Anuario del Instituto de Historia Argentina, vol. 16, nº 2, e019, octubre 2016. ISSN 2314-257X
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Historia Argentina y Americana

 

DOSSIER
Claves para volver a pensar las culturas políticas en la Argentina (1900-1945). Perspectivas, diálogos y aportes

 

 

La muerte en espejo: movilizaciones, emociones y política de masas


Sandra Gayol

Universidad Nacional de General Sarmiento - CONICET, Argentina
Sandra.gayol@gmail.com


Cita sugerida: Gayol, S. (2016). La muerte en espejo: movilizaciones, emociones y política de masas. Anuario del Instituto de Historia Argentina, 16(2), e019. Recuperado de http://www.anuarioiha.fahce.unlp.edu.ar/article/view/IHAe019


Resumen
El artículo compara dos movilizaciones en la argentina de entreguerras. Demuestra las diferencias en la comprensión del poder, en la relación de las masas con el poder y en las formas de incorporación de las masas a la política democrática que tenían los nacionalistas y la UCR. Sostiene que ambos grupos políticos apelaron a las emociones para movilizar a la población y se valieron de ellas para validar o impugnar la capacidad política de las masas. Dolor, respeto, sumisión, solemnidad, fue el registro emocional validado por los nacionalistas que impactaba directamente en las formas de participación política y por ende en la cultura política. Los radicales muestran un régimen emocional más heterogéneo que no descuidó el orden, que apeló en ocasiones a la violencia pero que incorporó también el entusiasmo, la exaltación y la alegría como emociones positivas y constitutivas de la experiencia política de las masas. Con las herramientas de la historia social y cultural, el artículo brinda una visión más comprensiva de las prácticas y de la cultura política en la argentina de los años treinta en particular y del período de entreguerras en general.

Palabras clave: Movilizaciones; Emociones; Funerales; Cultura política; Politica de masas.


 

The death mirrored: demonstrations, emotions and mass politics



Abstract
The article compares two demonstrations during the interwar period in Argentina. It casts light over the differences in the ways nationalists and the UCR understood power, masses' relationship to power and the ways of bringing masses into democratic politics. Both political groups appealed to emotions to mobilize the population and manipulated them in order to validate or challenge masses' political capacity. Pain, respect, submission, solemnity, built up nationalists' valid emotional register; which directly impinged on the forms of political participation and therefore in the political culture. While radicals (UCR) showed a far more heterogeneous emotional regime that did not neglect order appealing to violence on occasions, but also building on enthusiasm, excitement and joy as positive and constitutive emotions of the political experience of the masses. Drawing on social and cultural history notions, this article offers a comprehensive view on Argentina's political practices and culture during the interwar period, with a special focus on the 1930s experience.

Key words: Demonstration; Emotions; Funerals; Political culture; Mass politics.



El 20 de mayo de 1932 El Debate de Montevideo, periódico afín al Partido Nacional de Uruguay y puntualmente a la corriente interna liderada por Luís María Herrera, publica una extensa y jugosa entrevista a Hipólito Yrigoyen. Realizada en su domicilio particular y poco tiempo después de que recuperara su libertad, el ex presidente argentino habla sobre “la incidencia del 6 de septiembre”, la crisis europea, la solidaridad de Uruguay con los exiliados políticos argentinos, la confraternidad sudamericana, los simulacros de fusilamiento mientras estuvo preso en Martín García, la situación política uruguaya… Este abanico de temas, en una entrevista que habría durado más de dos horas, culminó, según el cronista, con una pregunta sobre la muerte de José Félix Uriburu. “Cuando anunciamos el nombre del dictador el ex presidente nos mira tranquilo y fríamente y buscando la mirada del compañero Vázquez le dice: mi amigo, no se olvide usted del ejemplar que me ha prometido del diario del Dr. Herrera, “EL DEBATE”, donde al hacer la necrología del señor Uriburu, teje un elogio de mi persona. No lo olvide usted. Le quedaré muy reconocido”1.

Esta anécdota, más allá de las redes políticas y de amistad que existían entre un conglomerado de dirigentes latinoamericanos, sugiere que la muerte era parte del discurso político. Posiblemente Yrigoyen ignorara en ese encuentro que, un año después, sería su propio cuerpo muerto y el vínculo que la multitud instauró con él el que articularía opiniones políticas y un intenso debate público. Más aún, que su propio funeral sería usado como la contracara del de Uriburu y que ambos ofrecerían dos relatos, no siempre coherentes ni homogéneos, del pasado reciente argentino. También, seguramente no sospechaba que más allá de las fronteras nacionales sus exequias y las de Uriburu simbolizarían el derrotero bastante extendido de los regímenes políticos latinoamericanos: la transformación de la república liberal en dictadura (Gayol, 2016a).

