Anuario del Instituto de Historia Argentina, vol. 16, nº 2, e028, octubre 2016. ISSN 2314-257X
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Historia Argentina y Americana

 

ARTÍCULO/ARTICLES

 

Memorias y usos públicos del pasado en torno a la “lucha antisubversiva”. Notas sobre Carlos Sacheri y Jordán Bruno Genta

 

Facundo Cersósimo

Universidad de Buenos Aires/ CONICET, Argentina
facundo.cersosimo@gmail.com

 

Cita sugerida: Cersósimo, F. (2016). Memorias y usos públicos del pasado en torno a la “lucha antisubversiva”. Notas sobre Carlos Sacheri y Jordán Bruno Genta. Anuario del Instituto de Historia Argentina, 16(2), e028. Recuperado de http://www.anuarioiha.fahce.unlp.edu.ar/article/view/IHAe028


Resumen
En 1974 fueron asesinados en la vía pública Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri. Para la época ambos intelectuales eran referentes de sectores nacionalistas y católicos que en el convulsionado escenario político argentino promovieron la necesidad de la “lucha antisubversiva”. A partir de reconstruir los diversos usos públicos de los que fueron objeto luego de sus asesinatos, el presente artículo estudia el proceso de elaboración de las memorias alternativas que buscaron legitimar la actuación represiva de las Fuerzas Armadas tras el retorno de la democracia en 1983. Al final del artículo también se reflexionará acerca del lugar del historiador al momento abordar aquellos fragmentos del pasado marcados por la violencia política, y que fueron recortados y descontextualizados para ser utilizados en los combates memoriales analizados.

Palabras claves: Jordán Bruno Genta; Carlos Alberto Sacheri; Memorias antisubversivas; Fuerzas Armadas; Dictadura Militar.



Memories and public uses of the past throughout the “antisubversive struggle”. Notes about Carlos Sacheri and Jordán Bruno Genta


Abstract
In 1974 where murdered in the public space Jordan Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri. By the time both intelectuals were an important reference of nationalists and catholic groups that, in the agitated political scenario of Argentina, promoted the need of an “antisubversive struggle”. As from the reconstruction of the different public wich they were subject, the present article studies the process of elaboration of alternative memories wich seek to legitimate the repressive action of the Armed Forces after the return of Democracy at 1983. At the closing of the article is also a reflection about the role of the historian at the moment of analyze those fragments of the past signed by the political violence, wich were trimmed and decontextualized to be used in the memorial combats analyzed.

Keywords: Jordán Bruno Genta; Carlos Alberto Sacheri; Antisubversive memories; Armed Forces; Military Dictatorship.


 

Introducción

El 3 de agosto de 1973 fallecía el sacerdote Julio Meinvielle cuando intentaba cruzar a pie la Avenida 9 de julio de la Ciudad de Buenos Aires. Al año siguiente, en octubre y diciembre respectivamente, eran asesinados en la vía pública Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri, al parecer, por una organización político-militar.

Las trayectorias de todos ellos exhibían puntos de contacto, en parte, por compartir un mismo imaginario delimitado por coordenadas católicas, nacionalistas y anticomunistas. Posiblemente hayan sido tres de los principales exponentes de la prédica “antisubversiva” en el convulsionado escenario local de los años sesenta y setenta. Sin embargo, los trágicos desenlaces de los dos últimos permitieron que una vez retornada la democracia sus figuras permanecieran vigentes.

Como aporte al ejercicio de historizar las configuraciones de la memoria, nos proponemos analizar el proceso de elaboración de una memoria que pretendió legitimar la actuación represiva de las Fuerzas Armadas en un contexto democrático que comenzaba a resultarle poco promisorio social y judicialmente. Para ello, nuestro hilo conductor serán los usos públicos de los que fueron objeto las figuras de Genta y Sacheri.

El artículo tiene dos partes identificables temática y metodológicamente, pero ciertamente complementarias. A pesar de identificarse todos ellos con un mismo linaje católico, en un primer apartado trazaremos un análisis comparado de las trayectorias de nuestros protagonistas con el objetivo de señalar sus disímiles derroteros. Aquí no dejará de estar presente la confrontación de biografías individuales en función de la construcción de una biografía colectiva en la cual podían situarse las redes establecidas por nuestros personajes (Revel, 2005; Dosse, 2007; Bloch, 1963).

Con atención a ciertos aniversarios de sus asesinatos, en un segundo momento buscaremos historizar y analizar la utilización de sus figuras en el proceso de elaboración de las memorias alternativas mencionadas. Tributaria de los trabajos que abordaron las memorias sociales y colectivas, la propuesta buscará dar cuenta de los usos públicos del pasado (Habermas, 1988) efectuados por aquellos actores que a partir de 1983 pretendieron tallar una contramemoria cuyo éxito será tema de análisis en las conclusiones del trabajo.

Iguales pero diferentes

Nuestros protagonistas no estarían en desacuerdo si los inscribiéramos en la familia católica tradicionalista denominada con mayor frecuencia –aunque poco ajustadamente–, integrista. Sus miembros, a diferencia de otros linajes católicos, guardaban la convicción de que la Iglesia católica era la única y verdadera religión, a partir de la cual la sociedad debía organizarse. La doctrina católica no sólo debía permear sino también subordinar todas las esferas de la actividad humana. Por considerar esto plenamente realizado, era la Edad Media la etapa histórica asiduamente rememorada. De allí que rechazaban sin concesiones a todos los procesos históricos que pretendieron horadar dicho orden, por lo que desplegaban una fuerte reacción contra las corrientes de secularización y laicización de la sociedad iniciada con la Reforma protestante en el siglo XVI, continuadas con el Renacimiento y el Humanismo, según su imaginario considerablemente aceleradas con la Revolución francesa, y coronadas con una de sus “hijas”: la Revolución rusa. Bregaban entonces por una contrarrevolución que para alcanzar su plena realización debía, indefectiblemente, restaurar un orden cristiano.

Poseían la firme convicción de que en la última etapa de la revolución anti-anticristiana el enemigo había penetrado al interior de la propia Iglesia católica. Allí debía librarse un combate crucial en defensa de la verdadera “tradición”, cuya sustancia residía en la doctrina definida dogmáticamente por la Iglesia y era transmitida a través de los siglos por la sucesión apostólica. La misma podía enriquecerse pero nunca cambiarse, transmutarse ni reformularse, ya que “Dios no cambia”. Así, el término tradicionalista fue utilizado para autodenominarse y diferenciarse de los otros católicos. La revista Cabildo, sin dudas, circulaba por estas coordenadas1.

Ciertamente que a este sector del catolicismo podríamos inscribirlo como una expresión más de la familia más amplia de las derechas. Una mirada rápida identificará rasgos compartidos en torno a un marcado anticomunismo; anticomunismo que en la convulsionada Argentina de los años sesenta y setenta podía unificarlos, momentáneamente, en una misma amalgama contrarrevolucionaria, por ejemplo, con otros actores católicos inscriptos en una tradición liberal-conservadora.

A diferencia de éstos, los tradicionalistas rechazaban sin matices las derivas del pensamiento ilustrado, consideraban irreconciliable catolicismo y liberalismo, y no admitían el esquema de partidos políticos ni la posibilidad de un escenario electivo –restringido o no– como vehículo de participación republicana. De allí sus diferencias con empresas políticas, intelectuales y publicaciones (entre ellas, el diario La Nación) inscriptas en una tradición liberal-conservadora; tradición que también tenía visibles huellas de la cultura católica pero que se insertaba o transitaba con mayor efectividad por las redes de sociabilidad desplegadas oficialmente por la Iglesia.

Los asesinatos de Genta y Sacheri, con escasos meses de distancia, sumados al fallecimiento de Meinvielle un año antes, contribuyeron a que tanto en una memoria tradicionalista como en la memoria de sus “enemigos”, permanecieran todos ellos aunados en una misma biografía colectiva. Sin embargo, sus derroteros individuales, su formación intelectual, las redes institucionales, los ámbitos de sociabilidad por donde circularon, y hasta sus personalidades presentaron interesantes diferencias.

Desde la década de 1920, el sacerdote Julio Meinvielle (1905-1973) fue uno de los actores centrales del renacimiento católico argentino, ya fuera como docente en los Cursos de Cultura Católica (fue sin dudas uno de los referente del renacimiento tomista local), como promotor de nuevas instituciones (creó la Unión de Scouts Católicos Argentinos e impulsó la Juventud Obrera Católica y nuevas ramas de la Acción Católica Argentina), o como fundador y director de varias publicaciones (entre otras, Diálogo, Nuestro Tiempo, Balcón y Presencia). Su pluma, siempre requerida para jerarquizar cualquier nuevo emprendimiento editorial, colaboró en un voluminoso catálogo de revistas. Conocido entre sus seguidores como “el Padre Julio”, por sus cursos de teología dictados en la Casa de Ejercicios Espirituales –ubicada en el convento de la calle Salta e Independencia de la Ciudad de Buenos Aires– circularon varias generaciones de fieles católicos que luego tendrían heterogéneos derroteros.

Aunque en el clima político y religioso de los años posperonistas su figura permaneció cada vez más recluida en el universo tradicionalista –en relación en comparación con las décadas pasadas–, una cantidad no menor de laicos –y no solamente los tradicionalistas– reconocerían sus aportes filosóficos y teológicos, siendo la consulta de su opinión obligada ante cualquier controversia que girara en torno al corpus católico.

Cura párroco en el barrio porteño de Versalles, supo combinar su actividad parroquial junto a la polémica y el debate con figuras locales e internacionales –la más recordada será sin duda la establecida en los años treinta con el filósofo francés Jacques Maritain– (Zanca, 2013); de intervenciones por momentos eruditas, y por momentos sarcásticas y mordaces, no era bien considerado por una parte del entramado institucional de la Iglesia, al punto que tuvo que padecer, incluso, un juicio eclesiástico y el cierre de Nuestro Tiempo. De los tres fue quien tejió lazos más fluidos con espacios católicos de otras latitudes, en especial, con el catolicismo intransigente francés. Prolífico escritor, fue traducido a varios idiomas y sus obras, además de alcanzar múltiples reediciones, llegaron al público europeo y americano.

