Anuario del Instituto de Historia Argentina, vol. 16, nº 2, e025, octubre 2016. ISSN 2314-257X
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Historia Argentina y Americana

 

DOSSIER
Claves para volver a pensar las culturas políticas en la Argentina (1900-1945). Perspectivas, diálogos y aportes

 

Prensa y estrategias editoriales del movimiento anarquista en la Argentina de entreguerras


Luciana Anapios 
Universidad Nacional de San Martín, Argentina
anapiosluciana@gmail.com

 

Cita sugerida: Anapios, L. (2016). Prensa y estrategias editoriales del movimiento anarquista en la Argentina de entreguerras. Anuario del Instituto de Historia Argentina, 16(2), e025. Recuperado de http://www.anuarioiha.fahce.unlp.edu.ar/article/view/IHAe025



Resumen
El objetivo de este artículo es analizar los emprendimientos editoriales y la publicación de revistas culturales anarquistas en el período de entreguerras. Junto con los proyectos culturales de las izquierdas, estas iniciativas contribuyeron a dar un renovado impulso a la industria editorial en Buenos Aires y las principales ciudades de Argentina. El acercamiento a algunas de las empresas editoriales permite analizar cómo se articuló su intento por captar a un público diversificado.

Palabras Clave: Anarquismo; Entreguerras; Publicaciones.



Press and editorial strategies o the anarchism movement in interwar Argentina

 

Abstract
The objective of this article is to analyze the enterprises publishers and the publication of cultural magazines anarchists in the interwar period. Joined the cultural projects of the lefts, these initiatives helped to give a renewed impulse to the publishing industry in Buenos Aires and the main cities of Argentina. The objective is to analyze the variety of publications that supported the anarchism in this period to investigate how its attempt was articulated for receiving a diversified public.

Keywords: Anarchism; Inter war period; Publication.



Introducción

En 1922, Pierre Quiroule, autor de la principal utopía anarquista en Argentina, propuso en un artículo aparecido en el periódico Ideas, de La Plata, una solución al “problema de la prensa”. Allí adelantaba una crítica a la forma en que era administrado el periódico más importante del movimiento, La Protesta, y reconocía al mismo tiempo la dificultad de sostener publicaciones paralelas que apuntaban a captar a los mismos lectores con escasos recursos para comprar “todas las hojas que existen”. En opinión de Quiroule, un periódico de la “colectividad” debía ampliar sus páginas para incluir secciones en las que se expresaran las diversas corrientes internas.1 De esta manera, el lector podría informarse de las tendencias que conformaban al anarquismo local y, por una módica suma de dinero, estar al tanto de los debates actuales. Al mismo tiempo, esta sería una forma de evitar la constante rotación de publicaciones que no podían sostenerse en el tiempo, ya que “estas hojas víctimas de este estado de permanente crisis de los bolsillos anarquistas están condenadas a desaparecer a los pocos números”.2

La propuesta no fue retomada por ningún sector del movimiento porque descuidaba precisamente un elemento vital de la experiencia libertaria. No sólo parecía casi imposible lograr que un movimiento tan complejo llegara a un acuerdo necesario para sacar un periódico con esas características. Su propuesta desatendía algo que Diego Abad de Santillán –una de las figuras más activas del anarquismo en este período y su principal historiador-militante en Argentina– sostenía como una crítica, pero que era en realidad fundamental para sostener estas iniciativas.3 Tener un diario era una necesidad, un proyecto que compartían todos los militantes; apropiarse de la voz anarquista era parte del atractivo de la prensa libertaria. Humberto Correale, un activo propagandista y obrero naval, lo expresaba claramente cuando recordaba, años después, el problema de la prensa que había enfrentado diversas corrientes internas:

Yo por ejemplo, si hubiera podido hubiera sacado un diario mío, una revista mía, a mi gusto. No lo pude hacer pero había compañeros que pudieron. Sacaban muchas revistas, muchos periódicos. El gusto de tener algo.4

Esta multiplicidad de iniciativas puede ser interpretada como un signo de vitalidad del anarquismo o, por el contrario, como una evidencia de su debilidad y resquebrajamiento interno, o incluso simplemente como la continuidad de una característica propia del movimiento libertario. Para evitar el abordaje literal debemos considerar que el esfuerzo editor de los grupos libertarios que sostenían desde los periódicos más efímeros hasta los más perdurables permite analizar el rol fundamental de la palabra escrita y difundida para los anarquistas y el contexto en el que estas iniciativas se llevaron a cabo. En este punto una amplia producción del área de estudios culturales ha señalado el proceso de masificación que se dio en este período y estuvo acompañado por nuevas técnicas de impresión, nuevas prácticas de difusión y nuevas tecnologías: ediciones baratas, publicidad, estrategias de creación de un público lector, recitales de poesía, radio, cine, entre muchos otros (Prieto, 1988; Levine, 1992; Williams, 2001).

Durante el período de entreguerras el desarrollo de la industria cultural captó y amplió nuevos públicos lectores y contribuyó al proceso de expansión de la esfera pública. Este trabajo analiza los emprendimientos editoriales y la publicación de revistas culturales anarquistas en un contexto en que, junto con los proyectos culturales de las izquierdas, las mismas contribuyeron a dar un renovado impulso a la industria editorial en Buenos Aires. El lugar destacado que ocupó la propaganda de las ideas, la edición de periódicos, folletos, libros y revistas permite analizar estos esfuerzos en sus aspectos constructivos, en aquello que el movimiento anarquista y, dentro de él, cada corriente buscaba transmitir, a quiénes estaba dirigido y el lugar desde el que pronunciaban su discurso. Muchos de los elementos que conformaron su oferta cultural estaban en diálogo con otras propuestas políticas y gremiales de la izquierda, pero también con iniciativas originadas desde la cultura dominante. Es decir que existía un espacio compartido, un contexto en el que el discurso anarquista estaba expuesto a mediaciones, influencias diversas y prácticas compartidas con otros sectores. Sin embargo, muchos otros elementos de su mensaje cultural expresado en la prensa fueron específicos del anarquismo. El acercamiento a algunas de las empresas editoriales que se sostuvieron durante este período permite analizar cómo se articuló su intento por captar a un público diversificado.

La heterogeneidad de corrientes que albergaba el anarquismo y la ausencia de una autoridad legítima que delimitara qué expresiones estaban dentro y fuera del movimiento fue la principal fortaleza y, a la vez, la mayor fuente de complejidad para sostener publicaciones periódicas que fueran expresión de esas diversas tendencias. En ciertas coyunturas el impulso descentralizado de los grupos y círculos que emprendían la edición de un periódico favoreció el florecimiento y la recuperación del movimiento anarquista, como sucedió tras los momentos más duros de la represión en la primera década del siglo XX. Pero este impulso creativo podía ser objeto de tensiones. La idea de que la dispersión de esfuerzos era un arma de doble filo, que favorecía la competencia interna por los lectores y recursos pero que ponía en riesgo la continuidad de esas iniciativas, fue reconocida por las personalidades más emblemáticas del anarquismo.5 Pese a estas quejas, la irradiación de publicaciones cuya duración era de lo más variable persistió en todo el período de entreguerras (Anapios, 2011; Graciano, 2012). De la mano del abaratamiento de los costos de impresión, la ampliación del público lector potencial y las tensiones internas dentro del movimiento, la década del veinte y la del treinta fueron particularmente prolíficas en la edición de periódicos, revistas y folletos.

La renovación tras el Centenario

Tras la represión del Centenario de la Revolución de Mayo y sus duras repercusiones en la prensa anarquista, la segunda parte de la década de 1910 fue de gran impulso para las publicaciones libertarias. La Protesta, que desde sus comienzos había sido mucho más que un periódico se había convertido en una empresa editorial y en un símbolo de identificación. Esta transformación fue parte de una estrategia llevada adelante por el segundo grupo editor, entre los que se encontraban Alcides Valenzuela como director –cuya nacionalidad argentina lo inmunizaba frente a la amenaza de deportación que regía bajo la ley de residencia–, Juan Creaghe como administrador que se convirtió –como él mismo lamentó en alguna ocasión– en una especie de “mecenas” del periódico, y las colaboraciones de Mariano Cortés (Altair), Alfredo C. López (Juan Valjean) y Forencio Sánchez. En 1904 Juan Creaghe llamaba a los suscriptores del diario a cumplir con sus obligaciones de sostenimiento de La Protesta y advertía que no iba a poder ser él quien solventara siempre los gastos, pese a lo que creían muchos compañeros.