No era la primera vez que la muerte impregnaba el espacio público. Si el ciclo de grandes funerales en torno al centenario de la revolución de mayo de 1810 es un antecedente evidente, hacía poco tiempo que especialmente las ciudades de Buenos Aires y Rosario habían cobijado el sepelio del máximo dirigente del Partido Socialista Argentino: Juan B Justo. Ese mismo año, 1928, la capital de la república también fue centro del asesinato y posterior velatorio multitudinario del militante anarquista Emilio López Arango. Los años treinta son prolíficos en exequias públicas. El asesinato de Enzo Bordabehere en el Senado de la Nación en 1935, el suicidio de Leopoldo Lugones en 1938 y el de Lisandro de la Torre un año después, fueron seguidos por el fallecimiento del presidente en ejercicio Roberto Ortiz en 1942 y, el mismo año, por el del máximo dirigente del momento de la UCR: Marcelo T de Alvear2. Pero Uriburu e Yrigoyen no son un eslabón más en esta cadena de ritos fúnebres, sino los eslabones principales. Ambos fueron dos figuras centrales de la primera experiencia democrática argentina, y tanto su accionar público como los homenajes que recibieron durante sus exequias expresaron simbólicamente, como ningún otro, el debate político central: las formas de incorporación de las masas a la política democrática. Por ello este artículo compara ambos funerales.

El ritual es una secuencia estereotipada y repetitiva de actos que comprende gestos, palabras, objetos y símbolos que se dan en un momento y lugar determinados (Turner, 1974). También es una práctica dinámica que puede alterar sus formas y sus efectos en el propio acontecer (Suzuki, 2000). La comparación estará atenta, entonces, al saber legado y heredado de los ritos fúnebres en general y los funerales públicos en particular, a las prácticas de movilización que tanto los nacionalistas como los radicales venían desplegando en el espacio urbano, a la coyuntura política local e internacional en que cada una de estas muertes se inserta y con la cual interactúa, y a la situación misma que se va generando en el transcurso del cortejo.

Ambos ritos fúnebres son –se argumenta– discursos simbólicos sobre la comprensión del poder, sobre la relación de las masas con el poder político y sobre cómo se pensaba su incorporación a la experiencia democrática. Los dirigentes de la UCR y un grupo de nacionalistas se valieron de la muerte de sus líderes para ocupar la calle3, pero –sostenemos– diferían notablemente en la ocupación ritual del espacio público. Esto es, en la disposición de las personas, en el perfil de los participantes involucrados directamente y deseados por los dirigentes, en la ubicación de los objetos y en el simbolismo político que desplegaron y que atribuyeron a cada una de estas muertes. Ambos ritos fúnebres son textos diferentes sobre la política.

En un momento en que las elecciones perdieron su centralidad –porque no las había, porque eran fraudulentas, porque algunos partidos políticos estaban proscriptos y/o porque muchos dirigentes políticos estaban en el exilio– y en un momento en que las manifestaciones callejeras estaban prohibidas por el estado de sitio o por la supresión del derecho de reunión, el rito fúnebre podía devenir en una manifestación política. Es lo que sucedió en Argentina con los funerales de Uriburu en mayo de 1932 y de Yrigoyen en julio de 1933. En los últimos años, numerosos trabajos vienen mostrando la vitalidad y complejidad de la política en la argentina de entreguerras. Abstención, proscripción electoral, fraude, levantamientos armados, huelgas y movilizaciones callejeras –hemos aprendido– fueron parte constitutiva de la política (Bejar, 2005; Bisso, 2005; Camarero, 2002; Halperin Donghi, 2003; González Alemán, 2012; Lobato Mirta, 2011, Tato y Roskind, 2012; Tortti, 1989). El artículo dialoga con estos trabajos y propone interpretar a los ritos fúnebres como prácticas que conmemoraban al muerto pero también interpelaron, demostraron y/o desafiaron al poder. Partiendo de dos eventos puntuales se recuperan las emociones como recurso esencial de la política moderna. La emoción, es decir, el involucramiento afectivo a un objeto y/o una persona que se experimenta y expresa en prácticas, fue un recurso esencial usado tanto por los nacionalistas como por los radicales (Braud, 1996; Scheer, 2012). Ambos –se argumenta– apelaron a las emociones para movilizar a la población y se valieron de ellas para validar o impugnar la capacidad política de las masas. Dolor, respeto, sumisión, solemnidad, fue el registro emocional validado por los nacionalistas. El sustantivo más preciado, orden, requería de estas emociones. El orden remitía, como se sabe, al mantenimiento de las jerarquías sociales y políticas. Pero también el orden era una restricción emocional que impactaba directamente en las formas de participación política y por ende, en la cultura política. Los radicales muestran un régimen emocional mucho más heterogéneo que por supuesto no descuidó el orden, que apeló en ocasiones a la violencia, pero que incorporó también el entusiasmo, la exaltación y la alegría como emociones positivas y constitutivas de la experiencia política de las masas. Las páginas que siguen, entonces, no tratan sólo de la muerte de dos dirigentes y de su impacto en una coyuntura política muy conflictiva, sino que a partir de las herramientas de la historia social y cultural aspiran a brindar una visión más comprensiva de las prácticas y de la cultura política en la argentina de los años treinta en particular, y del período de entreguerras en general. Los funerales permiten ver cómo en una movilización particular se expresan valores, ideas y concepciones que a través de la acción modelan y definen la cultura política4.

En el primer apartado desarrollo brevemente la interconexión permanente de las biografías políticas de Uriburu e Yrigoyen. En el segundo me detengo en el despliegue ritual y pongo el foco tanto en las formas y sentidos de la ocupación del espacio público como en los vínculos que se instauraron entre los cuerpos muertos y la multitud. Luego me aboco a la distinción, y sus implicancias políticas, entre espectadores y protagonistas, y finalmente analizo la relación entre emociones y participación política.