El hecho de que en el cortejo fúnebre su ataúd fuese llevado por un sacerdote adscripto al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo como Carlos Mugica y otro al tradicionalismo como Alberto Ezcurra Uriburu, no sólo daba cuenta –como analizó Fortunato Mallimaci (1988)– del sustrato común que atravesaba a buena parte del catolicismo argentino –donde antiliberalismo, anticomunismo y nacionalismo eran registros que, en principio, les permitían reconocerse en una misma matriz católica integral–, sino también de que las redes de sociabilidad construidas por un sacerdote como Meinvielle no estaban diagramadas exclusivamente a partir de sus coordenadas ideológicas, es decir que, como podría presuponerse, la intransigencia discursiva no siempre guardaba relación con las prácticas político-religiosas, con las opciones pastorales, o con las apuestas sociales y culturales.

El itinerario de Jordán B. Genta (1909-1974) arrojaba otros recorridos. Convertido al catolicismo de adulto, su padre, un ateo anarquista, había elegido su nombre en homenaje al monje dominico Giordano Bruno, quemado en la hoguera por hereje. Sus primeros años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires lo encuentran próximo a la agrupación universitaria Insurrexit, fundada entre otros por Héctor P. Agosti y ligada al universo comunista. El primer paso en su conversión política –y religiosa– lo da en clave antipositivista cuando en la misma facultad toma contacto con el filósofo Coriolano Alberini –varias veces decano y vicerrector de la universidad– e inicia su crítica al credo comtiano; crítica que se transforma en abierto rechazo y que lo lleva a participar en 1932 –un año antes de recibirse de licenciado en Filosofía en dicha casa de estudios– en la fundación del Frente de Afirmación del Nuevo Orden Espiritual (FANOE), agrupación liderada por Saúl Taborda en la que participaban, entre otros, Francisco y José Luis Romero, Jorge Romero Brest y Carlos Estrada. La influencia de su compañera de estudios María Lilia Losada, con quien contrae matrimonio civil en 1934, completa su camino hacia el catolicismo; de allí que a sus treinta años se bautiza y se casa por Iglesia (Ferrari, 2009).

Más eficaz como divulgador, docente y combativo conferencista que como intelectual con capacidad de intervención pública –más allá, claro, de sus audiencias habituales–, desde inicios de la década del cuarenta se preocupó por establecer sólidos vínculos con sectores de las Fuerzas Armadas más que con los del espacio católico oficial. Tras su conflictivo paso como funcionario en distintas cargos educativos durante el período militar iniciado en 1943, los mismos que fue perdiendo mientras ascendía la figura de Juan D. Perón – en parte porque de los tres era quien detentaba el más vehemente antiperonismo–, fue en la Aeronáutica, a partir de los años sesenta, que su predicamento alcanzó a varias promociones, en especial durante su desempeño docente en la Escuela de Aviación ubicada en la provincia de Córdoba. Mientras tanto, desde la Cátedra Privada de Filosofía que funcionó en su domicilio desde 1946, durante dieciocho años dictó cursos para varias generaciones de alumnos aunque su intransigencia lo llevó a cultivar un auditorio acotado y a restringir el acceso a ciertas audiencias católicas y aun castrenses, como el caso de la Armada (Hernández, 2007; Márquez, 2008). Al igual que en el del sacerdote, en su pensamiento habitaba un componente antisemita, no de raíz bíblica, como podía darse en aquel, sino compaginado junto con un sistemático predicamento antimasónico.

Con el lema bíblico “Mi boca dice la verdad, pues aborrezco los labios impíos” como subtítulo, entre diciembre de 1955 y mediados de 1967, Genta promovió la revista Combate. Sin ejercer la dirección, pero reservándose la sección editorial, desde sus páginas criticó el curso de la “Revolución Libertadora”, aún en su etapa lonardista, con el convencimiento de que el nuevo gobierno estaba dominado por la masonería y el comunismo; se transformó así en una rara avis dentro de las filas católicas y nacionalistas, que eran fieles seguidoras del presidente de facto (Ferrari, 2009).

Al repertorio tradicionalista Genta le aportaba una obsesión mayor que la habitual a denunciar los peligros de infiltración masónica y además recurrentes intervenciones antisemitas representadas en una sección de dicha revista titulada “Crónica del ghetto”. Allí se satirizaba a la comunidad judía y se llegó a defender la veracidad del panfleto Los Protocolos de los Sabios de Sión. Ambas aristas fueron retomadas años después por la revista Cabildo donde Mario Caponnetto cumplió un papel relevante en el intento de filiarla, especialmente a partir de su II Época iniciada en 1976, a la tradición gentista de Combate (Caponnetto, 1999).

Tanto Genta como Meinvielle –a los que podríamos sumar figuras como Juan C. Goyeneche, M. Roberto Gorostiaga y el sacerdote Leonardo Castellani– trazaron el puente necesario para transmitir la experiencia de los Cursos de Cultura Católica inaugurados en 1922 (sin duda el principal cenáculo intelectual y ámbito de sociabilidad para la memoria de varias generaciones de militantes católicos representó la “edad de oro” del catolicismo argentino) a las generaciones de militantes católicos de la etapa posperonista. En torno a ellos se formarán nuevas camadas de militantes incorporados a la vida política en el agitado año 1955 como en los posteriores. Organizaciones como el Sindicato Universitario de Derecho, Tacuara, la Guardia Restauradora Nacionalista y Falange Restauradora Nacionalista, entre otras, encontrarán en ellos a sus referentes teóricos.

Por último, Carlos Alberto Sacheri (1933-1974), hijo del abogado y general del Ejército Oscar Antonio Sacheri, pertenecía a generaciones más jóvenes que los anteriores. Discípulo de Meinvielle, a sus quince años de edad comenzó a asistir a sus cursos de filosofía; cursos que años después lo llevaron a realizar estudios de grado y posgrado en la Universidad Laval, Canadá, y acceder así a clases con prestigiosos docentes que le permitieron alcanzar una sólida formación filosófica. De regreso a la Argentina consiguió insertarse en ámbitos académicos tanto públicos como privados, y en 1970 fue nombrado secretario científico del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Su actividad más sistemática la desplegó en el marco de la organización laica tradicionalista Ciudad Católica, de la cual fue nombrado presidente en 1967. Su llegada contribuyó a incrementar la inserción de Ciudad Católica no sólo al interior del mundo castrense –donde había logrado ciertas adhesiones desde su creación en 1959–, sino también en espacios religiosos, sociales, educativos, culturales, en los que Sacheri solía desplegar una abultada agenda de conferencias y charlas.

También es cierto que ante el clima de agitación política y social que vivía el país, el discurso de la Ciudad Católica reforzaría su intransigencia; el lenguaje bélico y la necesidad de combatir al “enemigo subversivo” fueron ganando espacio en su prédica en detrimento del fundacional objetivo de conformar una élite de “los mejores”.

A pesar de estar referenciado con dicha organización laica tradicionalista y con su publicación Verbo –producto tanto de su personalidad como de una lectura del peronismo menos intransigente y, quizás, de la mencionada cuestión generacional–, supo cultivar una audiencia sin duda más amplia que las dos figuras precedentes, exceder las habituales tribunas tradicionalistas y penetrar en un entramado institucional más amplio. De relaciones más fluidas con el mundo católico oficial, a diferencia de Genta por ejemplo, su predicamento alcanzaba a todas las Fuerzas Armadas y hasta a la misma CGT –escenario impensado para los anteriores–, al punto que llegó a cultivar una amistad con quien fuera su secretario general, José Ignacio Rucci (Beraza, 2005).

Al momento de su asesinato era una de las autoridades nacionales del Movimiento Unificado Nacionalista Argentino (MUNA), una empresa creada en el contexto del tercer peronismo que se propuso unificar al universo nacionalista no peronista; más allá del éxito de la misma, su participación daba cuenta de una mayor predisposición y capacidad para la praxis política que los anteriores no poseían.

Fue menos prolífico como escritor, sin embargo, dos de sus trabajos como La Iglesia clandestina (1970) y el póstumo El Orden Natural (1974) alcanzaron amplia divulgación. Difícil de sustituir, su asesinato privó de un importante referente a la Ciudad Católica, a la que los años venideros la llevaron a un paulatino aislamiento, a replegarse a la propia familia tradicionalista.

Hasta aquí los derroteros políticos e intelectuales de nuestros personajes. Las muertes violentas de los dos últimos generaron las condiciones para que sus biografías sean reelaboradas y sus nombres utilizados en los combates memoriales de los años democráticos.

Asesinatos, funerales y necrologías

“Jordán Bruno Genta ¡Presente! Por Dios y por la Patria” fue el título de portada de la revista Cabildo publicada tras su asesinato, ocurrido el 27 de octubre de 1974. En su editorial adjudicaron la pérdida al “estado de guerra interna al cual se haya sometida la Argentina”, estado que “ha entrado en una etapa de franca profundización”. Según ellos, con dicho asesinato, junto al del comisario general Alberto Villar ocurrido días después, el enemigo había comenzado a “tirar a la cabeza”, pretendiendo así “afectar de muerte a la sociedad cuyo equilibrio quiere quebrar (mediante) el sacrificio de los seres más representativos del Orden”: Cualesquiera hayan sido los ejecutores de sus respectivos holocaustos –para el caso de Genta, la revista aún no se animaba a señalar a los perpetradores del hecho– ambos eran conscientes de que “ese empecinado testimonio de consagración al Orden les acarrearía la muerte física, y la muerte con violencia”, aceptando “ese destino sin sombra de fatalismo”2.

En un escenario similar al de otros funerales y misas consagradas a civiles y militares asesinados durante aquellos años, en los cuales se iba consolidando un importante consenso antisubversivo y un “espíritu de revancha” (Garaño y Pontoriero, 2015), en la despedida de sus restos, depositados en el Panteón Militar del cementerio de la Chacarita, el sacerdote que pronunció el responso comenzó a resignificar su muerte para transformarla en una muerte bella: “Ha sido una muerte linda. El profesor tenía que morir así, a lo grande (…) a los ojos de Dios fue una muerte hermosa”3. La operación la completaba la revista, que lo incorporó como un mártir más de una contienda que enfrentaba al Orden Natural contra el caos, al catolicismo contra la subversión atea; operación que en las conmemoraciones de la publicación y en las de sus discípulos tendió a replicarse, con giros menores, a lo largo del tiempo.

