-8).

En este contexto y con “...todas las milicias del Departamento del Sud...” licenciadas por decreto del 17 de marzo, Lagos escribía al Ministro de Guerra haciéndole notar que su jurisdicción no tenía con qué repeler “...las invasiones que tanto los indios de afuera como los de Tapalqué intentasen sobre esta frontera...”, además de no disponer de tropas de línea “...con que contener a las numerosas tribus de indios...” que existían en ella.16

Las tareas de los Comandantes de los Departamentos de Campaña también se tornaron algo más difíciles durante estos tiempos. Al cabo del impacto causado por la guerra, era imperioso ordenar el mundo rural y reestructurar el sistema defensivo, procurando que esto no interfiriera con la producción. Una de las necesidades más acuciantes que encontraron fue la ausencia de fuerzas para proteger los establecimientos y poblaciones avanzados; la otra era la poca colaboración prestada por los Jueces de Paz.

En una nota con instrucciones para ambos jefes, el gobierno dejaba claro que esperaba que la frontera quedase en breve tiempo “...a cubierto de las incursiones de los bárbaros...”. Para ello, disponía la creación de dos regimientos en el norte, “Granaderos a Caballo” y “Dragones de la Frontera”, y uno al sur que recibiría el nombre de “Blandengues”. A éstos debían incorporarse todos los hombres que estuvieran desempeñando tareas en establecimientos particulares en el momento en que los Comandantes se hicieran cargo de su jurisdicción, así como todos los “...vagos, malentretenidos y veteranos dispersos...” que se encontraran por la campaña. Los Jueces de Paz debían cooperar especialmente en la remisión de los últimos, “...con todos los elementos a su alcance...”.17 Y fue dicha misión la que sus encargados no cumplieron, generando los conflictos más agudos entre autoridades civiles y militares.

Como corolario inmediato, comenzó a discutirse cuál de ambas tenía predominio sobre la otra, cuando lo que en realidad estaba en cuestión era la cooperación articulada entre las dos. Pero los Jueces de Paz eran los únicos que, descansando en las históricas raíces de la vecindad, contaban con legitimidad en un contexto social y político ostensiblemente alterado.

A pesar de que al momento de tomar posesión de su cargo, Lagos informó que en Azul había encontrado “...bastante tranquilidad tanto en su población, como con respecto a los indios amigos de Tapalqué...”, hemos visto que en la zona y en Salinas Grandes existía un crecido número de indígenas.18 Al haberse licenciado a las milicias, el nuevo Comandante protestaba que “...toda la frontera del sud queda completamente desguarnecida...”.19 Y aunque se proponía “...activar la reorganización del cuerpo de blandengues...” de que era responsable, “...ninguno de los Jueces de Paz ha mandado todavía ningún destinado...”.20 Por esta razón, el Jefe del Departamento del Sud había decidido “...continuar en la comandancia del Azul y en este pueblo un muy corto número de milicianos, hasta que pueda reemplazarse sea con tropa de línea o con la Guardia Nacional...”.21 Y hacía bien en tomar sus recaudos porque esta vez, aún cuando no lograra convocar a los tapalquinos, el mensaje del chasque de Catriel no era sólo un rumor. Callfucurá no iba a faltar a su palabra.

En la madrugada del 6 de abril de 1852, el jefe salinero encabezaba un ataque sobre Bahía Blanca. Luego de saquear las estancias de la zona, arreando cerca de quince mil cabezas de ganado, “pasaron a invadir la región del Sauce Grande, por la parte oriental y occidental del arroyo, extendiendo su acción hasta el Quequén” (Allende, 1958: 18). Al día siguiente del ataque, el cacique Ancalao, que vivía en las proximidades de la Fortaleza Protectora Argentina, se sublevó y uniéndose “...a los ranqueles y borogas ha avanzado con un número de más de doscientos indios, hasta las orillas del pueblo, llevándose la caballada, y hacienda vacuna que había para el consumo, y a más matando tres vecinos...”.22

Urquiza no tardó en explicitar sus intenciones para con el jefe de Salinas Grandes y todos aquellos que se aprestaran a seguir sus pasos. Mandaba decir al cacique que se hallaba disgustado “...por su mal proceder con los cristianos...”. Y que así como estaba dispuesto a “...mantener una paz duradera con él y sus indios tratándolos como amigos...”, lo estaba también “...para montar a caballo y perseguirlos hasta sus tolderías, si no proceden (...) viviendo en paz con sus familias y no cometiendo invasiones, ni permitir que otros indios lo hagan, pues de esto resultaría tal vez que les echarían a ellos la culpa...”.23 Pero en posesión de una zona rica en recursos y disponiendo de un amplio margen de autonomía, los salineros se alinearon con uno u otro de los bandos enfrentados y explotaron a su favor los conflictos que atravesaban las provincias.

III. Algunas líneas explicativas sobre el fin del Negocio Pacífico

El 11 de septiembre de 1852, estalló en la ciudad de Buenos Aires un alzamiento que concluyó con la ruptura entre esta provincia y la Confederación. Rápidamente, los dirigentes porteños procuraron ganarse el apoyo del mundo rural, de sus hombres representativos y, sobre todo, de aquellos con mando de tropa. Se despacharon órdenes a todos los jueces de paz y los comandantes militares para que en adelante, obedecieran sólo a la legislatura y al gobernador recientemente electo por ésta, Guillermo Pinto.

Cuando tuvo noticias del triunfo de los sublevados, Urquiza ordenó que las fuerzas de Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires, se pusieran en marcha sobre la capital porteña (Heras, 1939). El director provisorio de la Confederación creía contar con el apoyo de dos importantes comandantes de campaña: José María Flores en el norte y Ramón Bustos en el sur, pero falló en sus cálculos. En poco tiempo, ambos se pronunciaron a favor del levantamiento porteño, junto con otros oficiales (Heras, 1939; Scobie, 1964; Allende, 1958). Pedro Rosas y Belgrano, por su parte, apoyó el movimiento de septiembre desde sus inicios. Él y José María Flores fueron, sostiene Allende, las dos columnas fuertes de la revolución en la campaña (Allende, 1958).

Sin embargo, el frente insurrecto integraba elementos muy heterogéneos. Los motivos y los objetivos de quienes habían participado en él, plantea James Scobie, representaban todos los matices políticos de la provincia y “pronto aparecieron desgarraduras en esa unidad” (1964: 61). Según Carlos Heras, las divergencias comenzaron cuando algunos dirigentes quisieron imprimir una orientación nacional al alzamiento, que pretendía reordenar las provincias bajo el influjo porteño. Entre ellos se contaban Bartolomé Mitre y Valentín Alsina, que fue electo gobernador a fines de octubre y junto a sus seguidores, dominaba momentáneamente la ola política. Frente a éstos, se hallaban quienes se oponían a la extensión del movimiento fuera de los límites de Buenos Aires y partidarios de dictar una constitución para ella (1939:101).