Dos biografías políticas entremezcladas

Uriburu e Yrigoyen se entrecruzaron casi siempre en sus dilatadas vidas públicas. Como fundador y uno de los jefes de la Logia de los 33 oficiales, Uriburu participó de la revolución de 1890 que desplazó a Miguel Juárez Celman de la presidencia de la Nación. En este contexto de crisis nació también la UCR liderada por Alem y luego por su sobrino, Hipólito Yrigoyen. En 1905 Uriburu fue uno de los encargados de reprimir la revolución de la UCR liderada por Yrigoyen. Luego de este fracaso, la UCR abandona la vía revolucionaria y avanza en su organización partidaria y en su tentativa de movilizar a la población urbana (Rock, 1977), y Uriburu asume como director de la Escuela Superior de Guerra, en 1907, para emprender de inmediato y por tres años una estancia formativa en el ejército prusiano. En 1914, Uriburu es elegido diputado nacional y dos años después, en 1916, Yrigoyen llega a la presidencia de la nación gracias al sufragio masculino, secreto y obligatorio estipulado por la Ley electoral de 1912. Fue su sucesor en la presidencia Marcelo Torcuato de Alvear, también de la UCR, quien designó a Uriburu como inspector general del Ejército. Fue Yrigoyen quien en 1929 lo pasó a retiro por haber cumplido con su edad reglamentaria. El segundo mandato presidencial de Yrigoyen, iniciado en 1928, fue acompañado por una fuerte radicalización de los antagonismos políticos, por enfrentamientos violentos en las calles de Buenos Aires y, hacia 1930, por una profunda crisis económica y social. Acusado de “dictador” por un conglomerado de actores políticos y económicos, el 6 de septiembre de 1930, un grupo de militares liderados por Uriburu lo sacó del gobierno y lo mandó a prisión.

Uriburu es designado presidente provisional, durante su gobierno disolvió el congreso, declaró el estado de sitio, intervino la mayoría de las provincias, autorizó la tortura a los disidentes políticos, aplicó la pena de muerte a varios militantes anarquistas, encarceló y mandó al exilio a yrigoyenistas y comunistas. Finalmente resistido, incluso por aquellos que habían originariamente apoyado su marcha hacia la casa de gobierno, el dictador se vio obligado a garantizar el regreso a la vida institucional llamando a elecciones. En febrero de 1932, y con la UCR proscripta, entrega la presidencia al general Agustín P. Justo. Se marcha a París donde moriría dos meses más tarde. Yrigoyen, enfermo, recupera la libertad para morir un año después.

Estas biografías tan ligadas en la vida pública se volvieron a cruzar en el momento de la muerte. El funeral de Hipólito Yrigoyen remite, impugna o pone en valor el funeral de Uriburu. La muerte de ambos dirigentes disparó un duelo público y político. Público porque se desarrolla mayoritariamente en el espacio público –aunque en la casa particular de Yrigoyen las fronteras entre duelo público y privado son muy porosas–, y político porque se apela a consignas, símbolos, prácticas y representaciones políticas. El estado argentino pagó y organizó la repatriación, el velorio y el funeral de Uriburu. Cedió el salón blanco de la casa de gobierno para que una “multitud se despidiera del líder de la revolución de septiembre”, asistió el presidente, todos los ministros, y los agregados de los países extranjeros presentaron sus condolencias. Fue desde la casa de gobierno desde donde partió el cortejo hasta el cementerio de La Recoleta. Yrigoyen fue velado en su domicilio particular de la calle Sarmiento y no recibió un funeral de estado5; fue la familia y la UCR quienes lo organizaron; a su funeral no asistió ningún miembro del gobierno argentino, aunque fue acompañado por representantes del Partido Socialista Argentino, del Partido Nacional de Uruguay, del Partido Nacional Liberal de Paraguay y del Partido Independiente de Chile. Si estas diferencias son importantes me interesa detenerme especialmente en el desarrollo del rito fúnebre y en la utilización ritual del espacio público.

El poder en el ritual

El primer aniversario de la muerte de Uriburu es señalado como el punto de partida para la consagración de su figura como mito fundacional del movimiento nacionalista argentino (Finchelstein, 2002). Se sabe muy poco sobre el rol que el funeral como tal jugó en este proceso y también se ignora el mensaje político que propusieron, el día de la inhumación, los seguidores más fieles del difunto. La repatriación y el funeral de estado fue posiblemente el acontecimiento político más significativo de 1932 y se reactivará, invertido, con la muerte de Yrigoyen en julio de 1933. Veamos, entonces, más de cerca ambos ritos de pasaje.

La embajada argentina en Paris y la Iglesia de Saint Pierre de Chaillot en esa ciudad fueron los espacios iniciales de una cadena de homenajes a Uriburu que se prolongaron durante varias semanas, hasta la repatriación a Buenos Aires, el 26 mayo de 1932. L’ Atlantique, barco que traía sus restos, hizo escala en varios puertos pero sin duda las escalas en Río de Janeiro –en donde la familia recibió las condolencias del presidente Vargas– y en Montevideo –en donde “militares uruguayos y representantes de la iglesia del Uruguay expresaron públicamente sus condolencias”6– fueron las más significativas. La detención en la capital uruguaya ofició de prólogo al homenaje oficial en Buenos Aires y fue arena de contestación entre los partidarios del difunto y los políticos argentinos exiliados7. La proximidad geográfica con Buenos Aires propició la rápida circulación de información, alentó el envío de corresponsales y, más importante, permitió el traslado de –según La Nación– “centenares de personas, deseosas de acompañar los restos del general Uriburu hasta su patria”8. Muchas de esas personas habían comprado pasaje para subirse al barco y llegar con el difunto al puerto de Buenos Aires.