Para éstos, su muerte demostraba un deseado valor sacrificial que lo erigía en héroe cristiano. Esta lectura arrojaba inesperados puntos de contacto con la cultura política de la izquierda armada (Carnovale, 2011; Melgar Bao, 2005). La compaginación de representaciones disímiles pero complementarias como la del héroe y la del mártir –destinadas tanto a Genta como a Sacheri– permitió la repolitización de sus biografías, su incorporación a un panteón católico intransigente, y el merecimiento de una serie de homenajes y recordatorios que otras figuras del mismo linaje, de similar o mayor trayectoria Ricardo Curutchet o el mismo Julio Meinvielle no tuvieron. Quienes ofrendaban sus vidas eran los mejores, la entrega resignada de la misma era, sin duda, una muerte consagratoria.

La sangre derramada también indicaba el punto de partida de un camino que conducía al triunfo del bien sobre el mal. Si bien la situación política era leída con angustia y escepticismo, en tanto creían que el tercer peronismo representaba un peligroso asedio contra la cristiandad, el asesinato de Genta fue considerado la primera señal de esperanza: “En esta hora de tinieblas ha comenzado a asomar un rayo de luz. No es otro el significado de estas vidas y muertes ejemplares”4. Éstos –en este caso Genta y Villar– no eran asesinados sino que ofrendaban su vida, era una muerte redentora en pos del triunfo de Dios sobre sus enemigos. Así como la revolución exigía el sacrificio de sus mejores hijos, la contrarrevolución también.

Ciertos caminos similares aunque no idénticos recorrió la figura de Sacheri al momento de su asesinato. Cabildo volvía sobre el martirologio e incorporaba en su portada el episodio –aunque no en su editorial–: “Carlos A. Sacheri. Mártir de Cristo y de la Patria”, podía leerse en los kioscos de revistas días después del 22 de diciembre de 1974. El encargado del artículo homenaje, Víctor Eduardo Ordóñez, de vasta trayectoria en las filas tradicionalistas, recordaba a su amigo “muerto como mártir”, quien había sido “un luchador por la restauración de la Iglesia de siempre”.

Había aquí algunos elementos que permitían una mayor efectividad a la hora de construir dicho martirologio. Como indicaba el mismo Ordóñez: “Fue asesinado por las manos bestiales de los hijos de las tinieblas” (aquí tampoco había indicios ciertos de los autores del episodio, tal como reconocía el comunicado del propio MUNA donde militaba Sacheri). Su asesinato había ocurrido “casi en vísperas de Navidad”, lo que colocaba “el nacimiento de Nuestro Señor […] escatológicamente en la misma línea que su Cruz”. Tal representación era completada con el dato efectivamente cierto de que murió “cuando venía de comulgar”, circunstancia que había sido “prevista por Dios en su misericordia”5.

Figuras destacadas de la Iglesia – “ausentes o periféricas en la despedida de nuestro otro personaje–, también se plegaron a su despedida. Monseñor Adolfo Tortolo –otro hombre clave para reconstruir el entramado tradicionalista–, por entonces presidente del episcopado, no sólo se mostró “Profundamente dolorido por el asesinato del eminente profesor Carlos Saccheri [sic]”, sino que también rescató “el testimonio de su sangre mártir”. Por su parte, desde el boletín del Arzobispado de Buenos Aires se explayaron en las circunstancias del asesinato, ocurrido al llegar a su domicilio –en la calle Libertador 16860, localidad de San Isidro– momento en el cual “cuando pretendió bajar de su automóvil, desde otro vehículo descendió un sujeto y le efectuó un disparo a quemarropa”; Sacheri “venía de asistir a Misa” y se hallaba “acompañado de su esposa, sus siete hijos y amiguitos de éstos”. Este contexto décadas después, cobraría mayor relevancia.

¿Qué elementos de su biografía rescataba en este caso el boletín católico para armar su necrología? El Sacheri doctor en Filosofía, el reconocido tomista, que militaba en el nacionalismo católico y que se había destacado “por su denuncia de las connivencias marxistas con el movimiento tercermundista en la Iglesia”6.

Fuera de los ambientes católicos y nacionalistas, ambos episodios parecían no destacarse por sobre las demás noticias de la época. A pesar del imaginario compartido en torno a la “lucha antisubversiva”, el diario La Nación, alejado por cierto de las coordenadas ideológicas tradicionalistas, daba cuenta en su portada del asesinato de Genta con un formato no muy diferente al del resto de los artículos destinados a retratar la violencia política de la etapa. Con el formato de la crónica policial y la necrología pero permeado por una línea editorial que comenzaba a reclamar con más intensidad la intervención de las Fuerzas Armadas, el diario informaba a sus lectores que “el profesor universitario y dirigente nacionalista, Dr. [sic] Jordán Bruno Genta, argentino, de 66 años, casado”, había sido asesinado a balazos tras salir de su casa en la calle Céspedes 3504, en el barrio porteño de Colegiales.

Luego de brindar detalles a partir de testimonios de vecinos y de la policía –a diferencia del episodio de Villar, aquí en un primer momento nadie se había adjudicado la autoría–, el artículo se abocaba a reconstruir su trayectoria. De la misma se destacaba su “vasta actuación en la docencia, y particularmente en la exposición sociológica y filosófica”, a la que sumaba “una larga militancia en las filas del nacionalismo, en la que muchas veces las asperezas de la lucha lo llevaron a posiciones de agrio enfrentamiento”7.

Si bien por conflictos gremiales el diario de la familia Mitre no salió a la calle al día siguiente del asesinato de Sacheri, en su número inmediatamente posterior el episodio fue desplazado por el fallido atentado contra la vida del comisario de la Policía Federal Luis Margaride. Sí dieron cuenta de la despedida de sus restos depositados en este caso en el cementerio de la Recoleta. Allí quedó opacada la presencia de militares por figuras civiles, muchas de ellas vinculadas a espacios universitarios. Mientras el por entonces decano de la Facultad de Derecho Francisco Bosch pronunciaba unas palabras en nombre de esa casa de estudios y de la Universidad de Buenos Aires –en la que su rector interventor, Alberto Ottalagano, había declarado duelo y cese de actividades por el término de veinticuatro horas (hecho que daba cuenta de la mayor centralidad lograda por Sacheri en los ambientes académicos)–, el experimentado Juan Carlos Goyeneche lo hacía en nombre de sus camaradas de militancia8.

De allí en adelante, quienes mantuvieron el ejercicio sistemático de recordar a ambas figuras fueron los círculos tradicionalistas o grupos cercanos a éstos. Así, ya para el primer aniversario comenzaron las misas, actos homenajes, publicación de poemas y semblanzas, promovidos por personalidades de las más destacadas como Ordóñez, Curuchet o Goyeneche, pero también por quienes heredaron la tarea de “preservar” su memoria: Juan Carlos Monedero, Antonio y Mario Caponnetto –aún no integrantes del staff de Cabildo–, y también la esposa de este último que era hija de Genta9.

Si bien María Lilia Genta de Caponnetto cobraría mayor centralidad en las décadas venideras, desde un comienzo intervino en los homenajes a su padre con un discurso intransigente, como lo demostraba el contenido de su carta titulada “Gracias a la ‘zurda’ por habernos despertado”, publicada en aquella ocasión10. Ya meses antes, a escasos días del asesinato de Sacheri, había escrito una “Carta abierta” a sus hijos –aun el más grande de todos ellos era años más joven que ella– en la que apuntaba a agrupar a ambas familias más por causa del dolor que por haber sido víctimas de los planes de un mismo “enemigo” –que la carta, por otra parte, no se preocupaba en señalar– y en la que pretendía explicarles que en el “Plan del Dios Crucificado por el cual murieron nuestros padres, estos martirios estaban previstos como simiente, quizás, de una Nueva Cruzada”11. Sin embargo, por cuestiones generacionales y de contexto histórico, aún no era el momento para el protagonismo de sus herederos.

Entre mártires y víctimas inocentes. Los usos públicos de las figuras de Genta y de Sacheri y la configuración de una contramemoria (1983-2014)

Los tiempos de escasos homenajes y recordatorios de ambas figuras durante los años del Proceso finalizarían con el retorno de la democracia en 1983. La memoria institucional de las Fuerzas Armadas trazada a partir del denominado “Documento Final” –con su reivindicación de lo actuado en la guerra contra la subversión–, y la decisión del presidente Raúl Alfonsín de impulsar el juicio a las Juntas Militares, sin duda configuró un nuevo escenario (Crenzel, 2008). Si el mismo intentó, en parte, ser delineado por una narrativa histórica sobre la violencia política de la década previa canonizada en el prólogo del Nunca Más, también contó con la intervención de actores como la Iglesia Católica que con su nueva estrategia de “reconciliación nacional” buscó leer el pasado reciente a través del prisma de dicha fórmula (Bonnin, 2014, 2015); dicha lectura que no resultaba incompatible con la propuesta radical y se alejaba tanto de los nostálgicos defensores de los años dictatoriales como –más aún– de los organismos de derechos humanos.

En este nuevo escenario fueron los círculos de oficiales retirados y organizaciones de familiares víctimas de la subversión quienes retomaron y reconfiguraron las figuras de Genta y Sacheri para construir una memoria alternativa sobre el pasado reciente.

Con el propósito de refutar las versiones que por entonces divulgaban los organismos de derechos humanos y de contrarrestar los testimonios suscitados en los juicios a las Juntas Militares, sus voceros, se posicionaron durante el gobierno de Alfonsín como víctimas de un complot oficial que ocultaba “la verdad”, y se propusieron tanto recordar a las víctimas fatales provocadas por la guerrilla y como transmitir el dolor de sus familiares. Era ésta, entonces, la manera de contar la historia completa y de equiparar ambas violencias a partir de las huellas trágicas que dejaron en sus descendientes.

Nacía así una contramemoria (Portelli, 2003) que si bien retomaba tópicos ya puestos en circulación por la propia dictadura, cobraba ahora contornos definidos a medida que también se conformaba una memoria oficial sobre la violencia de los años setenta. Como analizó Federico Lorenz (2007), dicha memoria fue simbólicamente eficaz no sólo porque circuló bajo el formato de una vulgata sino porque se apoyó en claros, ausencias u omisiones de sus antagonistas políticos, sobre todo en episodios asociados al asesinato político y a las llamadas víctimas inocentes. Es decir, ponía en tensión los relatos de los miembros de las organizaciones político-militares en los cuales parecía que éstos morían pero no mataban.