Así, a comienzos de diciembre de 1852, Hilario Lagos lanzó una proclama convocando a la población a tomar las armas para derrocar al gobierno de Alsina, se encaminó a la capital y cinco días después, sitió la ciudad. El gobernador renunció y Guillermo Pinto volvió a ocupar el cargo interinamente. Pero con la dimisión de Alsina, muchos de sus adversarios abandonaron a Lagos y se alinearon a la resistencia porteña.

Por su parte, Urquiza brindó su apoyo al sitio. Los hombres del Director Provisorio de la Confederación estuvieron en contacto con Lagos desde el comienzo, “no sólo para ofrecer su ayuda –dice Scobie- sino para asegurarse la aceptación de Buenos Aires del concepto de organización nacional de Urquiza”. Así, en diciembre éste contribuyó con hombres y pertrechos, pero el peligro de una acción conjunta de las fuerzas porteñas y el ejército de la campaña sur al mando de Rosas y Belgrano, lo forzó a colaborar también con una flota naval que, bloqueando el puerto de Buenos Aires, podía inclinar definitivamente la balanza a favor de los sitiadores (1939: 79).

En efecto, Buenos Aires contaba con volcar el sur de la campaña a su favor en la contienda y disponía para ello del Comandante de Azul y los indios que él pudiera movilizar en su apoyo.24 En el combate de San Gregorio se encontraron las fuerzas porteñas, encabezadas por éste, y las confederadas al mando del Coronel Francisco Olmos. Hubo una escaramuza inicialmente favorable a los primeros, pero el arribo del grueso de las segundas a cargo de Gregorio Paz, “puso la batalla a su favor, el 22 de enero de 1853”.25

Por otra parte, desde 1852, Urquiza había procurado atraerse la buena voluntad del Coronel Manuel Baigorria, refugiado entre los ranqueles, sobre todo porque ello implicaba la posible adhesión de sus anfitriones y a través de éstos quizás, contar con el apoyo de Callfucurá. Las negociaciones fueron buenas, pero no resultó fácil controlar el accionar indígena. Cuando una misión de paz a cargo de Federico Olivencia, que debía parlamentar con este último, llegó a los toldos, el cacique había partido de Salinas dispuesto a malonear la frontera con algunos de los seguidores de Pichün. El ataque cayó sobre Quequén Grande, Chico y Tres Arroyos. Por esos pagos se habían dispersado las tropas pro-revolucionarias derrotadas en San Gregorio y a través de las conexiones existentes entre los naturales, se decía que “los indios iban dando la voz de que lo hacían mandados por Urquiza y Lagos con la orden de llevarse el ganado de esa parte de la provincia”. Según Ratto, eso podría haber sido un ardid que les permitiera justificar su accionar. Lagos negó haber promovido el asalto pero, para la autora, resulta llamativo que el mismo se hubiera efectuado en la zona en que las tropas bonaerenses se habían diseminado (2006: 85).

En Julio de 1853, se levantó el sitio a la ciudad y Buenos Aires se convirtió en estado independiente de la Confederación. Dice Carlos Heras que los hechos acaecidos permitieron la consolidación del septembrismo, que dominó la política provincial durante diez años (1939: 107). Las nuevas autoridades fueron ratificando la buena voluntad de los aborígenes hasta entonces amigos. Desde Mulitas, Mariano Espinosa comunicaba al Ministro de Guerra –José María Paz-, que “...el 13 del presente mes se pronunció el infrascrito a favor del gobierno de la provincia (...) hoy y siempre puede contar con la adhesión y sumisión del infrascrito y la fuerza de su mando (...). La división que Comanda el infrascrito se compone de ciento setenta hombres y ochenta y dos indios...”.26 Catriel se presentó a Pedro Rosas y Belgrano, “...alegrándose del triunfo obtenido por la legítima autoridad de la provincia, tomando la promesa de mandar sus chasques a los demás caciques que habían abandonado el punto de Tapalqué con la intención de permanecer afuera...”.27 Sin embargo, lograr el concurso de los indígenas no era tarea sencilla, porque las alianzas parecían desdibujarse y reconfigurarse permanentemente.

En la nota citada, Rosas y Belgrano informaba que, según Bustos, el Sargento Mayor Don José Baldevenito, Comandante de la Compañía de Indios de la División del Fortín Mulitas, “...se ha sumado también a las repetidas órdenes y llamadas a la Línea del Ex Coronel Lagos, fingiéndose enfermo...”. Y el Cacique de Tapalqué agregaba haberse enterado por Cachul, que Callfucurá le había mandado un chasque,

“...diciéndole que el Mayor Baldevenito de Mulitas le encargará de parte del General Urquiza que tanto Callfucurá como los boroganos y ranqueles no creyesen a ninguna persona que les hablen de paz, pues que él se iba del país porque así convenía por ahora. Que pronto volvería a mandar en él y que entonces los había de regalar bien, como antes lo había hecho...”.28

Además, si Baldevenito había estado respondiendo a las órdenes de Lagos-Urquiza y comunicándose con Cachul, ahora amenazaba con poner fin a su carrera militar y el mando de los aborígenes que estaban a su cargo. Decía también “...que los indios que él comanda están resueltos a diseminarse por los campos a poblar chacras. Que miran la conducta del gobierno hacia ellos como un desaire o desprecio, pues que sufren escasez de todo género, aun la mantención...”.29

Uno de sus preocupantes corolarios era que la dispersión de los indios que lo seguían sumaría fuerzas a Callfucurá; pero no era lo más grave. La clave estaba en que numéricamente, no contar con ellos significaba quitar más de la mitad de los hombres que contribuían a la protección del punto. La guarnición miliciana se componía de noventa y siete individuos de tropa, de los que sólo sesenta estaban “...presentes para el servicio por enfermedad unos, y licencia de otros concedida por los Comandantes anteriores...”.30 Afortunadamente para el comandante Bernabé Pader, se pudo convencer a Baldevenito, quien aceptó retornar a su tarea hasta tanto se formara una fuerza de línea en aquel cantón y fueran innecesarios sus servicios, concediéndosele entonces, “...su retiro con los honores correspondientes...”.31

También las autoridades porteñas definieron su postura para con los indígenas en el nuevo contexto. Como hemos planteado, las raciones disminuyeron visiblemente, se espaciaron cada vez más y en algunos casos, directamente no llegaron. Y si éstos las reclamaban como la compensación visible por el auxilio militar que prestaban a la provincia, la respuesta era terminante. “...De ningún modo se les hará aquellos donativos –expresaba alguien en nota a Cruz Gorordo- que para lanzarlos en la guerra y hacerlos matar, les dispensaban Rosas y Urquiza...”. Pues Buenos Aires no necesitaba de ellos, “...ni como soldados, ni como aliados, puesto que si por desgracia tuviese que recurrir al triste medio de la guerra, cuenta con bastantes lanzas y cañones para hacerse respetar...”. Acto seguido, se explicitaba cuál sería la actitud de aquellas en adelante:

“...en obsequio de su origen por humanidad, y deseando el gobierno cultivar con ellos relaciones de amistad, estimulándolos a que abandonasen esa vida errante y ociosa que tanto los envilece y se dediquen al trabajo como hombres honrados y pacíficos, comerciando con los habitantes de nuestra campaña, les hará aquellas concesiones que espontáneamente considere que les sean necesarias para vivir, sin que importe un compromiso exigible por parte de ellos; pero que si en medio de esta franca manifestación, bajo cualquier pretexto pretendiesen alterar la paz de la provincia, el gobierno sería inexorable para hacerles sentir todo su poder...”.32

Ahora los términos eran verdaderamente asimétricos: paz a cambio de aquello que las autoridades considerasen necesario, paz a cambio de nada. Ni siquiera a cambio de no invadir los espacios que pudieran reconocérseles como propios.