Fue en la dársena del puerto de Buenos Aires donde el funeral de estado comenzó a desplegarse. Ex ministros del gobierno provisional, militares y marinos con uniformes de gala, “personalidades representativas” y una “nutrida concurrencia” esperaban el féretro. Escoltado por cadetes del Colegio Militar y de la Escuela Naval, el cadáver fue trasladado a la casa de gobierno en donde lo aguardaban el presidente Agustín Justo –vestido de gala militar y con la banda presidencial– y sus ministros. Ellos trasladaron a pulso el cajón hasta el Salón blanco de la capilla ardiente para que el público se despidiera del difunto. Un día después, cuando el cortejo recomenzó su marcha hacia el cementerio de La Recoleta, las bandas de la escuela Naval del Colegio Militar y del Regimiento 1 de Caballería tocaron marchas fúnebres.

El Regimiento de Granaderos a caballo, con bandera y charanga, abrió el cortejo y siguió luego a las carrozas que conducían las coronas. Detrás la cureña tirada por tres yuntas portaba los restos escoltados por cadetes de infantería del Colegio Militar y de la Escuela Naval. Luego, presidiendo el séquito marchaban el ministro de guerra, el introductor de embajadores miembro de la familia del extinto, altos funcionarios públicos, legisladores nacionales, ex ministros del gobierno provisional, la comisión de homenaje, las agrupaciones nacionalistas y otras personas de significación social y política. Seguirán a esas tropas las señoras de la legión femenina de la Legión Cívica, las damas que se adherían al acto y una compacta muchedumbre….9.

Mientras esto sucedía en la tierra, “más de cincuenta aviones militares”10 sobrevolaron el cielo porteño. Los “10.000 hombres”, según La Nación, con sus uniformes y armas respectivas son también muy visibles en las imágenes disponibles del evento.

Figura 1: La Nación, 28 de mayo de 1932, p.1


Nunca antes una ceremonia fúnebre en la Argentina había contado con semejante despliegue del aparato militar. El funeral de estado de Uriburu fue muy distinto de los funerales de estado que, iniciados por la república francesa, se celebraron en la mayoría de los países de occidente. En estos las salvas y la guardia de honor militar no obstruían ni ocultaban el carácter marcadamente civil de la ceremonia. Miradas en perspectiva histórica, las exequias de 1932 inaugurarán una forma de conmemoración fúnebre que será habitual para los presidentes militares argentinos del siglo XX.

El rito fúnebre de Hipólito Yrigoyen fue la antítesis. No se ve en éste el despliegue de fuerzas militares y paramilitares apropiándose y liderando el uso y los sentidos del espacio público. El gobierno del general Justo decidió, más allá del rechazo de la familia del muerto, implementar los honores oficiales que implicaban que el féretro fuera escoltado por el escuadrón de infantería y caballería, que las fuerzas del ejército y la armada estuvieran apostadas en las proximidades del cementerio esperando el cortejo, que una línea de tropas se desplegara a lo largo de la calle Callao y Quintana, y que desde los bajos de la Recoleta, el regimiento 1 de artillería disparara 21 cañonazos. Salvo estos cañonazos, el resto del homenaje oficial fracasó no sólo porque la cantidad de gente impedía con su sola presencia la posibilidad material de custodiar el féretro, formar filas y posicionarse de acuerdo a los usos que la policía y las Fuerzas Armadas implementaban en estos casos, sino también porque la multitud explícitamente impidió (con gritos, insultos y empujones) que participaran del acompañamiento11.

 


Figura 2: Mundo Argentino, 5 de julio de 1933, p.1.

El diario nacionalista Bandera Argentina relata con pavor, “… en Callao y Corrientes (…) fue cuando el destacamento 10 de caballería, designado para la custodia del féretro, tuvo que retirarse, silbado y vejado ante la hostilidad de millares de energúmenos…”12.

Esta “humillación al decoro del ejército”, como lo entendía el periódico, y que los radicales explicaban como “pequeños actos de justicia”13, muestran claramente la importancia política que tenía la presencia de las fuerzas armadas en el espacio público. Por supuesto que no era la primera vez que la connotación militar y marcial primaba, o pugnaba por hacerlo, en la “toma de la calle”. Los movimientos nacionalistas del siglo XX se diferenciarán radicalmente de todos los demás en principio por sus rasgos militarizados (Rubinzal, 2011 y 2012). También los radicales –como habían hecho en el pasado– apelarían a las armas en distintos momentos de los años treinta. Pero no se trataba de una repetición de rasgos que ya se venían desplegando, y tampoco era un retorno del “ciudadano en armas” reactualizado por las divisiones ideológicas y las identidades políticas propias de los años treinta (González Alemán, 2013). La impresionante presencia militar y paramilitar en las exequias de Uriburu fue una representación ritual del régimen político deseado y de la comunidad política anhelada. Si se mira con más detalle el lugar en el cortejo, los oradores, la oratoria y la organización de todo el proceso ritual, el funeral se impone como una reedición exacta de quienes marcharon hacia la Casa de Gobierno, y quienes integraron el gobierno provisional a partir del 6 de septiembre de 1930: Uriburu, las tropas de la primera, segunda y tercera división del ejército, los cadetes del Colegio Militar y del Centro Naval –que llenaron la Plaza de Mayo el 6 de septiembre–, los aviones, los miembros de la Legión Cívica con sus uniformes grises y bayonetas, el teniente coronel Kinkelin (integrante y orador en representación de la Junta revolucionaria antes de la inhumación), Matías Sánchez Sorondo (orador también en el cementerio de La Recoleta, ministro del gobierno provisional y encargado de enviar el ultimátum de Uriburu a los funcionarios del gobierno de Yrigoyen para que dimitieran), todos los integrantes del gobierno provisional, Juan Ramos (orador en representación de la Agrupación Femenina de la Legión Cívica), y todas las agrupaciones nacionalistas –organizadas, estimuladas o que habían sido presididas por el muerto y en cuyo nombre habló el general Francisco Medina– tuvieron la precedencia.