En la década del ochenta, de sus autores y divulgadores posiblemente haya sido Familiares y Amigos de Muertos por la Subversión -más conocida por sus iniciales como FAMUS- el organismo más activo y el que logró mayor repercusión pública. Además de homenajear a oficiales y suboficiales asesinados por la guerrilla, tanto en sus concurridas misas, como en su revista Tributo, comenzó a recordar a ciertas figuras civiles, también asesinadas con el propósito de contar la verdadera historia y otorgar objetividad a su relato. Así, los casos de las hijas del capitán Humberto Viola –de tres y quince años– y del almirante Armando Lambruschini (que demostrarían la irracionalidad del terrorismo), el de José Ignacio Rucci (evidencia de que la guerrilla continuaba activa aún a dos días de ser elegido Perón presidente en elecciones libres), y el del mismo Sacheri (un docente universitario, católico y padre de familia numerosa) fueron incorporados como casos ejemplares y representativos de la violencia terrorista que azotó al país en los años setenta, enemiga de la familia y de la democracia.

En su narrativa FAMUS supo construir tres figuras: la del héroe, la del mártir –ambas destinadas principalmente a los hombres de armas muertos en enfrentamientos o asesinados–, y de la víctima inocente, para incorporar los casos de civiles como los recién mencionados (Gayol y Kessler, 2012). Eran los elementos que rodeaban la biografía de Sacheri los que parecían más efectivos al momento de construir esta última figura (y quizá esto justifique la decisión de dejar a un lado a Genta): profesor y filósofo católico, doctorado en el exterior, docente de la Universidad Católica Argentina y de la Universidad de Buenos Aires, contaba con poco más de cuarenta años al momento de ser asesinado tras asistir a misa frente a sus siete hijos menores de edad y a su esposa, quien de allí en más, debió hacerse cargo de todos ellos.12

No solo se despolitizaba su biografía, también se la inscribía en el espacio académico (espacio que, a diferencia de Genta, para el 10º aniversario también lo recordaría con un acto oficial en las instalaciones de la UCA)13 y finalmente se resaltaba su condición de padre de familia, sino que fue necesario comenzar a señalar a los autores del asesinato para consolidar dicha representación”. Así, luego de un allanamiento llevado a cabo a comienzos de la dictadura, en el que supuestamente se había encontrado un archivo de la organización armada ERP 22 de Agosto que probaba su participación, la misma pasó a ser considerada la autora oficial de ambos episodios.

Si durante los años ochenta a grupos como FAMUS, el señalamiento de los autores materiales le permitió consolidar la imagen de la víctima inocente asesinada por el terrorismo –término que en diferentes épocas optó por utilizar este tipo de agrupaciones–, a Cabildo, en cambio, le permitió reforzar aún más la figura del mártir cristiano ultimado por el comunismo ateo (representación difícil de consolidar si, por ejemplo, los autores hubiesen sido de la organización paraestatal Triple A)14.

Si se observan sus artículos en ocasión del 10º aniversario de la muerte de ambos personajes, los reiterados señalamientos de las referencias reiteradas a la guerrilla marxista –que ahora, además, formaría parte del gobierno alfonsinista– otorgaban aún más sentido a sus martirologios15. A ambas figuras, sin embargo, se las incorporó junto a otras víctimas de la subversión de cuyos asesinatos también se cumplían diez años: el teniente coronel Jorge R. Ibarzábal, el capitán Humberto Viola y su hija María Cristina. Aquí la operación era opuesta a la de FAMUS, ya que para los redactores de la revista ellos no murieron inocentemente, sino que “lucharon para impedir que nuestra Patria fuera despojada de su cultura nacional e hispano-católica y para oponerse al advenimiento de un sistema social marxista”.

Al ubicarse como la detentadora] de una memoria subterránea y perseguida, Cabildo sentía el deber de recordarlos ya que “no figuran ciertamente en ningún informe Sábato ni en los legajos de denuncias e investigaciones de tantas entidades que dicen ocuparse de los ‘derechos humanos’”16. Así, habría un relato oficial que consolidaban los organismos de derechos humanos y el mismo Estado a través de los juicios y del informe de la CONADEP –presidida por Ernesto Sábato– (iniciativas que el diario La Nación, por ejemplo, recibió con agrado) (Sidicaro, 1993), en el cual se ocultaba lo sucedido, en especial, los asesinatos de la guerrilla y sus perpetradores. El recuerdo de dichos asesinatos no apuntaba a confrontarlos con los cometidos por las Fuerzas Armadas, es decir, la revista no aceptaba la teoría de los dos demonios como relato explicativo de la violencia de los años setenta, sino que pretendía demostrar la magnitud que había adquirido la guerrilla, el escenario bélico que se había configurado, y la necesidad imperiosa que tuvieron los militares de intervenir con el propósito de rescatar al país del peligro marxista. Para sus redactores –y aquí sí coincidía con la lectura de grupos como FAMUS o del Círculo Militar– eran los sectores derrotados bélicamente en los setenta los que ahora, durante el gobierno de Alfonsín, buscaban su revancha e imponerse judicial y culturalmente sobre las Fuerzas Armadas. Por lo tanto, se trataba de recordar el verdadero pasado: “La subversión que asesinó a Genta hoy es gobierno. Y merced a una inmensa falsificación pretende borrar toda memoria de aquel buen combate en el que Genta dio la vida”17.

A comienzos de la década de 1990, fueron los indultos firmados por el presidente Carlos Menem los que clausuraron una etapa e iniciaron otro momento en las memorias sobre las víctimas de la subversión. La política de reconciliación diagramada entonces por la Iglesia, y que ahora pretendía imponerse desde el Estado, fue aceptada por organismos como FAMUS y por las Fuerzas Armadas, que bajo la conducción del general Martín Balza, y tras sofocar los últimos levantamientos de los militares carapintadas –sectores que por otra parte seguirán reivindicando públicamente la represión militar– buscaban incorporarse a la vida institucional del país y a este nuevo presente de unidad nacional. Así, la apuesta por dejar atrás un pasado conflictivo, de mirar hacia delante y de reconciliar a los dos bandos enfrentados pretendió escenificarse con la construcción de un parque verde en el predio de la ESMA, previa demolición del que había sido uno de los principales centros clandestinos de detención y tortura; sin embargo, la oposición de los organismos de derechos humanos y una medida judicial impidieron la ejecución del proyecto (Lorenz, 2010).

Si eran precisamente dichos organismos los que gritaban en la vía pública sus desacuerdos con la política del gobierno, y los que pretendían seguir recordando los crímenes perpetrados durante la dictadura, eran por otro lado los miembros de Cabildo y los círculos cercanos a su staff quienes solitariamente, en pequeños actos y en ceremonias religiosas, continuaban reivindicando aquel pasado que se pretendía olvidar. También mantenían vigente la memoria de sus mártires, en especial, la de Jordán Bruno Genta.

Así, en pleno apogeo del gobierno menemista, las Jornadas de Homenaje a Jordán Bruno Genta a 20 años de su Martirio organizadas por la Comisión de Homenaje creada para tal efecto prepararo en tres días sucesivos una misa –celebrada por el sacerdote tradicionalista Manuel Quintás–, también una serie de paneles laudatorios donde se repasó su obra –entre los que disertaron los hermanos Caponnetto, su antiguo camarada comodoro (R) Agustín de la Vega y el ex carapintada Santiago Alonso–, y un responso con la colocación de una ofrenda floral y una placa conmemorativa en el Panteón Militar del cementerio de la Chacarita18.

A mediados de la década, las declaraciones del capitán Adolfo Scilingo y del ex suboficial del ejército Víctor Ibáñez, quienes relataron públicamente pormenores sobre los vuelos de la muerte, como el posterior mensaje del general Balza, que reconoció la tortura y la desaparición de personas perpetradas por oficiales de la fuerza, repolitizaron nuevamente los escenarios de la memoria. Estos episodios marcaron el punto de partida que obligó a los difusores de una memoria antisubversiva a reordenar sus estrategias y a salir nuevamente a la luz pública con mayor regularidad.

La sensibilidad que despertaron las declaraciones a sectores de la sociedad alejados de estos debates llevó a que la lectura del pasado reciente en clave de guerra victoriosa contra el terrorismo marxista se volviera difícil de sostener, salvo para sectores marginales como Cabildo. La publicación del general (R) Ramón Díaz Bessone de los tres tomos de In Memoriam marcó un primer indicio del cambio de estrategia.

Si bien es cierto que no se abandonaban las explicaciones acerca del origen del terrorismo en Argentina como parte de un proceso mundial, ni se dejó de entender los años setenta como una guerra, la obra –que pretendió posicionarse como una respuesta al Nunca Más– realizaba dos nuevas operaciones: los hombres de las fuerzas armadas ya no eran presentados como los salvadores de la patria frente a la amenaza marxista –imagen acorde a la representación del héroe y mártir que circuló FAMUS en los ochenta– sino que comenzó a construir una imagen pasiva y victimizada del ejército, es decir, colocó la simiente para la instalación de la figura de la víctima militar (estación previa, a su vez, de la figura de víctima traumatizada que se consolidará años más tarde). Para ello, la segunda operación se propuso destacar –como afirmó Valentina Salvi (2012)– no tanto su condición de soldados preparados para el combate y para morir con valor, sino su condición de esposos y de padres de familia.

Para demostrar la irracionalidad del accionar de lo que llamaban terrorismo subversivo, las víctimas civiles eran agrupadas en el último tomo, exclusivamente dedicado a ellas. Aquí Genta y Sacheri eran incorporados en el listado general en tanto profesor y profesor universitario respectivamente, aunque fue el segundo el que mereció un apartado específico destinado a narrar el episodio de su asesinato (Díaz Bessone, 2000). Indudablemente la consideración de ambos como víctimas pasivas marcaba una distancia considerable con la memoria de sus discípulos, quienes persistían –aun después de los episodios mencionados y de que la sociedad estuviera cada vez más inclinada a condenar la violencia desplegada por las fuerzas armadas– en considerarlos mártires cristianos de una guerra desatada por el marxismo (Caponnetto, 1998, 2004).

Sin embargo, fue durante el mandato del general Ricardo Brinzoni (1999-2003) como jefe del Ejército, cuando se fijó la fórmula de la memoria completa para revertir la política institucional establecida por Balza, la cual había sido rechazada con intransigencia por los oficiales retirados y aceptada con desgano por muchos de quienes aún se hallaban en actividad. Así, con ciertos puntos similares al libro de Díaz Bessone, el discurso de Brinzoni buscó presentar al Ejército como una víctima más de la violencia de los setenta. Para ello –como afirma Portelli (2003)– fue necesario borrar algunos recuerdos y fundar nuevos. La nueva fórmula reemplazó entonces el relato triunfalista y glorificador del golpe de Estado y el reconocimiento de los delitos cometidos por los hombres de armas, “por un relato dramático del sufrimiento y dolor de los oficiales y sus familias en cuanto víctimas de una ‘guerra fraticida’” (Salvi, 2012:58).