En efecto, el momento que se inicia con la secesión de Buenos Aires nos permite introducir, ahora, la línea explicativa que sólo mencionamos hasta aquí, y ponerla en relación con la continuación de los procesos que venimos analizando. Se trata del avance de la ocupación criolla al sur de los fuertes existentes.

En diciembre de 1853, los vecinos del Saladillo y Las Flores solicitaron al gobierno “...situar un fortín hacia la frontera...”, que contara “...con un pequeño plantel de cuarenta o cincuenta hombres...” y un Comandante Militar capaz de “...enrolar y comandar la Guardia Nacional de estos dos partidos, de donde pueda pedir los auxilios que llegue a necesitar, así como servirá de garantía y auxiliar de estos juzgados, tan enteramente aislados...”.33 Se consultó, entonces, al Departamento Topográfico, que notificó que encontraba recomendable la creación del fortín pedido, más aún si quienes elevaban el petitorio ofrecían hacerse cargo de los gastos. Además, el punto sugerido por los reclamantes pareció el más indicado, “...por coincidir con la equidistancia de los dos cantones existentes denominados “Mulitas” y “Tapalqué”, quedando situado a veintitrés leguas más o menos de uno y otro...”.34

Hacia finales de dicho año, casi al mismo tiempo en que Pedro Rosas y Belgrano -una figura clave para el sostenimiento de las paces con los indios- presentaba su renuncia alegando el mal estado de su salud y el quebranto de su fortuna, Ezequiel Martínez –Juez de Paz de Tapalqué- remitía un proyecto para el corrimiento hacia el sur de ese cantón y pueblo. Su propósito era consolidar la ocupación de los pobladores que habían avanzado más allá del fuerte existente, pero implicaba situar el nuevo asentamiento en las tierras que habitaban los indios amigos y no podía concretarse sin consecuencias.

El adelantamiento de la ocupación oficial también comenzaba a cercar a Callfucurá, a quien amenazaba con dejar sin los espacios por los que se extendían sus movimientos, principalmente la zona de Carhué. Así que las autoridades porteñas trataron de captar su buena voluntad y él respondió con ambiguos acercamientos.

Cuando Julián Martínez tomó posesión del Departamento del Sud y encargó al Comandante de Bahía Blanca enviase un chasque al cacique manifestándole que el gobierno deseaba estrechar la amistad, éste había recibido una carta de Juan Cornell que lo tenía bastante disgustado. Aunque ninguno de los hombres de la frontera podía constatar si la nota realmente existía, al parecer Cornell comunicaba a Callfucurá los deseos gubernamentales de “poblar Salinas Grandes y otros puntos”. Llegados los chasques de Rafael Burgeois, el líder indígena contestó que estaba muy contento con las palabras del gobierno, que él nunca dejaría de ser amigo suyo pero que debía responder, a propósito de la misiva de Cornell, “...que no le gusta que le quiten sus campos pues que no te dejan dónde vivir, ni bolear, y si le quitan Salinas, Carué y Pillahuincó, no le dejan dónde vivir; que él no robará, pero que no le quiten sus campos...”. Al mismo tiempo, el cacique ponía en juego el potencial de alianzas políticas que podía esgrimir para predisponer o intimidar al otro en un conflicto sobre el cual –Callfucurá lo percibía bien- aún no estaba todo dicho.35

En su discurso agregaba que Pichün y Calvaiñ –caciques ranqueles- le habían mandado sus chasques

“...invitándolo a unirse a Baigorria (...) que el gobernador no ha vencido a Lagos ni Urquiza, que todavía no se ha acabado esto, que Baigorria le ha mandado decir que Urquiza va a venir (...) que todavía no ha ganado el gobierno. Que Baigorria ha mandado decir que todos los indios estén listos pues que todos son del General Urquiza, pues que si gana Urquiza todos serán de Urquiza...”.36

El chasque añadía

“...que Baigorria está en convención con Urquiza (...) que los ranqueles (...) dicen que van a pelear porque dicen que Urquiza viene. Que Baigorria les ha traído vestuarios (...) que hasta botines tienen todos los caciques y capitanejos (...) que Baigorria llegó a los toldos de Pichün hace hoy nueve días, él en persona trajo vestuarios, bebidas, mantas de paño, gorras, chaquetas, camisas, calzoncillos y botines...”.37

Es que efectivamente, la relación con Callfucurá era oscilante. Era necesario conducirse con cuidado, porque Urquiza tenía “...sus pretensiones sobre los indios ranqueles...”, y eso no era importante “...siempre que nuestro gobierno sepa sostener la relación adquirida hoy con Callfucurá, aunque sea a costa de algún sacrificio...”. El espectro político interétnico parecía bastante claro: “...Callfucurá –informaba Cornell- es el que domina a los borogas y todas las indiadas de más poder y teniéndolo de amigo no vemos que tenemos que temer a los ranqueles...”.38 Pero las especulaciones de Cornell no funcionaron.

Cuenta Baigorria que cuando él arribó a los toldos de Pichün planteándole la posibilidad de hacer la paz con Urquiza, éste “no trepidó en aceptar las propuestas [que] el gobierno nacional le hacía...”. Luego le pidió que fuera a verse con el cacique salinero. Baigorria entró en conferencias con él, que aceptó sin observación alguna. “...Acordaron también –sigue el refugiado en toldos ranqueles- que él mandaría uno de su parte a acompañar al que eligiese Pichún para la ratificación de los tratados que el gobierno nacional les indicase (...). Se retiraron dejando a Callfucurá en la mejor disposición...” (Baigorria, 2006: 146-147). Y una nota enviada al cacique por robo que sus indios habían hecho a los amigos de Tapalqué, confirma esta información y muestra nítidamente el contexto de alianzas abierto.