De esta etapa de florecimiento data la aparición de La Batalla bajo la dirección de dos miembros del grupo editor de La Protesta que tuvieron un papel central en los debates internos de los años veinte. Con esta publicación, Rodolfo González Pacheco y Teodoro Antillí comenzaron a delimitar una serie de tópicos que los enfrentarían paulatinamente con la línea de La Protesta y de la FORA en torno a cuestiones como el orden interno, la jerarquía de las publicaciones, el grado de flexibilidad para tolerar la heterogeneidad del movimiento, entre otros (Tarcus, 2007; Anapios, 2007).6 La Batalla se editó entre el 7 de marzo y el 13 de mayo de 1910 en los talleres de La Protesta y fue, según Diego Abad de Santillán, un caso único en el mundo de una empresa periodística libertaria con un diario matutino y otro vespertino (Abad de Santillán, 1927).

Pero La Protesta no logró estabilidad en toda la década. Si bien había conseguido abandonar la clandestinidad no pudo mantener su periodicidad y hasta 1917 salió intermitentemente como diario, semanario y quincenario. En la segunda mitad de la década y tras contraer una deuda que costaría años saldar, los talleres recuperaron la máquina typograph que había sido destruida en el Centenario. Esto le permitió reaparecer diariamente en formato pequeño de ocho páginas. Sin embargo, esa periodicidad duró poco; en noviembre de 1917 fue clausurada por unos días tras la publicación de una nota firmada por Teodoro Antillí en ocasión del aniversario del atentado a Ramón Falcón.

El 25 de noviembre volvió a aparecer con Alberto Ghiraldo como director pero esta etapa sería breve; el 8 de diciembre renunciaba por disidencias dentro del grupo editor. En ese período comenzó a delinearse la separación entre el grupo de Rodolfo González Pacheco y Teodoro Antillí, por un lado, y el grupo editor que unos años después cristalizaron en dos corrientes enfrentadas. Con la incorporación de Emilio López Arango a la redacción, el periódico recuperó la regularidad pero en enero de 1919 volvió a interrumpirse tras los sucesos de la Semana Trágica.7

En 1916 Rodolfo González Pacheco y Teodoro Antillí se alejaron de La Protesta y comenzaron una serie de emprendimientos con los que lentamente fueron tomando distancia hasta romper definitivamente y pasar a convertirse en los referentes de la oposición interna a la línea representada por La Protesta y la FORA. Pacheco y Antillí comenzaron por proponer una vuelta a posiciones más radicalizadas porque entendían que la vinculación entre la central obrera y La Protesta había provocado posiciones rígidas en torno al manejo de los recursos de la prensa, y la caracterización del anarquismo. No obstante sus posiciones se fueron radicalizando con el paso de los años, y recién con La Antorcha se explicitaron algunos de los principales ejes del debate. La primera publicación tras dejar la redacción de La Protesta fue un efímero intento de competencia al que llamaron La Protesta Humana y que no superó el año 1916. Ese mismo año editaron La Obra, un semanario que se publicó entre 1916 y 1919 cuando fue clausurada en medio de la Semana Trágica.

Durante los años veinte la industria editorial en Argentina comenzó un lento proceso de expansión que acompañó la recuperación de las iniciativas surgidas desde el anarquismo tras la represión de 1919. Una temprana producción académica indagó en la conformación de la industria cultural y de un público de consumidores culturales en Argentina a través del análisis de la industria editorial y la prensa masiva. Esta bibliografía destacó el mérito de las ediciones populares, folletines, revistas y novelas semanales que comenzaron a difundirse en la década del veinte gracias a la incorporación de recursos técnicos que permitían bajar los costos, las ilustraciones y la publicidad (Prieto, 1959; Lafleur, Provenzano, Alonso, 1974; Rivera, 1981,1988; Warley, 1985). Este proceso estuvo acompañado por la ampliación del público lector vinculado estrechamente con la progresiva democratización de los bienes culturales, difusión de un nuevo periodismo y de una literatura dirigida a los sectores medios y populares. Sylvia Saítta analizó el surgimiento de una prensa moderna, comercial, popular y masiva, en el marco de un mercado periodístico profesionalizado y diversificado que apuntaba hacia una amplia masa de lectores y que creaba su propio público lector (Sarlo, 1985,1988; Saìtta, 1998,2000, 2001). Una creciente producción historiográfica en los últimos años ha ampliado esta mirada hacia otras dimensiones de la industria cultural –en expansión en el período– indagando también en el renovado mercado de entretenimiento que incluía el teatro, el varieté, la prostitución, el tango, la radio y el cine (Matallana, 2006; González Velazco, 2012; Schettini, 2012; Karush, 2013). Una concepción eminentemente publicitaria del libro acompañó este proceso; el libro como objeto de consumo era una más de las estrategias desplegadas por las editoriales que anunciaban las particularidades de las publicaciones, sus encuadernaciones y también destacaban sus atractivos más explícitos.

El período de entreguerras fue un momento auspicioso para el surgimiento de editores locales que, al tiempo que se dirigieron al mercado interno, favorecieron la edición de libros baratos que auspiciaban nuevos géneros narrativos (Romero, 1990; de Diego, 2006; Delgado y Espósito, 2006; Cane, 2007). Libros económicos, novelas semanales, folletos, diarios y revistas alimentaban la demanda de una amplia franja de público lector. Este proceso cambió las reglas del mercado editorial al bajar precios, aumentar tiradas y cambiar las formas de distribución. Ediciones populares que oscilaban entre 20 y 50 centavos –teniendo en cuenta que la prensa anarquista se vendía por 10 centavos–, libros encuadernados entre 2 y 4 pesos, cuando se trataba de varios tomos; tiradas de entre cinco mil y diez mil ejemplares, y distribución en consignación favorecían la circulación de este material. Al mismo tiempo las colecciones organizaban los títulos y funcionaban como guía para el lector aficionado, como era el caso de la colección Los Pensadores, de editorial Claridad que publicaba literatura comercial a precio económico. Este mundo cultural en manos de editores con una visión comercial afectó inevitablemente a los emprendimientos llevados adelante por el anarquismo. Este compartió con el resto de la izquierda y con la industria editorial en expansión el esfuerzo por alentar la difusión masiva de la literatura y la construcción de un perfil de lector. Durante la década de 1920 se consolidó una de sus empresas más rentables: la editorial La Protesta que funcionó como una empresa cultural a través de la cual se realizaron traducciones, se editaron libros, periódicos, suplementos y folletos. Junto con Argonauta y Fueyo fueron las editoriales libertarias que circularon en los años veinte; sus catálogos no se diferenciaban especialmente y estaban conformados en primer lugar por textos clásicos del anarquismo, en general reeditados, entre los que se destacaban los de Errico Malatesta, Rudolf Rocker, Sebastián Faure, Mijail Bakunin –de quien se publicaron sus obras completas en sucesivas reediciones entre 1924 y 1929–, Max Nettlau y P. Kropotkin; obras científicas entre las que se destacaban las de Cesare Lombroso y Ricardo Mella. De propagandistas o figuras del anarquismo local se editaron los Carteles, de Rodolfo González Pacheco, en 1920, la Carta Gaucha de Juan Crusao, reeditada periódicamente, folletos de Eduardo Gilimón, Simón Radowitzky, Diego Abad de Santillán y Luigi Fabbri.8 La editorial Fueyo publicó entre 1922 y 1927 una serie de obras de Pierre Quiroule entre las que se destacaba En la soñada tierra del ideal, pero también dramas y tragedias, así como obras de propaganda del ideal anarquista. De estas tres editoriales, fue La Protesta la que ofrecía una variedad más amplia, al incorporar la opción de una edición barata que no superaba los 50 centavos para los libros, 1,50 pesos para las obras de varios tomos, o ediciones encuadernadas que rondaban los 4 pesos –un precio relativamente alto para el consumo obrero– destinada a quienes buscaban ediciones más cuidadas. En general, la edición de obras literarias fue menor aunque durante en esta década se publicó Sembrando flores, de Federico Urales.