Si ya no había margen social para continuar negando los crímenes cometidos por las fuerzas armadas, se trataba entonces de dar a conocer los sufrimientos de la familia militar ocasionados por la guerrilla. Fue así que para los propósitos de la memoria completa las figuras del mayor Argentino del Valle Larrabure y del teniente coronel Jorge Ibarzábal, quienes aparecieron sin vida tras permanecer varios meses secuestrados por el Ejército Revolucionario del Pueblo, proporcionaron potentes historias ejemplificadoras (a pesar de que dicha organización negó ser la autora de los asesinatos).

La fórmula que propuso inicialmente Brinzoni, si bien apuntaba a un auditorio militar, fijó ciertas coordenadas que fueron retomadas por nuevas agrupaciones de la sociedad civil, las cuales ante las políticas de la memoria trazadas durante los años kirchneristas comenzaron a desplegar un importante activismo. Fue así que a partir de 2003 –con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia– se produjo un nuevo giro en los discursos y en las estrategias de los grupos defensores de la lucha antisubversiva. La anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, seguida de la reactivación de los juicios contra militares acusados por violaciones a los derechos humanos, afectaron las fibras más sensibles de los defensores de la represión militar, algunos de los cuales tras la etapa menemista, habían abandonado o menguado sus actividades imaginando que las discusiones en torno a dicho pasado habían sido clausuradas.

Si durante los años noventa primó la idea de olvido y de perdón para dar vuelta la página de los años setenta, la reapertura de los juicios, la multiplicación de las conmemoraciones estatales y de los sitios de la memoria –entre ellas el retiro de la Armada de la ESMA y la construcción allí de un Museo de la Memoria–, sumado a un relato histórico en el que se reivindicaba fuertemente la militancia setentista, llevó a los promotores de una memoria antisubversiva a enfrentarse a lo que consideraban la revancha de un gobierno al que calificaban de montonero (aunque la presencia de funcionarios que habían participado de dicha organización no parecía variar demasiado respecto del gobierno de Menem).

La disputa contra la nueva memoria estatal contó así con nuevas estrategias. La primera de ellas se circunscribió al plano judicial. A partir de la consigna de la justicia completa, se comenzó a exigir que los asesinatos de la guerrilla también fueran tipificados como delitos de lesa humanidad, es decir, que sean declarados imprescriptibles. Tras este objetivo, y con un nuevo giro efectuado sobre la ya mencionada figura de la víctima militar, cobró centralidad la víctima traumatizada y el uso del pasado para demostrar que se cumplían las condiciones para ello; fue así que los terroristas y sus organizaciones pasaron ahora a tener nombres e historias, claro que con un objetivo inculpatorio19.

Una segunda estrategia buscó instalar esta memoria alternativa en la agenda y en el espacio público a través de actos y movilizaciones que pretendían otorgarle mayor visibilidad y un consenso social más amplio; esto marca una diferencia central respecto a organizaciones como FAMUS cuya principal actividad se circunscribió al espacio interno de los templos.

Por último, estas nuevas agrupaciones pretendieron disputar espacios, celebraciones y lenguajes que hacían a la identidad de los organismos de derechos humanos: desde apropiarse de la Pirámide de Mayo alrededor de la cual las Madres de Plaza de Mayo realizaban sus tradicionales rondas, hasta proponer conmemorar todos los el 5 de octubre el Día Nacional de las Víctimas del Terrorismo con una convocatoria en la plaza General San Martín, en la ciudad de Buenos Aires (espacio público en donde conviven la estatua ecuestre de uno de los padres fundadores de la patria con el Monumento a los caídos en Malvinas). Así, no sólo se pretendía responder al feriado nacional del 24 de marzo declarado un año antes Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, sino que se buscaba recordar a los catorce militares muertos en 1975 –doce de ellos conscriptos, por lo que se hallaban a mitad de camino entre el héroe militar y la víctima inocente– cuando Montoneros intentó ocupar el Regimiento de Infantería de Monte 29 en la provincia de Formosa. De esta manera, delitos de lesa humanidad, olvido, nunca más, derechos humanos, y hasta la consigna de memoria, verdad y justicia comenzaron a integrar el diccionario de estas nuevas agrupaciones.

¿Quiénes eran en el nuevo siglo los encargados de elaborar el discurso de la memoria completa? Si bien la Asociación de Familiares y Amigos de Presos Políticos en Argentina (AFyAPPA), dirigida por Cecilia Pando, esposa de un mayor del Ejército, cobró mayor notoriedad mediática –entre otras irrupciones públicas fue quien eligió el primer martes de cada mes para recordar las víctimas del terrorismo en la mencionada Pirámide de Mayo– fueron una multiplicidad de organizaciones civiles acompañadas de militares retirados quienes durante el gobierno de Néstor Kirchner iniciaron la divulgación de lo que consideraban la historia completa sobre los años setenta20.

Como sostiene Elizabeth Jelin (2002), dichas organizaciones buscaban instalar una narrativa sobre el pasado reciente que fuera aceptable para la sociedad civil. Para ello, los casos de civiles asesinados por la guerrilla –más allá de la verosimilitud de la acusación– y su evocación como esposos y padres, y como argentinos, tuvo una importancia crucial para alcanzar mayores grados de legitimidad y aceptación social (Salvi, 2012).

Además de una importante producción editorial que proponía otro relato histórico opuesto al mito de los ‘70 que divulgaba el gobierno –en el que nuevamente se volvía a cuestionar la cifra oficial de los desaparecidos, aunque ya no a éstos, como sí sucedía en la vulgata original elaborada por la propia dictadura–, distintos medios de comunicación, tanto gráficos como La Nueva Provincia y La Nación, como canales de televisión –la señal de noticias C5N llegó a emitir en octubre de 2008 dos programas especiales titulados Terroristas”, que recuperaban los testimonios de los familiares de víctimas de la guerrilla– que comenzaron a replicar las actividades y el mensaje de quienes en la nueva etapa impulsaron una memoria alternativa, muchas veces encontrando allí en ella una variable de oposición al gobierno.

En una de estas nuevas organizaciones comenzaron a participar los hijos de nuestros dos personajes, la Asociación Víctimas del Terrorismo de Argentina (AVTA),integrada por el hijo mayor de Sacheri, José María, y por María Lilia Genta –acompañados, entre otros, por Silvia y María José Ibarzábal, y por María Susana y Arturo Larrabure, hijos de los militares cuyas historias actuaron de casos testigo del accionar guerrillero21– la cual se sumó a esta red de organizaciones preocupadas por combatir las políticas de la memoria y el relato histórico propuesto por el kirchnerismo.

En esta nueva etapa la presencia de familiares, especialmente hijos de víctimas de la guerrilla, se transformó en una constante. Sus historias parecían mostrar mayor legitimidad al relatar en primera persona el dolor sufrido por la pérdida de sus padres. Se producía así la irrupción de la memoria de los testigos, en cuanto descendientes de víctimas de la guerrilla, que pretendían darle veracidad al relato repropuesto sobre los años setenta en tanto sus recuerdos pasaban a convertirse en lo que realmente sucedió. La operación consistía en sacralizar la memoria de las víctimas –y dejar a un lado la de los héroes militares idealizados en los años ochenta–, un fenómeno memorial similar al sucedido en Europa con los sobrevivientes de los campos de concentración (Traverso, 2011).

Así, sus testimonios pasaron a ser requeridos por los medios de comunicación como una forma de refutar las mentiras oficiales; el testimonio de los otros hijos también fue una forma de oponerse y relativizar las historias de los hijos de los desaparecidos durante la dictadura militar, quienes habían cobrado notoriedad en el espacio público durante la década precedente, y que ahora con el gobierno de Néstor Kirchner, y luego de Cristina Fernández de Kirchner, alcanzaban un reconocimiento oficial y un importante protagonismo.

Fue en este contexto, en el que al cumplirse el 30º aniversario del asesinato de Sacheri, La Nación, luego de varias décadas, incorporó nuevamente el episodio. Incluida en la sección recordatorio, el testimonio de su hijo mayor –quien comenzó a aparecer en diversos medios de comunicación y actos públicos– guiaba la escritura del artículo. Allí aportaba los elementos para delinear la imagen de la víctima traumatizada, protagonista en la nueva etapa: “Veo a mi padre con la cabeza inclinada, sangrando, y todos en derredor bañados en sangre”. Los detalles dramáticos de los distintos casos –una especie de revival del show del horror de comienzos de los años ochenta– apuntaban a sensibilizar al público que se mantenía ajeno a la temática de los derechos humanos y que estaba en contra “de cualquier violencia, venga de donde venga”, pero que, en definitiva, proponía una nueva narrativa legitimante de la violencia dictatorial.

El señalamiento de los autores nuevamente volvió a cobrar centralidad, en este y en los demás casos, en tanto la estrategia de los difusores de la memoria completa era demostrar que los militantes de los setenta eran asesinos y no jóvenes idealistas. Así, el artículo afirmaba, erróneamente, que el ERP 22 de Agosto se había atribuido el asesinato, y replicó luego la información que puso en circulación la dictadura: “[…] y en septiembre de 1977 en un inmueble de esa organización terrorista se encontró un archivo donde se daba cuenta del crimen”22.

El giro antikirchnerista de los recordatorios tampoco dejó de estar presente entre los editores de Cabildo, quienes continuaron recordando la figura de Genta antes que la del autor de La Iglesia clandestina (aunque éste algún artículo recordatorio siempre merecía).23 Para el 30a Aniversario del martirio de Jordán Bruno Genta, además de reeditar su yerno algunas de sus obras24, y el hermano de éste escribir una semblanza en su homenaje (A. Caponnetto, 2004), se llevaron a cabo una serie de actividades entre las que se contaron un plenario académico sobre su pensamiento filosófico; un responso a la vera de su tumba ofrecido “en homenaje a quien cayó peleando por Dios y por la Argentina”, oficiado por monseñor Antonio Baseotto (obispo castrense que a comienzos de 2005 dirigió una carta al ministro de Salud Pública en la que apelaba a una polémica parábola bíblica para manifestar su disconformidad con la postura del ministro a favor de la despenalización del aborto); y el mismo día del aniversario, el 27 de octubre, se celebró una misa en la parroquia Nuestra Señora Carmen, conducida por el padre por el Padre Alfredo Sáenz, un antiguo colaborador de Tortolo en el seminario de Paraná25.