En ella, Rafael Burgeois le decía que unos indios suyos“...han venido a robar y se han llevado la yeguada de Ancalao, de Lorenzo y otros, los dueños fueron a seguir los rastros que van para ese destino y no habiendo podido avanzarlos se trajeron cincuenta y cinco animales entre caballos y yeguas...”.39 El Comandante de Bahía Blanca lo instaba a convencer a los ladrones de devolver el ganado hurtado y castigarlos, “...pues yo no creo que vos sepas esto...”decía cuidando de no comprometerlo en un hecho que se estaba sancionando. Callfucurá contestó que si el gobierno quería la devolución de las haciendas, él esperaba que le restituyeran las suyas primero. En una carta a Francisco Iturra denunciaba el robo de ciento cincuenta animales de su caballada, y le pedía que respondiese por esos males que lo agraviaban de manera constante. “...Si usted no lo hace así –le decía- me precisa valerme de mis armas...”, y enseguida desplegaba una amenaza que descubría la constelación de lazos existentes: “...Y ponerle en conocimiento a Usted para que no tenga que alegar ignorancias que tengo cien Capitanes, cuatro Generales, el General Pichün, el General Galván, Pichün Huinca (...) Nagüelcheo, y toda la gente innumerable y los trece pueblos argentinos constituidos por el General Urquiza...”.40

Así, contra una Buenos Aires que contaba con los indígenas amigos incorporados a su territorio, se congregaban la Confederación, los ranqueles, y las indiadas de Callfucurá. Aquello que Cornell sugería, no había sido posible. Porque además, Callfucurá tenía consigo“...el retrato de Urquiza en una cajita muy portátil (...) y juega [con ella] en todos los parlamentos...”.41 Por si Iturra no terminaba de comprender, el cacique explicitaba que dudaba que desconociera “...la paz general que tengo con el Sr. General Urquiza...”.42

Pero el Comandante de Bahía Blanca también hacía demostraciones de fuerza y aprovechaba para darle algunos consejos, advirtiéndole que tenía

“...mucho sentimiento en que tus indios empiecen a robar, porque si tienes cien capitanejos, mi gobierno tiene cien cañones y treinta mil hombres para hacer respetar los que falten a su palabra (...) Nada tenemos que ver nosotros con Urquiza, él mandará allá y nuestro gobierno manda aquí y a él solo obedecemos todos, vos no vivís en tierra de Urquiza, sino en el Estado de Buenos Aires, cualquiera que te haga entender otra cosa, es porque te quiere engañar (...) Dejate estar con tu gente, trabajá, sembrá, hacelos que traigan tejidos, plumas y sal para vender y no creas cosas que te harán mal...”.43

Tiempo después, Juan Suviela –reemplazante de Burgeois-, completaba las recomendaciones con pruebas.

“...Te remito este boletín –le decía- para que veas que la gente que manda Urquiza a nuestra tierra, a robar y a matar, ha sido completamente derrotada, y que el gobernador sabe castigar a los ladrones que vengan de otra parte, pues le sobra gente...”.

Y le advertía que podía suceder “...que algunos oficiales y soldados derrotados de esta gente caigan a los toldos estas no llevan más destino que engañarte, pues te dirán que les ayudes en la pelea que Urquiza tiene mucha gente y que es mentira han sido derrotados y que con tu auxilio han de vencer al gobierno...”. Entonces, la advertencia se jugaba nuevamente. “...Yo como amigo te digo que no les creas nada y te aconsejo que no te metas en nuestras cuestiones que nos dejes pelear solos a los cristianos y con esto darás una prueba de ser buen amigo del Señor Gobernador...”.44

En ese contexto, un hecho acaecido en las cercanías de Bahía Blanca vino a elevar los niveles de tensión a extremos que no resultaba conveniente manejar, complicando las negociaciones. El 19 de diciembre de 1854, el Comandante de la Fortaleza Protectora Argentina notificaba al Ministro de Guerra que el día primero de ese mes, una partida de indios había invadido por el Sauce Grande, robado hacienda y quemado un rancho. En el acto, “...dispuso la salida de sesenta hombres veteranos Guardias Nacionales e Indios Amigos a batir a los invasores...”. Como en ese momento se encontraba allí el Cacique Pascual,

“...se ofreció a marchar también acompañando a la fuerza, se le admitió y después de algunas horas tuvo parte el suscribiente, por un capitanejo de Ancalao, y un soldado, haber herido gravemente de una puñalada el Teniente de Guardia Nacional (Méndez) al cacique Pascual de cuyas resultas regresó la fuerza sin haber hecho nada trayendo ya muerto al referido Cacique Pascual y preso al Teniente agresor a quien se le forma sumaria que remitirá a VS oportunamente quedando entre tanto asegurado con barra de grillos (...) El cacique muerto es de los indios de Tapalquén...”.45

El resultado fue la alarma general entre los seguidores del jefe asesinado, impidiendo el paso de los chasques que quisieran ir a Bahía Blanca.46

El año 1855 comenzó con problemas en los que se empalman las líneas explicativas que hemos señalado hasta aquí. Cuenta Juan Carlos Walther que un decreto provincial del mes de enero dividió la frontera militar en tres Comandancias. La del norte iría desde San Nicolás hasta el Fuerte Federación, y estaría a cargo del Coronel Cruz Gorordo; la del centro, correría desde este último punto hasta el fortín Esperanza, al mando del de igual clase Laureano Díaz; la del sur, por último, seguiría hasta Bahía Blanca y quedaría a las órdenes de Julián Martínez. Según el autor, el proyecto acompañaba la intención de consolidar la ocupación del territorio por parte de las autoridades de Buenos Aires, “en el sector del Fuerte Junín (o Federación) hasta las puntas del Arroyo Tapalqué, pasando por el fortín Cruz de Guerra. La extrema izquierda de esa línea nueva sería un fortín a construir en las puntas del Arroyo Tapalquén, al cual se trasladarían las fuerzas del Azul” (Walther, 1975: 288-289). En la zona meridional más avanzada se pensaba colocar un puesto militar en las nacientes de Tres Arroyos y poblar la margen del Arroyo Quequén Grande, hasta tanto pudiera llevarse la frontera a la altura de Bahía Blanca y Salinas Grandes (ver mapa).47 De esta manera, los proyectos no implicaban solamente la ocupación de espacios de los pampas amigos, sino también de aquellos que los salineros reconocían como “sus campos”.

Así que el trece de febrero del mismo año, dice Walther, Callfucurá “reanudó sus andanzas efectuando con cinco mil jinetes un recio malón sobre Azul, donde asesinó trescientos pobladores y saqueó comercios, retirándose con sesenta mil vacunos y ciento cincuenta familias cautivas”.48 De acuerdo al autor, en esa empresa colaboraron las indiadas vecinas de Tapalquén, Laguna Blanca y otras, próximas a la Fortaleza Protectora Argentina (1975: 289). Hasta el momento, la documentación no nos permite corroborar esta información. Lo cierto es que el 18 de marzo, Benito Villar –Jefe interino de la Frontera del Sud y del Regimiento de Coraceros de la Guardia Nacional- informaba al Ministro de Guerra, Bartolomé Mitre, que “...los vecinos no han cesado de manifestarme sus recelos de invasión, entre ellos el Sr. Martínez, Juez de Paz de Tapalqué, por haberse así oído a indios de Catriel...”. A juicio de Villar, las indiadas de Catriel, Cachul y Guilimier, eran las peores, pues habían asesinado a un carretero “...y viviendo entre nosotros y asechándonos de continuo, hacen sus robos y demás, a galope cierto y bien seguros de la impunidad, pues saben librarse de nuestra vista...”.49