Los proyectos editoriales llevados adelante desde el anarquismo intentaron captar al nuevo público lector a través de una serie de recursos estilísticos, literarios y gráficos e incorporando ciertos rasgos del periodismo moderno y político. Sobre todo las revistas culturales, pero también periódicos como La Protesta incluyeron secciones de reseñas críticas de la cartelera de espectáculos, fotografías y fotomontajes –sobre todo a partir de la Guerra Civil española–. Si bien el anarquismo caracterizó negativamente la multiplicidad y variedad de ofertas culturales y de entretenimiento, producto de la irrupción de la cultura de masas, ésta convivió, incluso en las mismas publicaciones, con comentarios fijos en secciones de crítica de cine, teatro y literatura popular. La visión pesimista incluyó la idea de que el lector de novelas y folletines se dejaba “atrapar” por sus tramas sin ninguna capacidad de distancia crítica y en la búsqueda de evadirse de sus problemas reales. La crítica a la literatura de entretenimiento apuntaba al hecho de que sus lectores veían “atrofiado el gusto”, que se trataba de literatura “que aspira a un premio municipal”, cuyo “maltusianismo estético” sólo genera confusión y que exaltaba las miserias del pueblo trabajador, tal como destacaba Alfonso Longuet desde la revista Nervio. Crítica- Artes-Letras, editada entre mayo de 1931 y noviembre de 1936.9 Este posicionamiento rígido frente a la cultura de masas fue una particularidad del anarquismo que no compartió, por diversas razones, con el resto de la izquierda y que favoreció su aislamiento de estos procesos transformadores de la cultura popular.

A partir de 1920 una serie de publicaciones recuperaron su regularidad y muchas otras aparecieron por primera vez. La duración de gran parte de estos emprendimientos fue efímera e inconstante. Sin embargo, evidencian la presencia pujante del anarquismo como alternativa cultural y política. Se ha procurado reconstruir qué se publicó en la década del veinte. La nómina no pretende ser exhaustiva sino indicativa y para ella se tomaron los datos que presenta Diego Abad de Santillán, que en 1938 hizo una meticulosa descripción de una parte de esas publicaciones preocupado por el despliegue de esfuerzos que significaba la variada gama de estilos y tipos de la prensa anarquista. Max Nettlau también reconstruyó en 1927 los principales periódicos anarquistas que habían llegado a sus manos desde comienzos de siglo XX (Abad de Santillán, 1938; Nettlau, 1927). Estas listas se han cotejado con los catálogos de los principales archivos de izquierdas y anarquistas. Aunque incompletas –y probablemente inexactas, ya que en muchos casos abundan contradicciones sobre los nombres o las fechas de edición de algunas publicaciones– brindan lo que José Luis de Diego llama un panorama situado y permite arribar a algunas conclusiones que tengan como punto de referencia lo publicado en este período (de Diego, 2006, p.105).

Según Abad Santillán, los diez años comprendidos entre 1920 y 1930 se destacaron por una labor editorial sostenida y orgánica que superó a los “viejos tiempos”. En este sentido destaca la iniciativa de las editoriales Argonauta y La Protesta, que habían dado lugar a una profunda actividad y propaganda editando nuevos títulos y reeditando otros con el fin de propagar las ideas, pero también con fines comerciales.

Tras la represión de enero de 1919, una serie de publicaciones aparecieron en Buenos Aires entre las que pueden mencionarse El Momento, un periódico clandestino de no más de cuatro números que circuló en Buenos Aires y el interior; Afirmación, entre 1919 y 1920, La Barricada y El Soldado Rojo, también mencionadas como publicaciones clandestinas; El Burro, Prometeo, una revista quincenal que editó seis números; Vía Libre. Mensual de crítica social, una revista dirigida por Santiago Locascio que editó 36 números entre 1919 y 1922; Spartacus, revista, entre 1919 y 1920 y que no tiene ninguna vinculación con el periódico del mismo nombre que se editaría en la década del treinta. Dos publicaciones que se denominaron anarquistas y que aparecieron en Buenos Aires en 1919 son Clarín, revista quincenal editada por el Ateneo Universitario, entre 1919 y 1920, y Martín Fierro, periódico quincenal que apareció durante 3 números entre marzo y abril, dirigido por Evar Méndez.

La ruptura de la clandestinidad tras la Semana Trágica permitió la aparición de Tribuna Proletaria, un nuevo diario gremial anarquista subvencionado por los gremios de la FORA, que editó 183 números entre julio de 1919 y marzo de 1920. Este periódico se convirtió en uno de los primeros ensayos de lo que luego habría de convertirse en un sector que se enfrentó a La Protesta, y la primera iniciativa del grupo editor que luego imprimirá La Antorcha. Entre sus redactores estaban Alberto Bianchi, Teodoro Antillí y Mario Anderson Pacheco (Tarcus, 2007).10 Por su parte, La Protesta reapareció en octubre de 1919 aunque a raíz de las persecuciones policiales y de la Liga Patriótica –a lo que se sumaba la falta de recursos tras la represión– volvió a la clandestinidad entre abril de 1920 y hasta septiembre de 1921. Desde enero de 1922 editó un suplemento semanal de ocho páginas que a partir de junio de 1926 se convirtió en revista quincenal y aumentó a 32 páginas. Se editó hasta septiembre de 1930 cuando dejó de circular en el contexto de la represión del golpe militar.

En 1920 aparecieron nuevas publicaciones en Buenos Aires: El Libertario con quince números de mayo a octubre de 1920, dirigida por Teodoro Antillí y Rodolfo González Pacheco; Nuevos Caminos, revista quincenal editada en Avellaneda publicó ocho números de julio a noviembre de ese mismo año. El Perseguido, órgano de la agrupación del mismo nombre que apareció clandestinamente durante junio de 1920; el diario La Plebe, que publicó 37 números entre mayo y junio de 1920 entre cuyos redactores se encontraban David Valdés, J. González Lemos, Jorge Rey Villalba y Teodoro Dúctil; este mismo grupo editor publicó en octubre de 1920 y hasta abril de 1921 Bandera del Pueblo, diario obrero de la mañana, de orientación anarcosindicalista y a partir de julio de 1921, El Sol, diario que tuvo 7 u 8 números. Frente Único, de orientación anarcosindicalista y órgano del comité pro unificación proletaria, que apareció en agosto de 1920 y del que aparecieron alrededor de 10 números; Frente proletario, anarcosindicalista, un diario que se editó desde septiembre de 1920 y del que existen 33 números. Entre 1920 y 1922 aparecieron una serie de publicaciones de corta vida de las que no se lograron reconstruir mayores datos. Se trata de La Ira, Hacia el porvenir, Libertad y Trabajo, Amor y Libertad y La Social, órgano de la agrupación Aurora Libertaria. La revista Más allá editó sólo algunos números en 1923.

Como ya se ha señalado, en abril de 1920 La Protesta volvió a editarse clandestinamente y en su lugar apareció La Batalla, del 20 al 24 de junio de ese año y luego Tribuna Obrera, diaria, desde el 20 de septiembre de 1920 hasta el 4 de septiembre de 1921, cuando reapareció La Protesta. Abad de Santillán menciona una serie de publicaciones que surgen a partir de 1922; si bien no se trataba de emprendimientos propiamente anarquistas, participaban allí militantes, propagandistas e intelectuales libertarios. En el marco del conflicto con la corriente anarco-bolchevique en torno a las posiciones adoptadas frente a los avatares de la revolución rusa se editaron El Trabajo, Unión Sindical y la más importante de ellas, Bandera Proletaria, que se publicó entre 1922 y septiembre de 1930 cuando la Unión Sindical Argentina ingresó formalmente a la Confederación General del Trabajo.