Luego de la ceremonia, en un auditorio cercano, Antonio Caponnetto pronunció el discurso principal. Con la convicción de que “los responsables del crimen –según ellos, la guerrilla marxista– hoy son gobierno”, la actividad también fue convocada por la Agrupación Custodia, un pequeño grupo nacionalista católico que se ubicaba en la órbita de la revista y que por entonces había protagonizado algunas escaramuzas callejeras26. Una frase de Charles Maurras, el ahora director de Cabildo afirmaba que “La democracia no está enferma. La democracia es la enfermedad”; esta sentencia mereció la atención del diario Página 1227, alineado con las políticas gubernamentales, y una posterior intervención de Caponnetto confirmando sus dichos28. Teniendo en cuenta que no era la primera vez que ambas publicaciones desplegaban mutuas querellas parecían elegir a su enemigo como una forma de reafirmación identitaria. De allí en más, los homenajes efectuados por la revista optaron por adoptar un cariz antikirchnerista.

La conmemoración de los 40 años del asesinato de ambos personajes quizás sea un buen punto de cierre para este artículo. El escenario electoral en curso y la posibilidad de un cambio de signo político que para algunos podía implicar la reversión de los juicios contra civiles y militares por su actuación en el entramado represivo generó el clima apropiado para colocar nuevamente en circulación la fórmula de la reconciliación propuesta desde la Iglesia en la transición democrática y ensayada en la década de 1990.

Descalificando el escenario judicial, diversos actores comenzaron a proponer un “diálogo entre víctimas”, para pasar “de la lógica del enfrentamiento a la cultura del diálogo”, según el título de la mesa en la que se encontraron Arturo Larrabure y Norma Morandini (dos hermanos de ella integran la lista de “desaparecidos”) en unas jornadas organizadas por monseñor Jorge Casaretto en la UCA, que junto a otras universidades privadas como Di Tella y San Andrés promovieron este tipo de encuentros y debates a mediados de 201529.

En este contexto, La Nación, celebró y se sumó activamente a dicho reclamo30, meses antes había decidido destinar un extenso editorial a Sacheri, donde el título daba cuenta del nuevo giro conmemorativo en torno a su figura: “Carlos Sacheri, constructor del bien común”31. En un escenario político polarizado, la biografía de Sacheri era recuperada en tanto trabajó “a favor del entendimiento pacífico entre los argentinos”, lo cual, en la actual coyuntura, “debería servirnos de ejemplo” (ciertamente era su biografía y no la de Genta la que permitía una mayor efectividad de la operación).

Así, en sus conferencias entre dirigentes universitarios, políticos y sindicales, Sacheri se habría encargado de difundir las propuestas de un orden social cristiano, el cual “condenaba contundentemente la violencia a la que muchos líderes de la época se asociaban”; y “frente a la confusión reinante en algunos grupos de formación y militancia cristiana” proponía “reemplazar por soluciones pacíficas cualquier planteo violento”. Entonces, era justo y oportuno “recuperar la memoria de Carlos Alberto Sacheri, como la de tantas otras víctimas que perdieron violentamente la vida por pensar diferente”.

La desafiliación de Sacheri de cualquier genealogía católica tradicionalista, y de cualquier escenario político atravesado por la violencia se completaba con la reescritura de su biografía. El editorial recordaba que “estudió derecho, filosofía y teología”, años más tarde “se formó con Charles de Koninck en Canadá, donde se doctoró con honores”, vuelto a la Argentina en 1968 “dedicó su vida a la docencia en instituciones, privadas y públicas, incluyendo el Conicet”, y se desempeñó como docente “en el Seminario de San Isidro, la UCA y la Facultad de Derecho de la UBA, donde era director del Instituto de Filosofía del Derecho cuando lo asesinaron”; además “dictó cursos en Canadá y en Francia”. Ciertamente se buscaba mostrar un itinerario ligado al mundo académico y al entramado católico oficial. A diferencia de la rememoración de militares muertos por la subversión, su figura ofrecía una puerta de entrada más efectiva al mensaje de reconciliación nuevamente propuesto, entre otros, por el diario La Nación.

Sin embargo, había un segundo plano discursivo que se compaginaba en el mismo editorial. Si por un lado se predicaba un mensaje de unidad y pacificación, por el otro, se confrontaba y se señalaba al culpable de impedirlo. Aunque reconocía que las investigaciones judiciales no habían avanzado demasiado, comenzaba por atribuir el episodio al ERP-22 quien, según el diario, días después del asesinato se atribuyó la autoría a través de “un oscuro y cínico comunicado” (es decir que en cuarenta años se había pasado de un comunicado firmado por el “Ejército de Liberación-22”, a un allanamiento en el año 1977 en el que supuestamente se encontraron las evidencias que inculpaban al ERP-22, hasta, finalmente, aceptar como válido que esta última había reconocido el atentado a través de aquel comunicado original que no había firmado). Similar situación se daba en el caso de Genta, en el que la misma organización “se atribuyó el asesinato”.32 Así, esta versión terminó siendo aceptada por sus discípulos, por los difusores de la memoria completa, y hasta por sus detractores.33

Párrafos después, el editorial afirmaba que a pesar de que el crimen “no tuvo ni tiene justificación alguna […] sí tiene sentido recordar qué ideologías sustentaban estas atrocidades para entender mejor la dramática década del 70”, década que para el autor del artículo es “tan parcial y tendenciosamente recordada en estos últimos años”. Esta segunda voz que aparecía intercalada ponía en evidencia, entonces, a otro Sacheri, el

lúcido desenmascarador de las estrategias de dialéctica marxista -aquí La Nación volvía a releer su biografía en una clave similar a la de los años setenta- que, en esos años, la Unión Soviética y su satélite, la Cuba castrista, promovían en América latina con el propósito de captar jóvenes idealistas para integrarlos a la guerrilla, con pretensiones de crear ejércitos irregulares cuyo fin era una declamada liberación continental, que facilitara la imposición de regímenes dictatoriales de izquierda.

Ciertamente se abandonaba la narrativa de la unidad nacional y se compaginaba otra propia de la guerra fría. El lenguaje rememoraba las obras militares que buscaron explicar el origen de la guerrilla en el país (Villegas, 1963; Díaz Bessone, 1986; entre otros); esta explicación fue retomada tanto por la red de agrupaciones de la memoria completa como por ciertos ensayos que comenzaron a circular en aquellos años (Márquez, 2004, 2006; Yofre, 2007; entre otros).

Al igual que una de las modulaciones del editorial de La Nación, fue el boletín del Arzobispado de Buenos Aires quien también pareció recuperar a un Sacheri en pos de la reconciliación nacional34. En sus páginas daba cuenta así de una serie de homenajes que se hicieron para la ocasión, desde una misa celebrada por monseñor Casaretto en San Isidro –en cuyo seminario Sacheri se desempeñó como docente–, en la que planteó que del “derramamiento de sangre tan común en la década del '70” y de “toda esa violencia inútil” había que “sacar muchas enseñanzas, pero la fundamental para los cristianos es trabajar por la reconciliación”; hasta otra misa celebrada en el colegio San Pablo, que estuvo a cargo de monseñor Héctor Aguer –uno de los escasos representantes tradicionalistas que sobrevivió en el episcopado en tiempos de Jorge Bergoglio–, y donde Adalberto Zelmar Barbosa, un ex integrante de Ciudad Católica, también hizo uso de la palabra (celebración que no corrió por los andariveles de la protagonizada por Casaretto, aunque tampoco estuvo en la intransigente sintonía de Cabildo). La biografía de Sacheri parecía permitir así las heterogéneas reapropiaciones de su figura y de su obra; aun mantener vigente la lectura elaborada cuarenta años atrás desde coordenadas tradicionalistas, que lo continuaban inscribiendo –y también a Genta– como “Mártir de Cristo y de la Patria”35.

A este giro conmemorativo que releía a Sacheri como símbolo de la unidad nacional también parecía sumarse su hijo José María. Se incorporaba a las aristas más confrontativas del discurso de la memoria completa, un mensaje de reconciliación, que ahora parecía buscar –según daba cuenta el boletín del Arzobispado– “desentrañar la verdad y procurar el acercamiento y la reconciliación entre quienes estuvieron en sectores enfrentados”. Para ello impulsó al el grupo Dar la cara, “que reúne en paneles a militares y guerrilleros”. Se retomaba así la agenda propuesta por la Iglesia a finales de la dictadura que permitía despolitizar los combates por la memoria y ubicarse por encima de las identidades políticas a partir de sentimientos comunes: “El dolor nos ayuda a entender al otro y ese dolor también nos puede hermanar”36.

A modo de conclusión

Tras la llegada de la democracia en 1983, los diversos actores que en los años setenta avalaron la lucha contra la subversión construyeron una memoria que se reconfiguró según variaban los contextos políticos y judiciales. El juicio a las Juntas Militares y la elaboración del Nunca Más –acompañado de un prólogo que proponía una narrativa explicativa sobre la violencia política de fuerte alcance–, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, los indultos menemistas, los relatos efectuados por militares que reconocían crímenes perpetrados por las fuerzas armadas, la formula de la memoria completa propuesta por Brinzoni y las políticas de la memoria del kirchnerismo, entre otros acontecimientos fueron momentos de reconfiguración de lo que aquí denominamos memoria antisubversiva. Ciertamente allí convivían memorias heterogéneas de actores que no siempre desplegaron similares estrategias; por eso quizás sea más conveniente, entonces, referirse a las memorias antisubversivas.

Al hacer un balance del período observamos que ambos personajes aquí analizados fueron recuperados –por militares retirados, por medios periodísticos como La Nación, y por voces provenientes de la Iglesia– como intelectuales y docentes, y como católicos practicantes que murieron indefensos yendo (Genta) o volviendo (Sacheri) de misa. En el caso de este último, la presencia de sus siete hijos, amigos de éstos y de su esposa al momento de su asesinato fueron elementos centrales para construir una representación sacrificial del mismo. Los grupos que comenzaron a clamar por una memoria completa –sea en la primera versión de los años ochenta, como especialmente durante los años kirchneristas ya con la participación de uno de sus hijos– enfatizaron además su condición de padre de familia, esposo y argentino. Es decir, que aquí se impuso la figura de la víctima inocente.