Al parecer, los indígenas se habían reunido en las puntas de las Sierras de Tapalqué “...con pretexto de baile al que se me mandó hace dos días aviso pidiendo yerba y bebidas para dicha fiesta...”. El Comandante se había negado, argumentando que “...nada se les daría de cuanto pedían, sin que en prueba de su amistad tan prometida, descubrirán el campo para evitar las entradas de los indios de afuera, pues que si estos hacían algún daño sería con conocimiento y en combinación con los de Catriel...”. Entonces el comisionado se fue, prometiendo regresar con el cacique para que comprometiera su palabra. Nótese que las mismas autoridades que sostenían que nada darían para hacerlos matar en la guerra como lo hacían Rosas y Urquiza, ya que no los necesitaban como soldados ni como aliados, solicitaban ahora cuidado de la frontera y auxilio para soltar partidas descubridoras de campo. Véase también, que los aborígenes comenzaban a negar el cumplimiento de una de las principales condiciones de su amistad con el cristiano en años anteriores, porque éste llevaba tiempo sin cumplir su parte y amenazaba con correrlos de sus tierras. Villar insistía una y otra vez en que una “...reunión de indios tan afuera es muy sospechosa, y si no invaden juntos con los de Callfucurá es para dejarles a éstos la entrada libre para el saqueo según todas las noticias...”.50

La causa de tanto malestar parecía hallarse, a juicio del Comandante, en el avance de la ocupación oficial. “...El nuevo pueblo que va a erigirse en las puntas de Tapalquén –decía Villar- los tiene alarmadísimos a los indios todos, habiéndoselo así expresado al Sr. Juez de Paz de aquel partido, diciéndole les han hecho entender que las miras del superior gobierno al formar este pueblo, es la de exterminar a los indios...”.51 Y es que, de hecho, pocos días antes –el dos de marzo- se había decretado el corrimiento del Cantón y la construcción de un nuevo fuerte seis leguas abajo (Sarramone, 2001: 150).

Entretanto, Bartolomé Mitre –para entonces Ministro de Guerra de Buenos Aires- dispuso el acuartelamiento de tropas en Azul. A los fines de asegurar la construcción del nuevo fuerte, reprender a los indios de Catriel y Cachul que –aliados o no con Callfucurá- efectuaran robos o ataques, y reprimir cualquier manifestación en contra del corrimiento de Tapalqué, ordenó que en dicho punto se reunieran fuerzas de las tres armas. Él mismo se les unió el 1 de mayo, acompañado de algunos indios del cacique Maicá que, junto con los hombres de Azul, conformarían el flanco izquierdo del Ejército de Operaciones del Sud (Sarramone, 2001: 152).

Según Walther, Mitre ordenó actuar en primer término sobre los caciques Juan José Catriel y Cachul. Para ello, el Coronel Laureano Díaz –Jefe del Departamento del Centro- operaría con cuatrocientos soldados desde el Fuerte Cruz de Guerra contra el segundo, “procurando sorprender por retaguardia a sus tolderías diseminadas entre las lagunas Blanca Grande y Chica, incorporándose luego a Mitre en la Sierra Chica de Tapalqué”. Por su parte, éste avanzaría sobre el primero, partiendo desde Azul (1975: 291).

En ese contexto, en que el adelantamiento del fuerte y el pueblo, así como la concentración de fuerzas para atacarlos –que correctamente había percibido Catriel-, cobraban materialidad, el Juez de Paz de Tapalqué se dispuso a efectuar la tarea que tenía encomendada. Cuando el 13 de mayo la caravana entraba a los campos de la agrupación, cuenta Sarramone que los indios reunidos les negaron el paso y detuvieron a la comitiva integrada por Ezequiel Martínez, un policía, los vecinos Saavedra y García, el capataz, y la tropa de cinco carretas. Nervioso, Martínez mató a un indio y éstos, en represalia, asesinaron al capataz, al policía, y saquearon los carros (2001: 150). Al día siguiente se informaba que Ezequiel Martínez había sido tomado prisionero (Ratto, 2006).52

El caso es que Mitre marchó desde Azul el 27 de mayo y se detuvo a esperar a Laureano Díaz en la Sierra Grande de Tapalqué. Pero un error de los baqueanos eliminó el factor sorpresa. Los indígenas, cuya ubicación se había calculado a cuatro leguas, se hallaban a mayor distancia. Por esta razón, las fuerzas criollas fueron divisadas por los naturales, que se aprestaron para el combate. Díaz “debió salir a marchas forzadas desde el fortín Cruz de Guerra, retardándose”. Callfucurá llegó a tiempo y reforzó las lanzas de Catriel (La cita en Sarramone, 2001: 153; también, Walther, 1975).

Mitre cargó sobre los indios, arrollando a los primeros que encontró. Estos tomaron el rumbo de los toldos para refugiarse. “Se pudo arrebatar la caballada y hacer algunos prisioneros –cuenta Walther-, pero el ardor con que se empeñaron las tropas y el afán de los soldados por registrar los toldos, diluyeron a las unidades desorganizándose de hecho la fuerza del ataque”. Mientras algunas fracciones peleaban aisladas, otras saqueaban las tolderías. El desorden posibilitó la reacción de los indígenas, que rodearon a sus enemigos. Mitre pudo reorganizar algunas de ellas y pasar a la defensiva. El día 30, en las primeras horas de la noche, emprendió la retirada hacia Azul (1975: 291-292).

Mientras tanto, Laureano Díaz alcanzó el asentamiento de Cachul, pero “éste no estaba por haberse unido ya a Catriel”. Aunque logró hacerse de varios prisioneros, al día siguiente fue atacado por Callfucurá y se vio obligado a retirarse (Walther, 1975: 292).

Según Walther, en esta breve campaña, conocida como la batalla de Sierra Chica, “a Mitre no lo acompañó la suerte” (1975: 292). Sarramone, en cambio, dice que fue un “duro enfrentamiento” y que “fue exagerada su valoración crítica por las condiciones políticas de hondos antagonismos del momento” (2001: 153).

IV. Algunas Conclusiones

Desde Sierra Chica, los antes amigos de Azul-Tapalqué y algunos otros dispersos en las afueras del territorio ocupado por Buenos Aires pero todavía en paz, se coaligaron con Callfucurá quien, aliado con Urquiza, azotaba las fronteras de la provincia. Por esta razón, hubo historiadores que sostuvieron que 1855 constituyó el momento clave en que la ocupación criolla más avanzada se retrajo, a diferencia de quienes sugirieron que esto había ocurrido inmediatamente después de Caseros. Lo cierto es que, como mostramos, los indios amigos permanecieron inicialmente en orden y no plantearon un serio desafío hasta que la realidad que se había ido configurando después de la caída de Rosas, les resultó intolerable. No obstante, es probable que toda la extensión de Tandil a Bahía Blanca –para utilizar palabras de un contemporáneo que citamos- haya ido despoblándose paulatinamente, porque la estabilidad alcanzada en otro tiempo ya no era tal. Los conflictos que se abrieron entre Buenos Aires y la Confederación configuraron un marco de intranquilidad en el que, por su parte, los indígenas encontraron protagonismo, oscilando entre el vínculo con unos y con otros. Pero también proveyeron un aliado, “los trece pueblos constituidos por Urquiza” –como dijo Callfucurá-, con el que pudo contarse cuando salineros y pampas se vieron amenazados por la expansión bonaerense. Allí confluyeron todos, indios y cristianos confederales.