Junto con esta producción se editó una serie de revistas que si bien mantuvieron una relación laxa con el anarquismo se presentaron como propuestas libertarias en un momento particular, tanto por la revolución rusa –que provocó amplias adhesiones entre las filas anarquistas– como por el alejamiento de algunos publicistas. Diseñadas para intervenir en la coyuntura, estas revistas permiten reconstruir el contexto de estos debates y, a su vez, interpelan al lector de una forma diferente a los periódicos. Una de las más importantes fue Cuasimodo,la revista quincenal dirigida por el pedagogo Julio Barcos. Si bien hacia 1921 se encontraba en un proceso de distanciamiento del anarquismo, continuó colaborando en diversos emprendimientos y su revista fue considerada por el propio movimiento como anarquista (Pita, 2009); Insurrexit, Revista universitaria, en la que participaron Julio Barcos, Mica Felman, Leónidas Barletta; Germinal, de Fernando Giacobini y José Tempone. Humanidad, una revista mensual libertaria en la que escribía José María Lunazzi, apareció entre la primera mitad de 1927 y marzo de 1928, en plena campaña por Sacco y Vanzetti (Tarcus, 2007).11

En marzo de 1921 apareció La Antorcha, un semanario destinado a ocupar un lugar entre las publicaciones libertarias de larga duración. Se editó entre 1921 y 1932, aunque los últimos números aparecieron clandestinamente en el contexto de la dictadura de Uriburu. Dirigido por Rodolfo González Pacheco y Teodoro Antillí, este periódico tuvo un rol central en los conflictos internos que atravesaron al anarquismo en la década del veinte. La revista obrera, una publicación mensual que apareció a comienzos de 1922; Tempos Novos, en dialecto gallego, entre octubre de 1921 y comienzos de 1922; Tierra y Libertad, editada en el barrio de Avellaneda, en la segunda mitad de 1921; Orientación, del barrio de Nuevos Mataderos, desde enero de 1923, contó al menos con seis números durante ese año; Bandera Negra, publicación de la agrupación anarquista de lavadores y limpiadores de autos, que sólo cuenta con dos números en 1922 y que no tiene nada que ver con la publicación Bandera Negra editada entre 1930 y 1932 por una agrupación antimilitarista; La Verdad, órgano de la agrupación anarquista Chauffeurs y Nafteros y que se anuncia como segunda época en 1923. El Uniformado publicada en Buenos Aires entre 1922 y 1926 como órgano de la Agrupación Alborada Roja; Crónica Subversiva, apareció en Avellaneda en 1923, y en la misma localidad, Renovación, desde enero de 1924 hasta 1927. Idea Libre, periódico mensual de ideas y crítica, en 1926; Biblioteca La Palestra, que se anunciaba como publicación mensual, y Tribuna libertaria, entre 1923 y 1924; Sembrando Ideas, revista quincenal de orientación sociológica editada por Bautista Fueyo y con la colaboración de Pierre Quiroule, se publicó entre 1923 y 1930; La Voz de los Tiempos, revista para el pueblo, se editó en 1927 dirigida por Martín Castro y Fernando Gualtieri. Allí escriben entre otros Fernando del Intento y E. Roque. Se trató de una publicación cercana al antorchismo, pensada como una revista de artículos cortos, no doctrinarios y fáciles de leer. Una publicación relevante en este período fue El Preso Social, entre 1926 y 1930, publicación del Comité Pro Presos Sociales de Buenos Aires.

Entre los periódicos editados en otro idioma vale señalar a los italianos, del cual L´Avvenire fue uno de los más destacados, que se publicó entre 1923 y 1925 y polemizó con La Protesta; Culmine, la revista de Severino Di Giovanni, Il Pensiero y Primo Maggio, dirigido por Giuseppe Santoro, entre otros (Bayer, 1998; Tarcus, 2007).12 En ruso se editó el periódico GolosTruda, en yddisch Pan y Libertad y Libre Palabra, dirigido por José Golden 1920; Solidaritaet en alemán; Bezlastié en búlgaro, entre 1926 y 1927.

En el esfuerzo de reconstrucción de la prensa libertaria deben mencionarse una serie de proyectos en el interior del país: a partir de junio de 1919 se edita La Campana, de Santa Fe, una revista quincenal que según Santillán fue la primera en aparecer tras la represión de la Semana Trágica y que sólo publicó siete números entre junio y septiembre de 1919. Fue dirigida por Emilio López Arango, Diego Abad de Santillán y José Torralvo. En la misma ciudad se publicaron Aña Membui, en guaraní para los obrajeros del Chaco; Inquietud, en 1923; Orientación, órgano de la Agrupación Gráfica Libertaria, en 1926; Palotes¸ en 1930, y La Simiente, en la localidad de Chabas.

En los primeros años de la década del veinte, en Rosario, se publicaron El Comunista, Rumbos Nuevos, Tribuna Libertaria, órgano de la Federación Obrera Local. Años más tarde, en 1930, apareció Voluntad, en la que colaboraba Joaquín Penina, fusilado durante la dictadura de Uriburu. La voz del explotado, en Paraná, Entre Ríos, entre 1919 y 1921. En General Pico, La Pampa, se editó entre 1922 y 1930 el periódico quincenal Pampa Libre, que comenzó como órgano de la FORA y que a partir de la incorporación de Jacobo Prince a la redacción fue alejándose de la Federación hasta romper relaciones en 1924 durante un episodio violento (Etchenique, 2000; Anapios, 2012).13 Entre sus principales colaboradores se encontraban Siberiano Domínguez, Isidro Martínez, Mario Anderson Pacheco y el mencionado Jacobo Prince. Otro periódico anarquista editado en General Pico fue La voz del campesino, de la Agrupación Libertaria de Trabajadores del Campo, en 1925. En Tucumán La Mentira, en 1921; Adelante!, entre 1922 y 1925, una publicación de la agrupación Brazo y Cerebro; Tierra Libre, entre 1921 y 1930, y El Trabajo en 1924, editada por la Agrupación Armonía y el ALA. En Mendoza se editaron entre 1920 y 1922 Pensamiento Nuevo, Nuestra Voz y en Godoy Cruz Surco Proletario, órgano de la Federación Obrera Provincial Mendocina. En Salta El Coya, órgano de los sindicatos obreros de la provincia. En San Juan, La Acción Obrera, órgano de la Federación Obrera provincial sanjuanina, que en 1926 pasó a llamarse Verbo Nuevo. En Córdoba, El Pueblo, entre 1922 y 1923, Bandera de Combate, órgano de los trabajadores de Córdoba adheridos a la FORA y dirigido por E. Domingo que se publicó entre 1925 y 1926; y los periódicos La Batalla y El Sembrador, de las localidades de San Francisco y Villa María respectivamente en 1923-1924.

La provincia de Buenos Aires tuvo un número importante de publicaciones periódicas y revistas, algunas efímeras y otras que lograron convertirse en referentes del mundo libertario; la más importante de ellas fue el periódico Ideas, editado por la agrupación del mismo nombre en la ciudad de La Plata, y que apareció como quincenario entre 1917 y 1930. Entre sus principales redactores y referentes estaban Fernando del Intento, José María Lunazzi, Jacobo Maguid, José Grunfeld, Jacobo Prince, Enrique Balbuena, Segundo del Río y Rafael Grinfeld. Este grupo de militantes formó parte de la nueva generación del anarquismo en la década del veinte y tuvo una profusa actuación en los años treinta. La Agrupación Ideas de la Plata funcionaba como centro cultural, biblioteca e imprenta y tuvo un rol destacado en el movimiento anarquista a través de la vinculación de algunos de sus miembros con la Universidad de La Plata y el movimiento reformista, y por el impulso que le dieron a otras publicaciones que en los años veinte se enfrentaron a La Protesta y la FORA.

Otra importante publicación fue Brazo y Cerebro, de Bahía Blanca, que funcionó intermitentemente entre 1916 y 1930 y en la que colaboraron Domingo Varone y Fernando Quesada (Varone, 1989);14 otro periódico con el mismo nombre pero con el subtítulo Sociología e información gremial funcionó en la localidad de Pergamino entre 1921 y 1930; Nuestra Tribuna, de Necochea –y que luego se trasladó a Tandil–, con Juana Rouco Buela en la administración y redacción que apareció quincenalmente entre 1922 y 1925 (Ledesma Prieto y Manzoni, 2010).15 Se trató del segundo periódico anarquista editado y producido exclusivamente por mujeres –el primero había sido La voz de la mujer editado entre 1896 y 1897– y llegó a tener una tirada de 4.000 ejemplares. Otras publicaciones menores fueron Solidaridad, de Punta Alta, en 1923; Boletín Rojo, de Tres Arroyos, entre 1921 y 1922; Tierra y Libertad, de San Fernando, entre 1922 y 1923; Renovación, de Azul, en 1923; Ideales y Trabajo, de Coronel Pringles, en 1925; El despertar Isleño, periódico libertario editado por la Agrupación Pedro Kropotkine de las Islas de San Fernando, en 1923; Unión y Cultura, órgano de la Federación Obrera Comarcal de Bolívar, en 1922 y Voluntad, de Mar del Plata, en 1924.