Fueron sus seguidores, en cambio, quienes desde coordenadas tradicionalistas repolitizaron sus biografías a partir de construir sus asesinatos como martirologios e incorporarlos como héroes cristianos que ofrecieron sus vidas por una causa trascendente, la contrarrevolución. Con la utilización de representaciones que también podían encontrarse en la galaxia de la izquierda armada de la época, la lectura inicial de sus asesinatos como muertes heroicas (por causas justas), redentoras, y también sacrificiales, supo mantenerse en las décadas posteriores incorporando, claro está, elementos propios de los escenarios de cada época. Como afirma Vera Carnovale (2011,195) para el caso del PRT-ERP, “La muerte se convertía en fuente de legitimación […] Así, la muerte venía a otorgar el sentido de verdad a una revolución en marcha que, para triunfar, exige el sacrificio de sus ‘mejores hijos’”. A pesar de mostrar trayectorias y ámbitos de sociabilidad compartidos –que podían ubicarse como parte de una misma familia católica– fueron sus asesinatos los que hicieron a Genta y a Sacheri merecedores de homenajes de los que otros personajes carecieron, como Goyeneche, Curuchet o el mismo Meinvielle, cuya muerte se produjo poco antes en un accidente de tránsito.

Ahora, los derroteros post mortem de ambas figuras fueron también el hilo que nos permitió rastrear e historizar estas memorias antisubversivas tras el retorno de la democracia. A partir de ciertos registros que la dictadura ya había puesto en circulación con el propósito de refutar las denuncias de los exiliados y de los organismos de derechos humanos –conformando así una primera matriz negacionista–, durante la década del ochenta organismos como FAMUS o el Círculo Militar propusieron un relato y una memoria alternativa sobre la dictadura y la violencia de los años setenta. Algunos de los episodios políticos y judiciales recién mencionados, y las memorias institucionales de las propias Fuerzas Armadas fueron trazando una contramemoria modulada por diversas voces en ceremonias religiosas, en actos y, más tarde, en movilizaciones en el espacio público.

Si bien es cierto que durante las presidencias de Alfonsín, y de Néstor y Cristina Kirchner –momentos en los cuales se buscó juzgar a los militares del Proceso– la contramemoria se ubicó en el lugar de perseguida, también pasó de presentarse bajo el formato de memoria escondida(etapa alfonsinista) al de memoria alternativa (etapa kirchneristas)37. Fue entonces durante estas últimas presidencias que sus difusores buscaron ganar la calle y cuestionar abiertamente una política de la memoria desplegada con fuerza desde el Estado. Se propusieron horadarla en momentos en los que había conseguido un alto reconocimiento institucional –incorporándose en los programas educativos de los distintos niveles de enseñanza– y en los que se consolidaba como memoria dominante.

Más allá de que en el marco de las disputas políticas suscitadas luego del año 2003 la memoria consiguió nuevas audiencias y compañeros de ruta entre el público opositor al gobierno, ¿resultó exitosa su empresa? ¿Ocurrió algo similar que en el caso de la memoria de la derecha italiana posfascista analizada por Alessandro Portelli, en el sentido de que “gran parte de su discurso se transformó en sentido común, un discurso subterráneo y penetrante profundamente arraigado en el inconsciente del país”? ¿Logró disputarle al Estado las visiones del pasado y la memoria sobre la violencia de los años setenta; o, por lo contrario, actuó de espejo negativo y contribuyó a consolidar la apuesta oficial?

Para el caso argentino consideramos pertinente las reflexiones del historiador italiano (Portelli, 2003), quien afirma –pensando en su contexto nacional– que “difícilmente esta cultura haya creado una historiografía digna de dicho nombre; más bien circuló en miles de panfletos, artículos periodísticos y memorias que, aunque ignorados en el ámbito académico, dejaron una marca indeleble en la opinión pública”

Ciertamente, la memoria completa reclamada por una multiplicidad de organizaciones de la sociedad civil en estos últimos años, divulgó un relato alternativo sobre el pasado argentino de los años setenta. El cuestionamiento a la cifra total de desaparecidos, el reclamo por los derechos humanos de sus familiares asesinados o detenidos, la exigencia de que las acciones de la guerrilla fueran declaradas delitos de lesa humanidad, el reclamo por un resarcimiento del Estado fueron argumentos que lograron apoyarse en vacíos de la narrativa propuesta en los últimos años o en fragmentos verdaderamente opacos del pasado; quizás de allí provenga parte de su efectividad para recalar en determinados segmentos de la sociedad.

Breve excurso: acerca del oficio del historiador

“El presente puede transformar la imagen de lo que fue el pasado, pero no tiene la posibilidad de transformar al propio pasado en su realidad”.

P. Vidal-Naquet,
“Los asesinos de la memoria” (1987)

 

¿Qué hacer como historiadores frente a los fragmentos del pasado delineados por la violencia política, recortados y descontextualizados para ser utilizados en los combates memoriales recién analizados? Las respuestas podrían ser diversas según cómo se decida ejercer el oficio del historiador, y según, también, según los cambiantes climas historiográficos. Retomemos para ello algunos clásicos del oficio que nos ayudarán a pensar el problema.

El primer historicismo alemán, de la mano de su máximo exponente, Leopold von Ranke, proponía contar los acontecimientos “tal cual sucedieron”, una fórmula que apuntaba a un principio de objetividad científica que otros historiadores y cientistas sociales no tardaron en cuestionar. En un trabajo imprescindible para nuestra profesión, Marc Bloch (2001) afirmó que la tarea del historiador, a diferencia de la de los jueces, debía remitirse a explicar y no a juzgar. Si bien es cierto que estos últimos juzgan individuos en base a la recolección de evidencias, el historiador, también a partir de los datos acumulados –sometidos, claro, al rigor hermenéutico y metodológico del oficio– está habilitado a juzgar épocas históricas.

Quien más indagó estas cuestiones fue sin duda Carlo Ginzburg. En El juez y el historiador, reconoce que si bien tanto jueces como historiadores deben buscar la verdad en base a pruebas recolectadas, los resultados de los segundos no son definitivos ni tienen un carácter normativo. Así, la verdad del historiador es distinta a la del juez. Enzo Traverso, en su lectura de dicho trabajo, complementa esto:

Los mismos hechos engendran verdades diferentes. Allí donde la justicia cumple su misión designando y condenando al culpable de un crimen, la historia comienza su trabajo de investigación y de interpretación, tratando de explicar cómo es que se ha convertido en un criminal, su relación con la víctima, el contexto en el que actúa, como también la actitud de los testigos que presenciaron el crimen, que reaccionaron, que no pudieron impedirlo, que lo toleraron o aprobaron. (Traverso, 2011, 74)

En una esclarecedora conferencia titulada Pensar históricamente, cuyo objetivo era la crítica histórica de los modos de pensar no históricos, el medievalista francés Pierre Vilar (1995) analizó el proceso Barbie, en el cual se juzgó en su país a Klaus Barbie, responsable en Lyon durante la segunda guerra mundial de la policía militar y política nazi. Allí distinguía la función del historiador respecto de la justicia y también concluía que la historia no era la encargada de juzgar a individuos; el conocimiento histórico debía ser para él de otra naturaleza: consistía en captar y esforzarse en hacer captar los fenómenos sociales en la dinámica de sus secuencias. Así, para Vilar el proceso Barbie no aclaraba la historia –como insistían los medios de comunicación franceses–, sino que era la historia la encargada de aclarar el proceso Barbie.

Con el legado de estos clásicos, el historiador no debería recorrer los años analizados buscando a los culpables de ciertos crímenes, fueran quienes fuesen sus autores –como pretendieron hacer los difusores de la memoria completa, utilizando para ello a la historia–, sino otorgarle sentido a aquel pasado: reinstalar los acontecimientos en sus contextos, recrear los climas de época y sus ideas, dar cuenta del comportamiento individual y colectivo de los actores de la etapa, explicar las condiciones de posibilidad en los cuales se desplegó la violencia de la sociedad civil y la del Estado –antes y después del 24 de marzo de 1976–, rastrear las genealogías de tales violencias, la conformación de sus discursos legitimadores y los consensos alcanzados, además de historizar y señalar las operaciones memoriales y los usos públicos del pasado de quienes fueron protagonistas.

No se trata, entonces, de perseguir a perpetradores de crímenes. Menos de actuar como abogado defensor ni acusador serial de personas, organizaciones e instituciones. Tampoco de posicionarse en un lugar de ecuanimidad y objetividad obsoleto en las ciencias sociales. En cambio, el historiador debería tener la capacidad de detectar los hilos argumentales de quienes buscan utilizar la historia como estrategia judicial en la búsqueda de impunidad. También el compromiso social de intervenir desde su oficio en el debate público para evitar que desaparezca un pasado que muchas veces se pretende negar u olvidar. Pierre Vidal-Naquet (1994) quizás pueda ofrecernos un ejemplo de ello.

En un área ajena a su agenda de investigación, el historiador francés del mundo antiguo consideró necesario refutar en una serie de artículos a aquellos revisionistas negadores del genocidio nazi y de las cámaras de gas utilizadas en los campos de exterminio. Así, cualquier error u omisión en documentos y testimonios les bastaba a aquellos para desconocer la existencia de un proceso histórico que, justamente, se preocupó por borrar cualquier tipo de evidencia, eliminando incluso la posibilidad de que quedaran sobrevivientes que contaran la historia. Con las propias herramientas del oficio, pacientemente demostró –aplicando un ajustado ejercicio hermenéutico– el uso parcial y arbitrario de las fuentes que hacían los principales exponentes de esta corriente, quienes desechaban o negaban la validez de cualquier evidencia que debilitara o directamente refutara sus argumentos. Es allí, frente a estas situaciones, cuando el historiador puede hacer uso de sus saberes. Como ajustadamente sostuvo Joseph Yerushalmi:

la dignidad esencial de la vocación histórica subsiste, e incluso me parece que su imperativo tiene en la actualidad más urgencia que nunca. En el mundo que hoy habitamos, ya no se trata de una cuestión de decadencia de la memoria colectiva y de declinación de la conciencia del pasado, sino de la violación brutal de lo que la memoria puede todavía conservar, de la mentira deliberada por deformación de fuentes y archivos, de la invención de pasados recompuestos y míticos al servicio de los poderes de las tinieblas. Contra los militantes del olvido, los traficantes de documentos, los asesinos de la memoria, contra los revisores de enciclopedias y los conspiradores del silencio [...] el historiador solo, animado por la austera pasión de los hechos, de las pruebas, de los testimonios, que son los alimentos de su oficio, puede velar y montar guardia. (1989:25)

Así se lo propuso este artículo.