El propósito de este trabajo fue ensayar explicaciones posibles acerca de las razones por las que el Negocio Pacífico de Indios se derrumbó definitivamente en 1855, después de subsistir tres años con relativo éxito. Para esto analizamos las relaciones que se establecieron entre algunos grupos indígenas y las autoridades que llegaron después de Caseros. Si los indios amigos parecían no representar un peligro para los encargados de los puestos fronterizos, la sensación que cundía entre ellos desmentía tales posibilidades. Catriel estaba en paz, pero no se sabía por cuánto tiempo y Callfucurá amenazaba, nutriendo esos temores, y concretaba sus planes. A eso se agregaban el licenciamiento de las milicias por un decreto de Urquiza y un sinnúmero de inconvenientes que complicaban la defensa y el reclutamiento de hombres para las armas. En parte causando dicha situación y en parte como consecuencia de las circunstancias, las autoridades civiles y militares entraron en conflicto de atribuciones. No se terminaba de definir quién tenía jurisdicción sobre quién, y se perdía de vista la necesaria colaboración articulada entre los que proclamaran abogar por los intereses bonaerenses.

Vimos también, los planes que comenzaron a urdir los gobernantes de la Confederación y de la después provincia autónoma de Buenos Aires frente a los “indios amigos”, y los giros que eso implicó respecto de la política aplicada durante la gestión anterior. Desde el comienzo, se estudió la manera de suprimir las raciones o disminuir su volumen, reduciendo notablemente su costo. Se trataba de sostener la amistad de los indígenas como fuera, aun con menos o sin bienes para su mantenimiento. La meta última era fraccionarlos y dispersarlos por la campaña, sobre todo a los tapalquinos, cuyo peso numérico preocupaba. Además, había que repeler los malones enemigos, tratar de recuperar el ganado que robaban y detener las coaliciones con que Callfucurá amenazaba o atacaba.

Todas estas cuestiones adquirían cuerpo en las palabras. En las de Rafael Burgeois, que explicaba al Jefe del Departamento del Sud que los Estados Unidos “habían persuadido a los bárbaros por la fuerza con larga guerra, y que después de la clemencia, habían empleado la civilización para hacerlos útiles a ellos y para la sociedad”. También en las del Ministro de Guerra, cuando informaba a Cruz Gorordo –para que se lo transmitiese a los indios- “que de ningún modo se les darían obsequios para lanzarlos a la guerra, como hacían Rosas y Urquiza, pues Buenos Aires no necesitaba de ellos ni como soldados, ni como aliados”. Las autoridades pretendían “cultivar con ellos relaciones de amistad, estimulándolos a que abandonasen esa vida ociosa que tanto los envilecía y se dedicaran al trabajo como hombres honrados y pacíficos”. Los regalos –ya no las raciones- llegarían cuando se considerase que les eran necesarios para vivir, “sin que importase un compromiso exigible por parte de ellos”.

Por último, analizamos interrelacionadamente las variables explicativas con las que construimos nuestro argumento. En este sentido, señalamos que el contexto político, por demás mutante y belicoso, hizo su parte, porque contribuyó a crear un clima en el que los actores debieron tomar partido. Los indios amigos entraron en él con la espontaneidad, la improvisación y el cálculo que la coyuntura permitía. Los conflictos se sucedían a veces imprevisiblemente, y ellos acabaron vinculándose a alguno de los bandos que se configuraban al calor del enfrentamiento, según sus intereses. A los amigos, las conjeturas los llevaron a permanecer en el estado en que estaban hacía más de treinta años, mientras otras agrupaciones prefirieron mantenerse al margen de las intenciones porteñas y ligarse con Urquiza, pero sin dejar de coquetear con Buenos Aires. Levantado el sitio de Lagos, los pampas continuaron alineados con esta provincia, pero Callfucurá y los ranqueles seguían fieles a Urquiza. Los primeros desertaron de la batalla de San Gregorio, los segundos se ampararon en el Director de la Confederación para azotar las estancias del sur de la provincia. Aquellos permanecieron expectantes a los planes de avance de los cristianos, Callfucurá amenazó con sumarse a los ranqueles y a los trece pueblos de la confederación si le quitaban Salinas, Carué y Pillahuincó. Escuchó las propuestas de Buenos Aires, pero nunca cortó el lazo con Urquiza y acudió en auxilio de los pampas cuando los criollos (los de Buenos Aires, no los otros) ocuparon sus tierras.

En efecto, los sucesos políticos que siguieron a Caseros, las contiendas bélicas y los nuevos proyectos de las autoridades, se acoplaban a la otra clave explicativa que sugerimos: las intenciones bonaerenses de consolidar la expansión territorial. Las estancias avanzadas más allá de los fuertes desde la década del ’40, demandaban con urgencia adelantar las Guardias para protegerlas de los malones. El corrimiento del Cantón de Tapalqué, que invadía e incorporaba las tierras de los Catrieleros empujándolos, una vez más, hacia el sur, fue el desencadenante de la siempre posible alianza entre éstos y el cacique salinero que, por fin, se materializaba. El asesinato del cacique Pascual, poco tiempo atrás, había convertido la alarma en desconfianza.

Los tres años que siguieron a la caída de Rosas fueron tensos, alterados, cambiantes. Y las acciones de los hombres no podían ser de otra manera. Así, entre la batalla de Caseros y Sierra Chica, la guerra, la política y los planes se entrelazaron de tal forma que llevaron a su fin al Negocio Pacífico. Se tornaba evidente algo que el ex gobernador sabía muy bien y que con los indios amigos había conseguido manejar: las lealtades podían aparentar solidez y estabilidad, pero siempre eran efímeras.

Notas

1 Alocución de un cacique salinero llamado Melignerr (Cuatro Zorros), “anciano y muy respetado” –según Avendaño-, en un parlamento entre los indios amigos de Mulitas y los jefes salineros con Callfucurá a la cabeza (Meinrado Hux, 2004: 3555-356).

2 Migraciones trascordilleranas cuantitativamente importantes, sumadas a la continuación a este lado de los Andes, de una guerra desatada en Chile en 1818 y a una sequía que se prolongó por cinco años, extremaron la tensión entre los grupos étnicos y la presión sobre los recursos. Las autoridades que se sucedieron en el gobierno de Buenos Aires, por su parte, trataban de asegurar la ocupación de los espacios extendidos más allá del Río Salado, al tiempo que cortar las hostilidades con los indios situados en ellos. La fuerza de las circunstancias propició el acercamiento. Ni a unos ni a otros convenía sostener un enfrentamiento armado por mucho tiempo más.