El periódico La Fronda festejaba que las “águilas de la revolución acompañaran al General hasta su última morada” y explícitamente escribía que “la aparición de los aviones militares trajo a la memoria de todos el recuerdo de la jornada memorable…”14. Como dijo el Teniente Coronel Kinkelín al momento de la inhumación: “aquí estamos, general, los que contigo hicimos la revolución…”15.

La muerte del ex presidente de facto fue menos una ceremonia del poder del gobierno –como sucede en la mayoría de estos ritos fúnebres– que una manifestación triunfal y exultante de quienes habían sido desplazados de la coalición gubernamental: los nacionalistas extremos. Apenas un año después de que un nutrido grupo de altos oficiales le había reclamado un rápido retorno a la normalidad institucional y conminado a ensayar una salida electoral, los despojos de Uriburu fueron el epicentro de una representación ritual del poder que atribuía un rol fundamental al ejército e insistía en la necesidad de cambiar la realidad institucional argentina a través de estructuras corporativas16. Fue un acto de restitución que apuntaba también al futuro pues la ritualización del poder redefinía y reubicaba a los distintos actores en la comunidad política. En efecto, las columnas de cadetes, gendarmes y milicias honraban a Uriburu y también lo protegían del público que siempre suele aparecer al final del cortejo, como límite externo de las columnas militares y de “distinguidos sociales”. Es una diferencia fundamental con Yrigoyen. Entre el cuerpo muerto de éste y la población no hay mediadores.

Clifford Geertz sostiene que determinados rituales pueden ser estudiados como textos, como una forma de discurso que la sociedad se da sobre sí misma (Geertz, 1987). Si partimos de esta propuesta general pero enfatizamos mucho más en los usos políticos que también autoriza el ritual, ambas exequias pueden pensarse como discursos simbólicos sobre el poder: muestran formas diferenciadas de representación del poder, de relación de las masas con el poder político y de su experiencia con la democracia política. Precisamente es en la relación de proximidad o de distancia, de “posesión” o de escamoteo del cuerpo muerto a la población, donde aparecen más intensamente y más claramente las diferencias entre los radicales y los nacionalistas. Las columnas de militares y paramilitares que flanqueaban el cadáver de Uriburu oficiaban de eslabones que unían, pero también mediaban entre él y el pueblo “encauzado” que invocaba no sólo una organización jerárquica del espacio público, sino también una concepción jerárquica de la participación política. La población aparece al final o contemplando desde las aceras el paso del cortejo. La población fue público asistente, aunque necesario, de un acontecimiento cuya apoteosis dependía especialmente de la pompa en el ceremonial y del consentimiento de los presentes a las autoridades militares constituidas. En las exequias de Yrigoyen no es la pompa la que concede la apoteosis sino la activa participación popular. No sólo el cortejo diluyó simbólicamente las jerarquías sociales y de poder político, sino que concedió todo el poder a las masas que se involucraron efectivamente en la ceremonia. Un presidente que supuestamente hablaba directamente al pueblo, sin intermediarios, sólo podía ser acarreado en brazos del pueblo, por lo que se subvertía así el ceremonial de los honores fúnebres.

Por supuesto que llevar a pulso el cadáver no fue una especificidad de la UCR. En la Argentina fue habitual en los entierros de militantes anarquistas y socialistas (Suriano, 2001; Lobato y Palermo, 2011). Los radicales ya habían hecho lo mismo cuando Yrigoyen asumió como presidente en 1916: la multitud lo llevó en andas hasta la Casa de Gobierno, y volverían a repetir esto en 1942, cuando murió Marcelo Torcuato de Alvear. La apropiación de un cuerpo es un acto político subversivo, de autonomía frente a los dirigentes y, al mismo tiempo, capitalizado por éstos en su disputa contra el gobierno. Un féretro a pulso muestra, primero que nada, la voluntad de dominar y conducir la ceremonia, y también de provocar a quienes bregaban por mantener las características previamente estipuladas para el cortejo: en este caso los dirigentes radicales, la policía y “los comisarios de fila designados por el radicalismo”17. El control popular del cuerpo muerto permitió, como decía desde hacía tiempo la retórica del partido, un vínculo directo entre el pueblo y el “apóstol”. Fue, además, una vuelta a las raíces del muerto: su humildad, austeridad e identificación con los orígenes populares ya eran parte del mito. Pero la imagen del féretro ondulante y disputado por la multitud, tan profusamente difundida en los medios de comunicación de la época y muy comentada por actores muy diversos, fue en 1933 un acto político que restituía simbólicamente el vínculo entre el líder y su pueblo que había roto el golpe del 6 de septiembre de 1930. Las exequias de 1933 inaugurarán una forma de rito fúnebre que se repetirá con varios de los presidentes democráticos de la argentina del siglo XX y XXI: la proximidad entre el muerto y los asistentes, la encarnación de uno en otro, la expresión de una única voluntad. No se tratará ni de la estricta jerarquización y distanciamiento plasmados en las exequias de Uriburu ni tampoco remontará a la figura presidencial que, como otrora, era apenas una delegación de las elites provinciales y una representante abstracta del poder impersonal del estado. Yrigoyen encarnaba la voluntad popular. Quienes participaron del cortejo no eran meros asistentes o espectadores sino actores fundamentales.