Notas

1 Fue Cabildo quien frecuentemente apareció como exponente del “nacionalismo católico”. Sin embargo, no parece existir una contraposición con su identidad tradicionalista. Si bien el staff de la publicación, en ocasiones, se reconocía tanto nacionalistas como nacionalista católico, no encontraba una contradicción con identificarse también como tradicionalista.

2 “Editorial”, Cabildo, I Época, nº 19, noviembre de 1974, p. 3. Comisario de la Policía Federal, Alberto Villar pide el pase a retiro cuando en 1973 Héctor J. Cámpora llega a la presidencia de la Nación. Luego, ya con Perón de presidente, es reincorporado y designado jefe de la misma en abril de 1974. Desde allí, fue uno de los miembros operativos más importantes de la organización paraestatal Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A. El 1º de noviembre de 1974 es asesinado cuando un comando de la organización armada Montoneros coloca un explosivo en la lancha donde viajaba junto a su mujer, quien también muere, en la localidad bonaerense de Tigre.

3 La Opinión, 29 de octubre de 1974.

4 “Editorial”, op. cit.

5 Víctor Eduardo Ordóñez, “Carlos Alberto Sacheri. Mártir de Cristo y de la Patria”, Cabildo, I Época, nº 21, enero de 1975, pp. 18-19. Allí mismo se encuentra la “Declaración ante la muerte del Dr. Carlos Alberto Sacheri”, emitida por el MUNA.

6 AICA, “Mensaje de Monseñor Tortolo a la viuda de Saccheri [sic]”, nº 940, 26 de diciembre de 1974, p. 13.

7 “A balazos fue asesinado el profesor Genta”, La Nación, 28 de octubre de 1974.

8 “Efectuóse el sepelio del Dr. Carlos A. Sacheri”, La Nación, 24 de diciembre de 1974, p. 6.

9 Cfr. Restauración nº 4 y 5, octubre y noviembre de 1975.

10 Cfr. Restauración, nº 4, octubre de 1975, p. 9.

11 María Lilia Genta de Caponnetto, “Carta abierta a los hijos de Carlos Alberto Sacheri”, Cabildo, I Época, nº 22, 1975, p. 34.

12 Cfr. “Doctor Carlos Alberto Sacheri”, Tributo, nº 10, 1986; “Docente asesinado”, Tributo, nº 10, 1987, p. 3.

13 Cfr. AICA, “Homenaje al doctor Carlos Alberto Sacheri”, nº 1454, 1 de noviembre de 1984, pp. 26-27.

14 Copiando el logo del ERP 22 de Agosto, y empleando un lenguaje ajeno al de las organizaciones armadas de la época, un comunicado que se le hizo llegar a los familiares semanas después de los episodios se atribuía los asesinatos bajo la firma del “Ejército de Liberación-22”.

15 Cfr. A. Caponnetto, “Maestro Genta”, Cabildo, nº 81, octubre de 1984, pp. 14-16; “El homenaje a Jordán Bruno Genta”, Cabildo, nº 83, diciembre de 1984, pp. 16-18; E. O., “Carlos Sacheri, a diez años de su asesinato”, Cabildo, nº 83, diciembre de 1984, p. 7.

16 “Recordación y Homenaje”, Cabildo, nº 83, diciembre de 1984, p. 8.

17 “Jordán Bruno Genta”, Cabildo, nº 116, 2º Época, octubre de 1987, p. 24. [Resaltado en el original]

18 Cfr. AICA, “Homenaje a Jordán Bruno Genta”, nº 1974, 26 de octubre de 1994, p. 332.

19 Cfr., entre otros, “Editorial. Larrabure: crimen de lesa humanidad”, La Nación, 17 de junio de 2007; Arturo Larrabure, “Rucci y Larrabure, víctimas del terrorismo de Estado camporista”, La Nueva Provincia, 26 de octubre de 2008. En especial se pretendió demostrar la capacidad del ERP y de Montoneros para realizar “ataques generalizados o sistemáticos” contra una población civil utilizando para ello, durante el período 1973-1976, recursos estatales. Fue la reapertura de la causa por el asesinato de Rucci la que simbolizó estos reclamos. Días después de su publicación, y al cumplirse 35 años del asesinato del dirigente sindical, el libro del periodista Ceferino Reato, Operación Traviata, publicado en septiembre de 2008, fue utilizado por los hijos de Rucci como material probatorio para la reapertura de la causa judicial paralizada desde 1988. Si bien hasta el momento la justicia había rechazado declarar delito de lesa humanidad dicho asesinato, el reclamo había cosechado el apoyo de los dos sectores de la Confederación General del Trabajo (CGT), el opositor al gobierno nacional liderado por el dirigente gastronómico Luis Barrionuevo, y el entonces oficialista Hugo Moyano.

20 Además de AFyAPPA, otras organizaciones que surgieron en estos últimos años fueron: Asociación Víctimas del Terrorismo de Argentina (AVTA) –transformada luego en Asociación Familiares y Amigos de Víctimas del Terrorismo en Argentina (AFAVITA), Comisión de Homenaje Permanente a los Muertos por la Subversión, Familiares y Amigos de Víctimas del Terrorismo (FAViTe), Argentinos por la Memoria Completa, Asociación Derechos Humanos Para Todos, Asociación Justicia y Concordia, Grupos de Amigos por la Verdad Histórica, Foro por la Verdad Histórica, Jóvenes por la Verdad, Verdad sin Rencor, Argentinos por la Pacificación Nacional (ARPANA), Asociación Unidad Argentina (AUNAR), Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, entre otras.

21 Cfr. Editorial “Larrabure: crimen de lesa humanidad”, La Nación, 17 de junio de 2007; Arturo Larrabure, “Rucci y Larrabure, víctimas del terrorismo de Estado camporista”, La Nueva Provincia, 26 de octubre de 2008.

22 La Nación, “Se cumplen 30 años del asesinato de Sacheri”, 28 de diciembre de 2004.

23 Cfr. H. H. Hernández, “Carlos Alberto Sacheri. Mártir nuestro”, Cabildo, nº 42, III Época, diciembre de 2004, p. 34.

24 Ediciones Nueva Hispanidad, reedita y presenta obras de su juventud: Los problemas fundamentales de la filosofía (1938), Sociología Política (1940), La sociología y la política en Hegel (1941).

25 Cfr. “30a Aniversario del martirio de Jordán Bruno Genta”, Cabildo, nº 41, III Época, noviembre de 2004, p. 12.

26 Cfr. http://ancustodia.blogspot.com.ar/ [Consulta: 8/07/2015]

27 Cfr. “Enferma”, Página 12, 30 de octubre de 2004.

28 “30a Aniversario…”, op. cit.

29 Cfr., además, Daniel Gutman, “Militares y guerrilleros, recordando la guerra sucia, 40 años después”, Clarín, 13 de septiembre de 2015. Disponible en: http://www.clarin.com/opinion/Operativo_Independencia-Ejercito_argentino-ERP-Tucuman-1975_0_1430257035.html.

30 Cfr., entre otros, “Editorial. Memoria y reconciliación”, La Nación, 16 de agosto de 2015. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/1819682-memoria-y-reconciliacion; “Editorial. Reconciliación, indultos y amnistías”, La Nación, 21 de agosto de 2015. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/1820882-reconciliacion-indultos-y-amnistias

31 “Carlos Sacheri, constructor del bien común”, La Nación, 23 de diciembre de 2014. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/1754793-carlos-sacheri-constructor-del-bien-comun

32 Cfr. Boletín AICA, “Recordarán a Jordán Bruno Genta, a 40 años de su asesinato por el ERP”, lunes 27 de octubre de 2014. El dato que aceptan su yerno y su hija para sostener la autoría del ERP-22 es que ésta, para aquella época, pasó a denominarse “Ejército de Liberación 22 de Agosto”. Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=wXV6VMrVJP4. Al parecer, hacia mediados de 1974, el ERP-22 atravesó una crisis interna que produjo una escisión y el surgimiento de un pequeño grupo que, efectivamente, pasó a denominarse de esa manera y cuyas siglas eran EL-22. Es poco lo que se conoce de esta organización y de sus actividades. Cfr. Weisz (2005, 21). Desde la publicación del ERP-22, Liberación, no se atribuyeron los asesinatos. Un autor de las propias filas tradicionalistas, en cambio, argumenta que tanto a Sacheri como a Genta los asesinó la Triple A. Cfr. Hernández (2007: cap.45). En el caso de Genta, Vicente G. Massot también acusaba a dicha organización debido a que éste reclamaba a sus compañeros de la Fuerza Aérea que investiguen los fraudes de López Rega en el gobierno. Cfr. Ferrari (2009, 242).

33 Cfr. J. P. Feinmann, “Los que hacen la tarea”, Página 12, 18 de noviembre de 2007, p. 40. Allí el autor atribuye al ERP-22 los asesinatos de Genta (“un nacionalsocialista nativo que enseñaba a los militares las doctrinas del Führer alemán”) y de Sacheri (“hombre de la derecha argentina que dictaba clases a los militares”).

34 Cfr. Boletín AICA, “Carlos Alberto Sacheri, recordado a 40 años de su asesinato”, 31 de diciembre de 2014. Disponible en: http://www.aica.org/15890-carlos-alberto-sacheri-recordado-0-anos-de-su-asesinato.html [Consulta: 1/07/2015]

35 Víctor Eduardo Ordóñez, “Carlos Alberto Sacheri. Mártir de Cristo y de la Patria”, Cabildo, En: http://elblogdecabildo.blogspot.com.ar/2014/12/in-memoriam-carlos-sacheri.html, lunes 22 de diciembre de 2014.

36 Cfr. Boletín AICA, “Carlos Alberto Sacheri...”, op. cit. Acerca del grupo mencionado, cfr. http://www.lanacion.com.ar/1720791-proponen-impulsar-un-perdon-por-la-violencia-de-los-anos-70

37 Las conceptualizaciones acerca de los distintos tipos de memorias son retomadas de Traverso (2011: 53-54).

 

 

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Fecha de recibido: 29 de enero de 2016
Fecha de aceptado: 14 de junio de 2016
Fecha de publicado: 14 de octubre de 2016

 

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