3 Como ha demostrado Lidia Nacuzzi, la jerarquización de ciertos jefes sobre otros era una práctica que reconocía sus raíces en tiempos coloniales. La autora sostiene que desde entonces, se planteaba a los españoles la necesidad de tratar con un cacique por grupo, ya que ante la mirada europea el panorama político aborigen –con su existencia de tantos caciques como seguidores pudieran movilizar- debió ser muy confuso. Por eso fue común que aquellos otorgaran a determinados jefes, respetados por sus pares y su gente, un “poder extra”; esto es, atribuciones extraordinarias que, en última instancia, beneficiaban a los hispanocriollos. La razón, como afirma Nacuzzi, es que la relación de los blancos con los grupos nativos estuvo centrada casi exclusivamente en la figura de sus líderes. La categoría de “caciques mayores” no escapa a esta lógica, y fue utilizada por Rosas para facilitar la manipulación de la relación jefes-seguidores y de la autoridad ejercida por aquellos, en función de sus intereses. Se trataba de colocar a ciertos personajes importantes del mundo indígena a la cabeza de sus indios, de otros caciques amigos, y de los grupos hostiles que decidieran deponer su actitud y acercarse a pactar paces con el gobernador (Nacuzzi, 2008).

4 Para información más precisa sobre la “Masacre de Masallé”, sus causas y las consecuencias que tuvo para los naturales y para la política interétnica, véase Silvia Ratto (1996).

5 Información más detallada sobre el tema, en Cutrera (2009). Para una interpretación distinta sobre características del Negocio Pacífico, ver Ratto (1994 a, 1994 b, 2003 a y b).

6 Tal fue lo sucedido en 1839, cuando participaron en la represión del alzamiento de los Libres del Sud y, entreviendo la amenaza sufrida por el régimen –a la vez que sospechando de un ataque del gobierno contra ellos- amenazaron con levantarse contra las autoridades de la provincia, argumentando que “ellos eran muchos y los cristianos poquitos”. También tuvo lugar una situación semejante en 1849. Para entonces, las estancias de la provincia se habían adelantado más allá de los fuertes y en las tolderías circulaba el rumor de que Rosas llevaría la ocupación oficial hasta la zona de Carué y Salinas Grandes. El hecho, como también se verá en este trabajo, implicaba avanzar sobre tierras indígenas. La amenaza de sublevación era liderada por Callfucurá y secundada por Juan Catrié –hijo- y Juan Manuel Cachul –hijo.

7 Se han dado distintas explicaciones sobre las causas del regreso de Callfucurá y su instalación en la pampa. No nos explayaremos en ellas aquí, pero remitimos a la bibliografía correspondiente. En primer lugar, puede verse Estanislao Zeballos (2007). Para él, el cacique fue mandado a llamar por Rosas. Sus argumentos fueron retomados después por Juan Carlos Walther (1975). Una interpretación alternativa puede hallarse en Martha Bechis (1999) y en Silvia Ratto & Ingrid de Jong (2008).

8 Véanse, por ejemplo, Abelardo Levaggi (2000); Juan Carlos Garavaglia (2000).

9 Entre ellos encontramos a Juan Carlos Walther quien, con un enfoque parcial del proceso, plantea que los ataques que llevaron al retroceso de la frontera datan de 1855 en adelante. “...Después de los triunfos sobre Mitre y Hornos –dice el autor-, Callfucurá aumentó ante la indiada su prestigio, para quien resultó invencible, por lo que fue reconocido como suprema autoridad en la pampa (...). En la Provincia de Buenos Aires (...) las hordas salvajes recorrían triunfantes la campaña, sin encontrar mayor resistencia a su paso. Además las fricciones entre la Confederación y Buenos Aires, obligaban a esta provincia a distribuir los efectivos militares disponibles en los lugares más amenazados de invasión, por lo que involuntariamente se desguarneció la frontera. La misma retrocedió hasta la existente en 1828, es decir: Cabo Corrientes, Tandil, Azul, Cruz de Guerra, Junín y Melincué...” (1975: 297-298). También Silvia Ratto (2006).

10 El Comandante General del Departamento del Sud (Hilario Lagos) al Ministro de Guerra y Marina (Coronel Don Manuel Escalada), 25 de marzo de 1852. AGN, Comandantes de los Departamentos Norte y Sur, Sala X 18-4-7.

11 Pedro Rosas y Belgrano a Hilario Lagos, 27 de marzo de 1852. AGN, Azul. Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-8.

12 Los distritos de Monte, Ranchos, Chascomús, Tordillo, Ajó, Pigüé, Pila, Chapaleufú, Mar Chiquita y Lobería, debían reunir doscientas yeguas cada uno; mientras que Las Flores tenía que colaborar con trescientas. Isidro Jurado, a cargo del partido de Las Flores, informaba que “...no siendo remitidas ya tropas de yeguas a ese punto desde tiempo ha, por disposición del anterior gobierno a pedimento del ex Juez de Paz de este partido Don Mariano Díaz por carecer los vecinos del (...) por cuya razón lo pone en conocimiento de VS a fin de que ordene lo que fuere de su agrado...”. Entre tanto, Victoriano Aristegui –Juez de Paz de Chascomús- notificaba que se había dirigido al Ministro de Gobierno, haciéndole saber “...la grande imposibilidad de poderlo practicar por haberse concluido enteramente las yeguadas de este partido...” y que lo había repetido verbalmente en su visita a la capital. Por esta razón, se había dispuesto que quedara “...relevado el partido de Chascomús de esta atención...” y él lo transmitía al Comandante Lagos. Su par de Ajó había conseguido reunir los animales, pero no pudo mandarlos porque “...se han citado muchos hombres para la conducción de esta tropa y han desobedecido y difícilmente he tenido con quién mandarla. He ejercido todo el rigor que ha estado en mis alcances, como también de bondad, pero con sentimiento veo aparecer esta insubordinación...”. Por último, desde Marihuincul, Matías Ramos Mejía –Juez de Paz del Tuyú- remitió las doscientas yeguas para el mes de abril, pero alegaba que el envío mensual de esa cantidad de ganado se le hacía difícil “...por la escasez de ellas en este partido, cuanto por el decreto del superior gobierno en que queda libre la matanza de yeguas; en su consecuencia pongo en conocimiento de VS que no se hará otra remisión de yeguas, si antes no ha tenido instrucciones del Ministro de Gobierno el infrascripto para poder expedirse a este respecto...”. Véanse respectivamente, Isidro Jurado a Hilario Lagos, 26 de marzo de 1852. AGN, Azul. Comandantes de los Departamentos Norte y Sur, Sala X 18-4-7; Victoriano Aristegui a Hilario Lagos, 26 de marzo de 1852. AGN, Azul. Comandantes de los Departamentos Norte y Sur, Sala X 18-4-7; y Matías Ramos Mejía a Hilario Lagos, 6 de abril de 1852. AGN, Azul. Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-7.