Los registros visuales reproducen estas diferencias. El estado filmó el funeral de Uriburu y los radicales hicieron lo propio con el de Yrigoyen18. El cortejo que acompaña a Uriburu sucede en estricto orden, las fuerzas de seguridad que escoltan los restos del ex presidente provisional son visualmente imponentes, y las autoridades políticas y militares se destacan por sobre las masas que desde la vereda miran el recorrido. Las placas de texto guían el discurso visual en donde los representantes del estado contienen, controlan y guían a la multitud. Mientras las fuerzas de seguridad dominan una placa de texto, la número 10, propone: “la masa humana alcanzó en algunos sitios proporciones inalcanzables y no era curiosidad lo que se leía en los rostros, era fervor de pueblo, dolor cívico, estoicamente expresado”.

El corto de los funerales de Yrigoyen es similar en estética y en técnica. Los planos y los encuadres también son generales y no hay individualidades. Pero se impone el protagonismo visual de las masas que en una independencia de movimientos y de iniciativa se apoderan de los espacios físicos y guían el cortejo. En un film de 8 minutos la cámara está detenida casi dos minutos, como si fuese una imagen fija, apuntando a la multitud llevando a pulso al ex presidente. Se ve, en una toma en picada, una marea de cuerpos trasladando el féretro en un acto tanto de posesión como de libertad.

En un estudio clásico sobre los rituales, concretamente sobre el carnaval, las procesiones y las fiestas patrias, Roberto DaMatta asoció los ritos fúnebres con estas últimas (DaMatta, 1997). Los entierros, sostuvo para Brasil, son muy similares a las fiestas patrias pues también ponen énfasis en el “orden, la jerarquía, la solemnidad y el respeto”. El funeral de Uriburu encaja en esta clasificación. Se asemeja también a las conmemoraciones patrias del recambio del siglo XIX al XX en Argentina, se toca con las que buscará impulsar su sucesor, Justo, cada 25 de mayo y 9 de julio, y también se emparenta con las procesiones cívicas de fines del siglo XIX organizadas por el radicalismo en conmemoración de la revolución del parque de 1890 (Bertoni, 2001; Reyes, 2016). Pero, como sugerimos en los párrafos precedentes, y como veremos en el próximo apartado, la cohesión y disciplina interna tiene en 1932 como rasgo novedoso y central a las masas. El funeral de Yrigoyen conjugó elementos que DaMatta catalogó como altamente ordenados y planificados, con otros festivos que se asemejaban más a los rituales de inversión que había trazado el autor pensando en el carnaval. No tanto porque pusieron “el mundo al revés” –aunque la manifestación radical anuló transitoriamente las diferencias sociales y políticas–, sino por el ritmo, las emociones y, en ocasiones, el carácter licencioso desplegado en el espacio público.

Las masas inevitables: público o protagonista

Colocar a las masas en la ambigua posición de partícipe del evento al mismo tiempo que de espectadora no implicaba que los nacionalistas se desentendieran de ellas ni que desalentaran su movilización. Copar la calle y apropiarse mancomunadamente del espacio público no implicaba que los radicales no se preocuparan por el orden. Ambas fuerzas políticas, en realidad el conglomerado de actores políticos y sociales del momento, sabían que una movilización exitosa era aquella capaz de convocar a mucha gente. Con una aceitada práctica en movilizaciones callejeras, con dirigentes que volvían del exilio o habían recuperado recientemente la libertad, los radicales cobraron gran visibilidad en las calles de la ciudad. Era lógico que volvieran a hacerlo el día de la muerte, previsible, de su líder. Tampoco era la primera vez que los nacionalistas salían a las calles. Como han mostrado numerosos trabajos, la expansión del nacionalismo en la Argentina en los años ’30 se hizo, como en otros lugares de América Latina y de Europa, a través de un ensanchamiento de sus bases que incluyó tanto a los miembros de la clase media como a los de los sectores populares (Buchrucker, 1987; Mc Gee Deutsch, 1999). Si bien no todos los dirigentes compartían la decisión de abrir las filas del movimiento, y más allá de la denigración y la violencia discursiva hacia las mayorías sociales y hacia la cultura popular plasmada en los escritos de algunos intelectuales de la derecha autoritaria, las experiencias de ciudadanía creadas por la Ley Sáenz Peña, la competencia política y las transformaciones sociales colocaron a las masas como una referencia inevitable en el discurso político (Rubinzal, 2011; Echeverría, 2015). El “pueblo” fue una figura omnipresente y tanto los nacionalistas como los dirigentes radicales describieron las movilizaciones que ellos mismos protagonizaban como populares. También lo será el funeral de cada uno de sus líderes que calificarán, naturalmente, como un acontecimiento único y multitudinario.