En todo este período la recuperación del impulso editor en el anarquismo convivió con intervenciones a favor y en contra de la transformación de La Protesta en una empresa comercial, la centralización en el manejo de los recursos provenientes de las ventas por suscripción, el manejo de esos fondos, los cargos rentados y las iniciativas periodísticas descentralizadas –incluida la publicación de periódicos dirigidos exclusivamente por mujeres, que fueron criticados tanto por este hecho como por constituirse en una nueva voz en el ámbito periodístico libertario.

La industria cultural en los años treinta

Durante los primeros años de la década del treinta el gobierno de facto puso especial énfasis en imponer una política represiva sobre las oposiciones más abiertas. Se instrumentaron medidas para controlar a la prensa contestataria, que en un primer momento consistieron en la clausura de locales y secuestro de periódicos que afectó a anarquistas y comunistas y en menor medida al Partido Socialista. A la declaración del estado de sitio le siguió la visita a los locales de las redacciones, la detención de sus grupos editores y la clausura. Esto ocurrió con el periódico La Protesta entre fines de septiembre y abril de 1931, cuando comenzó a editarse desde Montevideo.16 A partir de febrero de 1932, bajo el gobierno de Justo, reapareció, pero se iniciaron los procesos por apología del delito a los principales redactores: Jacobo Maguid y Manuel Villar.17 Estas prácticas se repitieron a lo largo de la década del treinta en más de una ocasión y retornaron tras el golpe militar de 1943.18

Con la prensa comercial, los círculos literarios y las revistas culturales, los mecanismos fueron más sutiles. Durante el gobierno del General José Félix Uriburu, la censura se impuso más como temor ante un poder arbitrario y decidido a “imponer la dura ley del vencedor”, que a través de políticas concretas (Halperín Dongui, 2004, p. 49). El control se ejercía a través de la abstención de la prensa a tocar temas vinculados con la política. Roberto Arlt publicaba en esta época sus aguafuertes porteñas en El Mundo y denunciaba la imposición de autocensura que reinaba en las redacciones:

Se me ocurre que han llegado los tiempos de escribir así: Viene la primavera y vuelan los pajaritos ¡Ay, ay, ay!¡Qué lindo es mirar el cielo y las mariposas que vuelan! (…) No confundirá la censura a los pajaritos que hacen pío pío con los soldados del escuadrón? ¡Horror! Escribí la palabra censura ¿quién dijo censura? ¿dónde hay censura? Pero no. A ver. Cómo la va a haber si se puede escribir: Y vuelan las mariposas de pintados colores (Arlt, 1992, p.158).

La clausura del diario Crítica en mayo de 1931 no tuvo mayores repercusiones en el periodismo local, y la prisión de Salvadora Medina Onrubia –esposa de su director y reconocida simpatizante del anarquismo– provocó una tibia reacción de parte de un grupo de escritores consagrados que, según Tulio Halperín Dongui demostraba la “gallarda mansedumbre” con la que fueron recibidas las políticas de control de la prensa. Más allá de este episodio, que sí tuvo su repercusión en la prensa extranjera, el vespertino Jornada tomó el lugar de Crítica, que en febrero de 1932 volvió a aparecer con su segunda época (Saítta, 1998).

Las iniciativas culturales pudieron eludir mejor el control que imponía el gobierno sobre lo que se publicaba. Ejemplo de ello fue la aparición de la revista Nervio. Ciencias, Artes, Letras, en mayo de 1931, dirigida por V. P. Ferreira, y con Samuel Kaplan en la redacción. En su primer editorial se presentó como:

Órgano ecléctico, independiente en absoluto, tiene trazado de antemano su camino: servir lealmente de mentor a todos aquellos que se encuentran desorientados y anhelan iniciarse en la senda que conduce a la Verdad.

Y brindaba un breve panorama de la situación actual que, en su generalidad, podía pasar desapercibido:

En esta hora de crisis profundas, de iconoclastías (sic), de liquidaciones al parecer absolutas, de regresiones y tanteos, de resurgimientos de situaciones que se creían definitivamente alejadas de la actualidad, en esta hora desconcertada, semejante como ninguna a la época babélica, pretendemos vehementemente contribuir a descifrar el trágico enigma que parece presidir el destino humano, trastornando los soportes de la vida e impidiendo la marcha razonada hacia la meta ideal que cabe esperar para la especie.19

Más allá de las clausuras del gobierno de facto a la prensa de izquierdas y al diario Crítica, el esfuerzo realizado por el movimiento anarquista en los años treinta en torno a la edición de periódicos, folletos y libros se dio en el contexto de un ambiente propicio para la producción y edición de material impreso en general. El impulso de ampliación del público lector, modernización del periodismo, profesionalización del escritor y fundación de nuevas editoriales, que había cobrado bríos en la década del veinte, produjo sus frutos en los años treinta. Especialmente el período 1936-1955/6 ha sido caracterizado por la historiografía que analiza el desarrollo de la industria cultural en Argentina como el de mayor prosperidad. Este despegue, que se evidenció fundamentalmente en la edición de libros –pero que abarcó la aparición de revistas, periódicos, la masificación de la radio y el cine–, estuvo vinculado al colapso de la industria editorial española, hasta ese momento la más importante en esa lengua, provocado por la Guerra Civil.

El éxodo de editores españoles hacia América Latina, fundamentalmente a la Argentina y México a partir de 1936, tuvo un impacto duradero en la industria editorial local que se evidenció en la fundación de las principales editoriales comerciales: Espasa Calpe (1937), Losada (1938), Sudamericana (1938), Emecé (1939), pero también la editorial anarquista Argonauta, que existía desde la década del veinte y Americalee, fundada en 1940. Muchos de estos editores habían llegado a la Argentina antes del inicio de la Guerra Civil, como era el caso de Gonzalo Losada, o el de Daniel Cosío Villegas, quien fundó el Fondo de Cultura Económica en 1934 (de Diego, 2006). Si hasta 1936 la producción editorial creció de manera moderada, a partir de ese momento experimentó un crecimiento notable. Entre 1937 y 1938 la producción local de libros aumentó en un 143% y esto se debió a la apertura de nuevas casas editoriales, la producción para el mercado externo –en particular en el período 1942-1947 el libro ocupó un rubro destacado entre las exportaciones no tradicionales– y al surgimiento de una serie de nuevos tipos de profesionales entre los que se destacaron traductores, directores de colecciones, asesores literarios; estas nuevas especialidades fueron convirtiéndose en ocupaciones paralelas de muchos escritores y periodistas (Blanco, 2006).

Una vez terminada la Guerra Civil y recuperada la industria española, los editores locales comenzaron a descubrir un mercado propio para el libro argentino y latinoamericano que se había ampliado significativamente y a paso constante. Las nuevas editoriales potenciaron, mediante la ampliación de catálogos y criterios más modernos de comercialización, un proceso de captación de mercados que se había iniciado mucho antes, en los años veinte, con editores como Antonio Zamora y Juan Torrendell. Más que una relación directa con la ampliación del público lector, el auge de la industria editorial en este período parece haber tenido más que ver con las oportunidades que brindó el cierre de la industria española y el consecuente aumento de las exportaciones; este hecho obligó a proyectar catálogos más universales y no sólo de literatura argentina.

En este contexto puede ser leído el impulso que cobró la edición de periódicos, revistas culturales y editoriales dirigidas por agrupaciones, militantes y escritores anarquistas. En la década del treinta este proceso estuvo acompañado por el recambio generacional dentro del movimiento que le dio impulso a estas iniciativas. Pero al mismo tiempo, la represión dirigida particularmente contra el anarquismo disminuyó el rol predominante que algunas de las agrupaciones y publicaciones habían tenido hasta ese momento y generó la reconfiguración de espacios de militancia, sobre todo a partir de 1932, cuando el gobierno de Justo relajó algunas de las medidas represivas (Perez, Heredia, Villasenin, 2005; Bordagaray, 2016). Entre los militantes y propagandistas, la generación que había nacido entre 1900 y 1915 ganó un espacio creciente: Horacio Badaraco, Jacobo Prince, Juan Lazarte, Alberto S. Bianchi ya ocupaban un lugar destacado en los años previos al golpe militar y se destacarán como escritores, colaboradores y directores de publicaciones en esta década.20 Pero sobre todo la irrupción de nombres como Jacobo Maguid, Laureano Riera Díaz, Enrique y Alberto Balbuena, José Grünfeld y Rafael Grinfeld, Humberto Correale, Domingo Varone, Luis Danussi, José María Lunazzi, Fernando Quesada, Juana Rouco Buela, Fidela Cuñado, Terencia Fernández y María Fernández, entre otros, significó una renovación para el anarquismo en un proceso de franco declive en su relación con el movimiento obrero organizado. Al mismo tiempo surgieron y se impusieron temáticas, algunas de las cuales, si bien no eran enteramente nuevas, cobraron nueva entidad: el antimilitarismo y el antifascismo fueron ejes a través de los cuales no sólo se organizaron nuevas publicaciones sino que se reestructuraron periódicos ya existentes, como fue el caso de La Protesta.