13 El Ministro de Gobierno –Valentín Alsina- a Pedro Rosas y Belgrano, 7 de octubre de 1852. AGN, Estado de Buenos Aires, Gobierno. Sala X 28-2-4. Documento nº 1664.

14 Pedro Rosas y Belgrano a Valentín Alsina, 13 de octubre de 1852. AGN, Estado de Buenos Aires, Gobierno. Sala X 28-2-4.

15 Idem.

16 Hilario Lagos a Manuel Escalada, 28 de marzo de 1852. AGN, Azul. Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-8.

17 Instrucciones para los Jefes de Campaña, Coroneles Don José María Flores y el Sr. Lagos. AGN, Azul. Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-8.

18 Hilario Lagos a Manuel Escalada, 17 de marzo de 1852. AGN, Azul, Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-7.

19 Hilario Lagos a Manuel Escalada, 4 de abril de 1852. AGN, Azul, Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-7.

20 Lagos a Escalada, 25 de marzo de 1852. AGN, Azul, Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-7.

21 Hilario Lagos a Manuel Escalada, 4 de abril de 1852. AGN, Azul, Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-7.

22 Pedro Rosas y Belgrano a Manuel Escalada, 7 de abril de 1852. AGN, Comandantes de los Departamentos Norte y Sur (1852), Sala X 18-4-7. En los años que transcurrieron desde Caseros, se produjeron reiterados malones. Por razones argumentativas, sólo vamos a referir aquí a algunos de ellos y lo haremos en virtud de su importancia, sus consecuencias para la campaña, o sus conexiones con los acontecimientos a que estamos refiriendo.

23 Justo José de Urquiza a destinatario desconocido (suponemos, por indicios de la fuente, que la nota iría dirigida al Comandante de Bahía Blanca), s/f. AGN, Comandantes de los Departamentos Norte y Sur, Sala X 18-4-8.

24 Según Allende, Rosas y Belgrano tenía la posibilidad de poner en armas dos mil trescientos hombres y trescientas lanzas. Para Ratto, en cambio, estos últimos fueron parte mayoritaria de su tropa. Y Sarramone sugiere que condujo quinientas lanzas de Catriel y otras tantas de Collinao al campo de batalla, lo que equivaldría aproximadamente a la mitad de la fuerza (Sarramone, 2001; Allende, 1958; Ratto, 2006).

25 Al parecer, Lagos destacó a Olmos sobre el Salado en observación. El 14 de enero se libró un primer enfrentamiento favorable a las tropas de Buenos Aires. En persecución de Olmos y buscando el encuentro con las huestes que en su auxilio debían salir de la ciudad, Rosas y Belgrano cometió el error estratégico de cruzar el río Salado –muy crecido-, “quedando cortado de la campaña sur que era su base de recursos”. Así, el Comandante de Azul se vio acometido por una división de dos mil quinientos hombres del ejército federal y fue derrotado. Cuenta Allende que el Salado, desbordante en su cauce, resultó una verdadera trampa pues, teniéndolo a su espalda, éste quedó imposibilitado aun para la fuga (1958).

26 Mariano Espinosa a José María Paz, 24 de julio de 1853. AGN, Comandancias de Campaña (1853), Sala X 18-7-6.

27 Pedro Rosas y Belgrano a José María Paz, 1 de septiembre de 1853. AGN, Comandancias de Campaña (1853), Sala X 18-7-6.

28 Idem.

29 Bernabé Pader a José María Paz, 14 de octubre de 1853. AGN, Comandancias de Campaña (1853), Sala X 18-7-6.

30 El Comandante Militar de Mulitas al Ministro de Guerra, 8 de noviembre de 1853. AGN, Comandancias de Campaña (1853), Sala X 18-7-6.

31 Idem.

32 Ministerio de Guerra a Cruz Gorordo, 2 de noviembre de 1853. AGN, Comandancias de Campaña (1853), Sala X 18-7-6.

33 Solicitud de los vecinos del Saladillo y Las Flores, 10 de diciembre de 1853. AGN, Comandancias de Campaña (1853), Sala X 18-7-6.

34 Informe del Departamento Topográfico al Ministro de Guerra, 20 de diciembre de 1853. AGN, Comandancias de Campaña (1853), Sala X 18-7-6.

35 Rafael Burgeois a Julián Martínez, 20 de febrero de 1854. AGN, Guerra. Parque, Sala X 18-10-6.

36 Idem

37 idem.

38 Juan Cornell a Manuel Escalada, 15 de abril de 1854. AGN, Guerra. Parque, Sala X 18-10-6.

39 Rafael Burgeois a Juan Callfucurá, 4 de julio de 1854. AGN, Guerra. Parque, Sala X 18-10-6.

40 Juan Callfucurá a Francisco Iturra, 15 de agosto de 1854. AGN, Guerra. Parque, Sala X 18-10-6.

41 Rafael Burgeois a Julián Martínez, 20 de febrero de 1854. AGN, Guerra. Parque, Sala X 18-10-6.

42 Idem

43 Rafael Burgeois a Juan Callfucurá, 13 de agosto de 1854. AGN, Guerra. Parque, Sala X 18-10-6.

44 Juan Susviela al Cacique Juan Callfucurá, 24 de noviembre de 1854. AGN, Gobierno. Guerra. Comandancias (1854), Sala X 18-10-2.

45 El Comandante de Bahía Blanca al Ministro de Guerra, 19 de diciembre de 1854. AGN, Gobierno. Guerra. Comandancias (1854), Sala X 18-10-2.

46 El Comandante de Bahía Blanca al Ministro de Guerra, 14 de diciembre de 1854. AGN, Gobierno. Guerra. Comandancias (1854), Sala X 18-10-2. La causa contra Jacinto Méndez siguió a comienzos de 1855. El quince de enero de ese año, se lo remitió preso en el Bergantín de Guerra “Maipú”, a disposición del superior gobierno. Poco más de un mes más tarde, se elevó también el expediente que la contenía.

47 Ibídem, pág. 289

48 Ese año hubo varios ataques a la frontera de la provincia. En enero se atacó a “25 de Mayo”, posteriormente a Bahía Blanca y en abril a Carmen de Patagones. Los ranqueles avanzaron por el pago de Rojas el 7 de Mayo (Sarramone, 2001: 152).

49 Benito Villar a Manuel Escalada, 18 de marzo de 1855. AGN, Solicitudes Militares (1854), Sala X 18-10-3.

50 Idem

51 Idem.

52 Sarramone sostiene que Pedro Rosas y Belgrano estaría implicado en el levantamiento aborigen. Ramón Vitton –ahora Juez de Paz de Azul- comunicaba a Irineo Portela –Ministro de Gobierno-, que había recibido un informe por el que resultaba que aquel estaba complicado, si no era promotor de la sublevación de los indígenas de Tapalqué, pues “habiendo robado los indios todas las caballadas y parte de las yeguadas de los establecimientos colindantes a los de Don Pedro Rosas y Belgrano, a los de éste no los han tocado, por lo que parece complicado en la sublevación del cacique Catriel y su indiada” (2001: 151).

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