Es imposible saber cuántas personas asistieron al velorio y al funeral, cuántas participaron de los homenajes organizados en simultáneo en las capitales y pueblos de provincias, y cuántas escucharon por radio los discursos previos a las inhumaciones (el discurso que pronunció Justo en la casa de gobierno despidiendo a Uriburu fue transmitido también por radio a Brasil y a Uruguay). Las “no menos de 150.000 personas” que habrían desfilado por la capilla ardiente de Uriburu, y las “500.000” que habrían acompañado a Yrigoyen al cementerio de La Recoleta cobran sentido si se las compara con otras movilizaciones callejeras19. Según el diario Crítica, por ejemplo, un total de 60.000 personas se habría reunido frente al monumento a Alem para escuchar a los dirigentes radicales recién llegados del exilio el 27 de febrero de 1932. El “meeting de la libertad” multipartidario y multisectorial, organizado a iniciativa del Partido Socialista, efectuado frente a la Plaza del Congreso de la nación en junio de 1932, convocó al menos 20.000 personas. En 1936, el gran meeting por la paz, la libertad y la justicia social habría movilizado aproximadamente 150.000 personas20. Parciales, incluso sobredimensionadas, estas cifras sugieren que la participación de la población fue muy significativa, y especialmente significativa en el caso de las exequias de Yrigoyen.

La multitud que participó del cortejo de Uriburu fue heterogénea en edad y sexo. Si bien las fuentes nacionalistas, especialmente interesadas en resaltar el comportamiento deferente de la población, invocan ocasionalmente la presencia de “gentes humildes”21, las imágenes sugieren (especialmente por la vestimenta) la preeminencia de la clase alta y media alta. Desde varios puntos de vista quienes participaron del sepelio de Yrigoyen fueron mucho más heterogéneos. Adultos, ancianos, niños y jóvenes. Familias. Hombres y mujeres. Aunque los periódicos reparan especialmente en “una enorme movilización en su mayoría del pueblo”22, es claro que además de integrantes de los heterogéneos sectores populares se encuentran hombres y mujeres de los sectores medios, indicados por la historiografía como la principal base electoral de la UCR, y también integrantes de las elites. ¿Eran afiliados a la UCR? ¿Simpatizantes de la UCR? ¿Seguidores de Yrigoyen? En suma, ¿eran todos radicales? Sin ninguna duda sí lo eran en opinión de los dirigentes y de las publicaciones de la UCR. En sus relatos el pueblo, los simpatizantes radicales y la nación eran uno, eran indivisibles. Para el diario socialista La Vanguardia, “una enorme movilización en su mayoría del pueblo que tiene simpatías con el radicalismo”. Para los periódicos conservadores, La Prensa y La Nación, son “personas que mantuvieron amistad personal con el difunto y gran cantidad de afiliados a la UCR”. Las publicaciones nacionalistas tienen una opinión similar, pero no tanto porque «sean llevados por el partido»23 sino, como sostenía La Fronda, por su carácter «variado y pintoresco»24.

Es evidente que muchas mujeres y hombres eran radicales. Su presencia con símbolos partidarios (pancartas con imágenes de Yrigoyen, boinas blancas, la bandera de la revolución del parque) lo sugieren. Pero también debemos pensar que hubo muchos hombres y mujeres que asistieron al funeral, no necesariamente radicales (es fácil afirmarlo para los dirigentes del Partido Socialista Argentino), que se movilizaron esos días por una o varias razones a la vez: por la curiosidad de ver una movilización multitudinaria, por la emoción que despertaba la muerte, por el hábito de participar en los velorios (de familiares, de amigos, de conocidos) y de visitar los cementerios, por la necesidad y oportunidad de oponerse al gobierno, y/o por la posibilidad que brindó esta muerte particular de protestar por los derechos políticos amputados, por el golpe de 1930, o por la oportunidad que brindó para reclamar a quienes no tenían derechos, por ejemplo, las mujeres25.

Nunca todos los actores están igualmente implicados en una manifestación. Parece claro que muchos de los que participaron en mayo de 1932 o en julio de 1933 ratificaron su adhesión al nacionalismo o a la UCR respectivamente; otros posiblemente descubrieron sus simpatías por ellos participando, precisamente, en el cortejo. Es muy probable también que otros participantes mantuvieran, ratificaran o profundizaran sus diferencias con la UCR, con los nacionalistas o con el gobierno de Uriburu. También que muchos hombres y mujeres se hayan involucrado por simple curiosidad y no por razones políticas. ¿A quién rendían homenaje? ¿A qué?