Otro cambio con respecto a los años veinte fue la aparición de nuevas editoriales que diversificaron los catálogos, organizaron colecciones e intentaron posicionarse entre las editoriales de izquierdas y comerciales que se dirigían a un público lector amplio y no sólo militante. La Protesta y Argonauta continuaron, pero editaron significativamente menos títulos que en los años anteriores; en cambio se posicionan nuevas casas editoras como Imán desde 1934, Nervio, desde 1932, Símbolo, de Rosario, y Américalee, dirigida por Diego Abad de Santillán, desde 1940 (Graciano, 2012). Aunque con una capacidad menor para impactar en la industria editorial que las que tenían Losada o Paidós –las cuales, sobre todo en humanidades y ciencias sociales, animaron el campo en estos años–, estas editoriales introdujeron importantes renovaciones bibliográficas. Sus catálogos incorporaron una amplia oferta de literatura entre la que se incluían Jorge Amado, cuya novela Jubiaba editó por primera vez Imán en 1935, José Gabriel, Istrati Panait, Jack London, Han Ryner, Jorge Luís Borges, Almafuerte, Álvaro Yunque, entre otros.

Símbolo fue una de las editoriales que más títulos literarios incluía en su catálogo; Imán en cambio, editó una gran cantidad de textos científicos sobre sexualidad, infancia, psicología, neurosis infantil y educación. A comienzos de la década del cuarenta lanzó al mercado la colección Panorama de la filosofía y de la cultura en la que aparecieron algunas obras de Rodolfo Mondolfo –un filósofo italiano que residía en Argentina– entre las que se destacaron Moralistas griegos (1941), La filosofía política en Italia en el siglo XIX (1942) y Ensayos críticos sobre filósofos alemanes (1947). De Renato Treves, otro italiano residente en el país, Imán publicó el ensayo Benedetto Croce, filósofo de la libertad (1943), y obras del propio Croce entre las que se destacan Materialismo histórico y economía marxista (1942), Lo vivo y lo muerto en la filosofía de Hegel (1943) y Shakespeare (1944) (Blanco, 2007). La editorial Nervio publicaba en sus comienzos obras más doctrinarias, reediciones de clásicos del anarquismo, pero también nuevos títulos. Entre ellos editó por primera vez entre 1932 y 1938 los trabajos de Juan Lazarte, entre los que se destacaron Dictadura y Anarquía (folleto), La locura de la guerra en América, Revolución sexual de nuestro tiempo y Socialización de la medicina. Estructurando una nueva sanidad21. En 1933 Nervio publicó La FORA. Ideología y trayectoria del movimiento revolucionario en la Argentina, de Diego Abad de Santillán. Nervio era además de una editorial, una revista que ofrecía sus catálogos en la contratapa como una forma de financiamiento a través del servicio de librería.

Entre las publicaciones periódicas de esta etapa cabe mencionar a Bandera Negra, órgano de la Asociación antimilitarista argentina, un periódico quincenal que se editó entre 1930 y 1932, administrado primero por José Berenguer y luego por Anastasio Luna; La Continental Obrera, publicación mensual de información y doctrina en formato de revista que se editó durante 1932 como órgano de la Asociación Continental Americana de los trabajadores adherido a la AIT y cuya redacción y administración funcionaba en los talleres de La Protesta, en la calle Perú 1537; La Batalla, en Buenos Aires entre 1935 y 1939, órgano de la Agrupación anarquista La Batalla; La Obra, publicación anarquista, se editó en Buenos Aires entre 1932 y 1951. Fue la publicación fundada por Rodolfo González Pacheco tras el cierre de La Antorcha en 1932. Allí continuaron publicándose sus Carteles. Umanità Nova, editada por el grupo del mismo nombre en Buenos Aires, entre 1930 y 1932; Ahora. Del nuevo pensamiento en acción, en Gualeguaychú en 1931.

Entre 1934 y 1936 apareció el periódico quincenal Spartacus. Obrero-campesino, fundado por Horacio Badaraco, Antonio Cabrera, Joaquín Basanta y Domingo Varone. Javier Benyo ha reconstruido el derrotero de esta publicación que tuvo un rol destacado durante la huelga de la construcción de 1936 (Benyo, 2005). El grupo editor de Spartacus intentó, sobre todo a través de su figura principal, Horacio Badaraco, romper con el sectarismo del anarquismo y articular su acción junto con los comunistas. Acción Libertaria apareció en septiembre de 1933 hasta 1977. Esta publicación se editaba como órgano de la nueva Federación, la Federación Anarco Comunista Argentina, creada en 1935 y que era fruto de la decadencia de la FORA. Entre sus redactores se encontraban José Grunfeld, Jacobo Maguid, Luis Danussi, Jacobo Prince, Alberto Palazzo, Fernando Quesada y Enrique Balbuena. Parte del mismo grupo publicó entre 1941 y 1943 el periódico Solidaridad Obrera, publicación sindical de la FACA cuyo responsable era Laureano Riera Díaz y contaba con la colaboración de Jacobo Prince, Jacobo Maguid y Luis Danussi. Hacia fines de la década apareció ¡Justicia! Para Vuotto, Mainini y de Diago, un periódico editado por el Comité Nacional pro presos de Bragado que se editó hasta meses después de su liberación, en 1942.

Entre las revistas del período se destacó Nervio. Ciencias, Artes, una revista ilustrada que se editó entre el 1 de mayo de 1931 y noviembre de 1936, dirigida por V. P. Ferreira, A. Longuet, I. Aguirrebeña; S. Kaplán y Costa Iscar y en la que colaboraban, entre otros Elías Castelnuovo y Jacobo Prince; en 1932 cambió el subtítulo a Crítica, Arte, Letras. Otro emprendimiento a comienzos de la década fue Mundo Nuevo, Revista proletaria entre 1932 y 1933; Símbolo, Revista abierta a todas las tendencias modernas del espíritu, que se editaba en Rosario, dirigida por José Torralvo. Esta publicación mensual e ilustrada contaba además con una editorial y una librería con el mismo nombre. La revista Studi Sociale que se editaba quincenalmente desde Montevideo entre 1930 y 1943, bajo la dirección de Luiggi Fabri y luego de su hija, Luce Fabri. Hacia fines de la década del treinta y comienzos de la del cuarenta aparecieron dos revistas en las que escribieron los integrantes más destacados del movimiento de este período: se trató de Timón. Síntesis de orientación político-social que anunciaba desde el 1 de noviembre de 1939 su segunda etapa, que duraría hasta junio de 1940 –años antes se había editado desde Barcelona coincidiendo con la estadía de su director en España–, dirigida por Diego Abad de Santillán y Carlos de Baraibar escribieron Jorge F. Nicolai, Rudolf Rocker, José Gabriel, Wenseslao Carrillo, Mauricio Magdaleno, José Asensio y Luce Fabbri. Otra revista emblemática de este período fue Hombre de América fuerte y libre, en la que escribió gran parte de la juventud anarquista: Juan Lazarte, Jacobo Prince, Fernando Quesada, Jacobo Maguid, Luis Danussi, Edgardo Cascella, Aaron Cupit, Jorge Hess y Manuel M. Fernández. Esta revista se editó entre 1940 y 1945. Documentos históricos de España, dirigida por Fernando Quesada, en Buenos Aires, entre 1937 y 1939 cubrió esa franja de interés.

La particularidad de la década del treinta en torno a la prensa anarquista fue la pérdida relativa de espacio e importancia dentro del movimiento del periódico que había ocupado un lugar central desde comienzos del siglo XX. Si bien se trató de un desplazamiento paulatino, hacia mediados de la década del treinta se hizo evidente que La Protesta ya no funcionaba como el portavoz del movimiento ni era el periódico más relevante. Tras la represión, la quita de la franquicia postal y los juicios por asociación ilícita, La Protesta intentó recuperar la periodicidad, pero en noviembre de 1933 se convirtió en un periódico mensual. Esto le permitió recuperar la regularidad que había perdido tres años antes. Entre las múltiples razones para este desplazamiento debe tenerse en cuenta el declive de la FORA, la creación de la CRRA (Comité Regional de Relaciones Anarquistas) en 1932, que dio lugar a la FACA en 1935 y la aparición de nuevos periódicos que intentaron ocupar el lugar de portavoces del movimiento. Más que desafiar al histórico periódico anarquista, lo que parece haber ocurrido fue que la línea ortodoxa que representaba La Protesta perdió el lugar central que había mantenido, aun con sus desafíos, durante los años veinte.

La prensa fue el espacio más vital del movimiento, en el que se mantuvo el impulso descentralizado y diversificado que había caracterizado al anarquismo desde sus inicios en Argentina. Particularmente en la década del veinte, una serie de condiciones se conjuraron para que se recuperaran e intensificaran las estrategias editoriales de diversas agrupaciones. Pero al mismo tiempo la prensa fue un espacio intensamente disputado.

Consideraciones finales

La multiplicidad de iniciativas culturales fue una característica intrínseca de la experiencia libertaria en la región rioplatense. Este trabajo se propuso destacar la variedad de publicaciones y editoriales vinculadas al movimiento libertario que convivieron durante las décadas de 1920 y 1930. Algunos de los dilemas y contradicciones que esta heterogeneidad de iniciativas provocó se deslizaron en las quejas de los principales referentes del anarquismo local en torno al “problema de la prensa”. No obstante el trabajo intentó indagar de qué manera las transformaciones en la industria editorial y el propio derrotero del anarquismo alteraron estos emprendimientos.

El anarquismo compartió con el resto de la izquierda y con la industria editorial en expansión el esfuerzo por alentar la difusión masiva de la literatura y la construcción de un perfil de lector a través de una serie de estrategias que apuntaron a captar a esos lectores y, para ello, incorporaron ciertos rasgos del periodismo moderno y político; traducciones, ampliación de la oferta literaria, edición de libros baratos pero también ediciones cuidadas a un precio elevado destinado a quienes podían pagar por estas encuadernaciones.

La característica distintiva del anarquismo en la región frente al resto de la izquierda fue la ausencia de una autoridad centralizada y reconocida que determinara los límites frente a los cuales un sector disidente corría el riesgo de ser expulsado del movimiento. Por el contrario, la regla general fue el constante desdoblamiento en nuevos grupos, círculos y publicaciones que seguían identificándose como anarquistas y se presentaban como los verdaderos defensores del ideal.

Trasladado a la prensa, esto implicaba que cada agrupación editaba simultáneamente diversos periódicos que se superponían y hablaban en nombre del anarquismo. Esta fue la principal particularidad de la prensa libertaria con respecto al resto de la izquierda y constituyó al mismo tiempo su principal fortaleza y fuente de contradicciones. La ausencia de una autoridad centralizada favoreció que las tendencias internas tuvieran sus propias expresiones periodísticas y el surgimiento de emprendimientos destinados al combate ideológico interno. Estas iniciativas podían surgir de círculos, agrupaciones o inclusive como iniciativas casi individuales que editaban una hoja sin tener en cuenta las necesidades de la “colectividad”, la disputa por los lectores o el hecho de que apelaran al mismo público al que podía resultarle ardua la tarea de conocer y distinguir entre las varias publicaciones que se superponían.

Esta característica le otorgó al movimiento un gran dinamismo, al permitir que diversos sectores se apropiaran de la voz libertaria, interpretaran y reinterpretaran los principios doctrinarios, tomaran posición ante determinadas coyunturas, discreparan en torno a los principales desafíos y privilegiaran la cultura, la sociología o la política para expresar el ideal. Las distintas tendencias que albergaba el anarquismo local encontraban en la edición de un periódico un camino para la construcción de su identidad, para la diferenciación interna y para la consagración de sus redactores. No sólo permitió que en ciudades y pueblos del interior existieran varias publicaciones libertarias, ayudando de esta forma a la propaganda del ideal, sino que fue interpretada por gran parte de sus militantes y divulgadores como un signo de vitalidad, una característica intrínseca a un movimiento descentralizado y polifacético.

Esta descentralización también generó tensiones y ambigüedades. La percepción de estar derrochando esfuerzos fue señalada más de una vez desde fines del siglo XIX, pero convivió en tensión latente con quienes defendían la necesidad de multiplicar la cantidad de periódicos “pequeñitos, mal escritos, peor impresos, como sea”, tal como los caracterizaba Rodolfo González Pacheco.

 
Notas

1 Los términos “colectividad” y “comunidad” se utilizaban alternativamente en la prensa libertaria como forma de denominar al conjunto del movimiento. En el caso de Pierre Quiroule, en el artículo trabajado utiliza la categoría “colectividad”.

2 Pierre Quiroule, “De nuestras cosas: a la espera del Congreso Anarquista”, Ideas, primera quincena de septiembre de 1922, p. 3. Continúa en el número siguiente de la segunda quincena de septiembre de 1922.

3 Diego Abad de Santillán era el seudónimo de Sinesio Baudillo García Fernández, (Reyero 1897 – Barcelona 1983). Fue dirigente, intelectual e historiador del anarquismo. Desde muy joven vivió entre España y Argentina, fue aprendiz de albañil, herrero, tipógrafo y estudio Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid. Tuvo un lugar central como dirigente libertario en Argentina durante los años veinte y treinta. Su figura quedó vinculada a la FORA tras ser elegido como delegado de la central en el primer congreso de la Asociación Internacional de los trabajadores en Berlín durante 1922 y en el II congreso llevado a cabo en Amsterdam en 1924. Realizó numerosas traducciones de los textos clásicos del anarquismo para el periódico y para la editorial de La Protesta. En 1926 se incorporó formalmente a su grupo editor en medio del conflicto interno entre corrientes disidentes. Durante la guerra civil española organizó milicias populares, participó de la redacción del periódico barcelonés Solidaridad Obrera y dirigió Tierra y Libertad y Tiempos Nuevos. Ocupó cargos políticos en el gobierno autónomo de Cataluña y en 1938 fundó la revista Timón que tiene una segunda época en Buenos Aires. Para un recorrido sobre su vida ver sus Memorias. 1897-1936, Madrid, Espejo de España, 1978.

4 Entrevista a Humberto Correale, por Daniel James, fines de la década de 1980, Mimeo, pp. 155-156.

5 En este diagnóstico coincidían representantes de La Protesta, como Diego Abad de Santillán y de La Antorcha, Teodoro Antillí, Fernando del Intento o Rodolfo González Pacheco. La diferencia radicaba en las razones para ese estado de cosas y las soluciones propuestas.

6 Rodolfo González Pacheco fue dramaturgo y publicista anarquista. Fundó y editó Germinal (1906), La Mentira (1908), La Campana Nueva (1909), La Batalla (1910), Alberdi (1910), Libre Palabra (1911), La Protesta Humana (un intento por refundarla que duró sólo unos pocos números en 1916), La Obra (1916-1919), El Libertario (1920) y La Antorcha (1921-1932). En 1936 partió a España tras el estallido de la guerra civil para ponerse al frente de la Compañía de Teatro del Pueblo de Barcelona y dirigió una serie de publicaciones. En la década del cuarenta escribió guiones cinematográficos y colaboró como coautor en el film Tres hombres del río. Teodoro Antillí fue un periodista autodidacta y anarquista. Junto con Rodolfo González Pacheco impulsó una serie de emprendimientos y colaboraron en La Protesta hasta 1916, cuando se alejaron y crearon La Antorcha que se convirtió en la corriente rival y radicalizada del protestismo en los años veinte. Murió el 8 de agosto de 1923, a los 40 años.

7 La Semana Trágica fue un levantamiento popular en la ciudad de Buenos Aires, durante enero de 1919. El detonante fue el asesinato de un grupo de trabajadores en huelga en los Talleres Metalúrgicos Vasena por parte de los guardias de la fábrica que fue seguido por una sangrienta represión policial. En la actualidad hay consenso en que se trató de un movimiento popular producto de la indignación que superó el marco que intentaron darle tanto el anarquismo como el resto de la izquierda. Se convirtió en un símbolo de lucha de los trabajadores y fue el comienzo de la ofensiva patronal que a partir de este episodio organizó fuerzas como la Liga Patriótica y la Asociación del Trabajo, que proveía a las empresas y talleres de trabajadores no sindicalizados durante los conflictos obreros.

8 Luigi Fabbri (Ancora 1887 - Montevideo 1935) fue escritor, educador y militante anarquista. Colaboró como editor y redactor de L´Agitazione junto a Errico Maltesta en Italia y el periódico Universitá Popolare en Milán. Condenado y perseguido por la Italia fascista emigró a Uruguay donde colaboró intensamente en el movimiento anarquista rioplatense. Durante la década del veinte fue un referente al que las diversas corrientes internas apelaron como fuente de autoridad. Autor de numerosos folletos, artículos y libros entre los que se destacaron Dictadura y Revolución y Vida de Malatesta, editado en 1936.

9 Alfonso Longuet, “izquierdismo literario”, en Nervio, N° 2, junio de 1931, p. 5. Dirigida por V. P. Ferrería, Alfonso Longuet, Isidoro Aguirrebeña, Saúl Kaplan y Costa Iscar, Nervio se presentó como una revista literaria en la que colaboraron un amplio abanico de escritores, dibujantes, ensayistas y críticos de cine y teatro.

10 Alberto Bianchi (Buenos Aires 1898-1969) fue periodista, orador y traductor anarquista. Tuvo una participación destacada en el movimiento durante las décadas del veinte y treinta como colaborador de los periódicos La Obra y La Antorcha. Durante las campañas por la liberación de Sacco y Vanzetti en 1927 fue acusado junto a Horacio Badaraco de quemar una bandera norteamericana durante una manifestación y procesado por “traición a la patria”. Participó activamente de los debates sobre la centralización y la violencia. En la década de 1930 participó en la resistencia a la dictadura de Uriburu y colaboró como traductor y corrector en diversas editoriales. Como autor de teatro publicó varias obras y en las décadas de 1950 y 1960 colaboró con ensayos y traducciones para la revista literaria Reconstruir. Mario Anderson Pacheco fue un obrero y militante anarquista durante las décadas de 1920 y 1930. Autodidacta, le decían el “Negro” Pacheco y se destacó como orador y conferencista. Vinculado al antorchismo tuvo una amplia participación en las luchas sindicales del periodo y mantuvo vínculos con la FORA.

11 José María Lunazzi (la Plata 1904 - Buenos Aires, 1995) fue pedagogo y anarquista. Autor de varias obras. Fue un activo militante en la década de 1920 cuando integró la agrupación platense Ideas junto a Jacobo Maguid, y José Grunfeld, entre otros. Llegó a ser presidente de la Federación Universitaria de La Plata. En 1937 viajó como voluntario a España durante la guerra civil y desempeñó distintos cargos asignados por la CNT y la FAI en el Consejo Municipal de Valencia y Barcelona. A su vuelta a la Argentina participó de la campaña por la liberación de los presos de Bragado. Se doctoró en Ciencias de la Educación en 1987, en la Universidad de La Plata.

12 Severino di Giovanni (Chieti, Italia, 1901 - Buenos Aires, 1931. Militante y tipógrafo anarquista. Llegó a la Argentina en 1923 huyendo de la Italia fascista. En Buenos Aires escribió para el periódico L´Avvenire y luego editó su propio órgano de prensa, el periódico Culmine, impreso por él mismo. Alrededor de Culmine se reagrupó el sector más radicalizado del anarquismo que practicaba la expropiación y la acción directa. Desde 1926 fue reconocida su posición proviolencia dentro del movimiento y durante 1927, en plena campaña por la liberación de Sacco y Vanzetti será el autor de la colocación de las bombas a los bancos City y Boston de la capital porteña donde mueren dos personas. Éste fue el inicio de una serie de atentados que se sucedieron entre 1927 y 1931 cuyo punto más alto fue el atentado al Consulado Italiano en 1928 con un saldo de nueve muertos. Su aislamiento y el enfrentamiento con La Protesta desembocaron en el asesinato de Emilio López Arango, principal redactor y figura de La Protesta. En 1931 fue capturado por la policía y fusilado durante la dictadura de Uriburu, el 1 de febrero.

13 En agosto de 1924, un grupo de anarquistas vinculados a la FORA y La Protesta atacaron a tiros la imprenta del periódico Pampa Libre en Gral. Pico, La Pampa. Este episodio tuvo profundas consecuencias en el anarquismo local.

14 Domingo Varone (Buenos Aires, 1900-1979), dirigente sindical anarquista y luego comunista. En la década de 1920 estuvo vinculado al grupo editor de La Antorcha, participó activamente de las campañas por la liberación de Sacco y Vanzetti.

15 Juana Rouco Buela fue una obrera del vestido, editora y redactora anarquista. Se inició en la militancia durante la huelga de inquilinos de 1907. En la década del veinte se destacó como oradora y delegada en giras por el interior del país. En 1922, en medio de un clima de creciente tensión interna en el movimiento, fundó el periódico Nuestra Tribuna en Necochea.

16 Una reconstrucción de la clausura de La Protesta se publicó en “Buenos Aires bajo el estado de sitio”, 7 de septiembre de 1930; “Una visita de cortesía que no habíamos solicitado”, 10 de septiembre de 1930 y “Por qué el diario dejó de aparecer”, 28 de septiembre de 1930.

17 “El proceso a La Protesta”; “Nuevo proceso a La Protesta”, 25 de marzo de 1932; “La Protesta ante los tribunales”, 25 de junio de 1932.

18 El estado de sitio se restableció durante el gobierno de Agustín P. Justo entre diciembre de 1932 y mayo de 1933 y entre diciembre de 1933 y durante el año 1934. Ver “Nuevo asalto policial, allanamientos y detenciones”, La Protesta, 15 de julio de 1932.

19 “Antena”, Nervio. Ciencias, Artes, Letras, N° 1, mayo de 1931.

20 Horacio Badaraco (Buenos Aires 1901-1946) fue dirigente sindical y periodista anarquista. Ingresó al movimiento a partir del impacto de la Semana Trágica; en la década del veinte formó parte del antorchismo. En diciembre de 1927 fue condenado por apología del delito tras un artículo aparecido en La Antorcha, en el aniversario de la muerte de Kurt Wilkens. En 1930 fue nuevamente preso tras la represión del golpe de estado y confinado a Ushuaia. En 1932 participó del II Congreso Regional Anarquista de Rosario. Desde hacía tiempo y desde la cárcel venía desarrollando la idea de un frente único con otras fuerzas de izquierda. En 1934 fundó junto a Domingo Varone y Antonio Cabrera un grupo independiente anarcocomunista: el grupo Spartacus editó un periódico del mismo nombre que tuvo un gran impacto durante las huelgas de la madera (1934) y de la construcción (1936). A fines de 1936 partió a la España de la guerra civil y fue corresponsal del frente aragonés para los periódicos Solidaridad Obrera y Juventud Libertaria. Murió a los 45 años.

21 Juan Lazarte (Rosario 1891 – San Genaro 1963) fue médico, docente, sanitarista y ensayista vinculado al anarquismo. Estudió medicina en la Universidad de Buenos Aires y ciencias naturales en la Universidad de La Plata. Se recibió en la Universidad de Córdoba y completó estudios en las universidades de Columbia y Nueva York. En 1923 tuvo un temporario acercamiento a la corriente anarco-bolchevique favorable a la revolución rusa pero al año siguiente retornó al anarquismo más ortodoxo. Tuvo una extensa militancia en el gremialismo médico y fue impulsor de políticas sanitarias a cargo de agrupaciones profesionales. Editó un extenso número de folletos y libros en las décadas de 1920 y 1930.



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Fecha de recibido: 26 de agosto de 2016
Fecha de aceptado: 24 de septiembre de 2016
Fecha de Publicado: 14 de octubre de 2016

 

 

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