Respeto fue el sustantivo más usado. Entendido de manera general, remitía a la consideración otorgada por la participación pública de ambos muertos y, también, a la consideración o respeto que imponía la muerte en sí. De manera más puntual el respeto podía atribuirse a las cualidades militares de Uriburu (las necrológicas de los diarios alemanes resaltan este valor) o a las dotes personales de Yrigoyen en vincularse directamente con el pueblo26. Pero el respeto era también gratitud. El diario La Fronda interpretó como una prueba de “gratitud nacional” el acompañamiento público a los restos de Uriburu27. El periódico entendía el gesto de agradecimiento en razón de “haberse puesto al frente de una empresa revolucionaria concebida y realizada como una exigencia imperiosa del honor argentino”28. Gratitud por haber impedido el “caos moral, administrativo y económico” atribuido al segundo gobierno de Yrigoyen29. Actores antaño fieles a la persona del difunto, pero que en 1932 habían tomado distancia de su gestión de gobierno, entendían la gratitud por su papel clave en la “revolución de 1930” que había puesto fin a la “plebeyización de la política” encarnada por Yrigoyen. Si este consenso básico rápidamente se bifurcaba entre quienes sostenían –como el presidente– que el proceso iniciado en septiembre de 1930 estaba ya concluido, y entre quienes –como su hijo Alberto Uriburu– afirmaban que la “orda yrigoyenista” estaba todavía al acecho30, un conglomerado de actores civiles y militares usó la presencia de la población en las exequias como un recordatorio de la “conjunción armoniosa de pueblo y ejército el día primaveral del 6 de septiembre”31. Este proceso de normalización y popularización del golpe de 193032, que el presidente Justo también hizo propio al afirmar “que se puso al frente de su pueblo cuando sus instituciones tambaleaban…” será usado por las agrupaciones nacionalistas en el proceso de popularización de la figura de Uriburu y se empeñarán en sostenerlo durante toda la década de 1930. El sepelio será pensado como la demostración de que Uriburu era un líder popular. Como confesaba en una carta Natalia Montes de Oca a la hija del extinto, Elena: “…con qué emoción me he enterado de los preciosos detalles de la santa muerte de ‘nuestro prócer’ ¡qué maravilloso ejemplo para todos y qué consuelo para ti, querida!... todo el pueblo de Buenos Aires le ha hecho una apoteosis única”33.

Estos hechos sólo eran posibles, explicaban, por las dotes naturales extraordinarias de Uriburu. A diferencia del liderazgo de los dirigentes socialistas, que explicaban la adhesión de la clase trabajadora al ideario del partido por la defensa que hacían de sus intereses, a diferencia también de las explicaciones brindadas sobre el apoyo al fascismo en Europa, y a su vez, de la explicación que darían los radicales, el liderazgo de Uriburu irradiaba de su sola presencia, no requería ninguna interacción. Como lo expresó Sánchez Sorondo en el homenaje tributado en el Congreso de la Nación en ocasión de su muerte, “su sola presencia despertaba manifestaciones entusiastas y conmovedoras, en su espontaneidad y sencillez. Lo mismo cuando al frente de la columna revolucionaria marchaba entre vítores y flores por las calles de la ciudad, o cuando realizaba giras por el interior…”34. Esa figura magnética en que estaba deviniendo Uriburu y que, como ha demostrado Finchelstein, tendrá un lugar muy importante en su construcción mítica encuentra en el funeral su punto de partida a través de la devoción tributada por el pueblo. La devoción nacía desde Uriburu porque era un “hombre bueno”, carente de ambiciones (“pudiendo haberlo hecho, no se eternizó en el poder” como lo hicieron “otros dictadores”) que tuvo la sabiduría católica y la grandeza política de anunciar, mientras recibía la extremaunción: “perdono a todos mis enemigos. Muero tranquilo”35. Pronunciadas el día de su muerte y en un contexto político local en que los socialistas y especialmente el diario Crítica denunciaban las torturas cometidas durante su gobierno, la figura hechizada en que se estaba convirtiendo Uriburu se moldeará también a través de los comportamientos mostrados y/o imaginados por sus seguidores el día de su funeral.

En efecto, las conductas en duelo público de ese pueblo eran la prueba más acabada de la “sanidad institucional, moral y política” que había realizado el muerto. La eficacia de la obra de Uriburu era su propio funeral que en su relato monocorde y ordenado expresaba la “buena política”. “Ese pueblo respetuoso y agradecido venera al general. Era la antítesis de las multitudes aturdidas en una hora aciaga de la conciencia nacional”36. “… la gente honrada, se entiende, porque la otra no ignora que el general Uriburu era por sí solo una fuerza de orden capaz de construir por su acción de presencia, los desbordes criminales de la canalla exaltada”. El respeto es entendido aquí como veneración y acatamiento. En una carta enviada por el hijo de Uriburu a Juan Molina, comisionado en Paris y mano derecha del extinto, aquél le comentaba complacido: “…la lectura de los diarios le dará una idea de lo que fue el entierro de papá, pero la realidad excedió todo lo que usted puede imaginar…cuadras desbordantes de multitud que a una voz de orden se arrodillaban y rezaban en voz alta el Ave María y el Padre Nuestro”37.

Para los dirigentes radicales la multitud en el funeral de Yrigoyen demostraba la amplia simpatía y fidelidad que los hombres y las mujeres tenían con el radicalismo. Pero la explicaban de manera muy diferente. El amor y la congoja del pueblo, su larga vigilia y su decisiva participación en el cortejo no residían únicamente en el liderazgo carismático –que remitía a la conocida concepción de Weber– y la devoción por la causa popular del viejo caudillo, sino que también se apoyaban en las profundas transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales que el radicalismo había provocado en la Argentina. La oratoria fúnebre reactualizó la relación entre régimen político y bienestar general que la UCR había desplegado en su discurso político durante sus casi 15 años de gestión de gobierno (Palermo, 2011). Yrigoyen, en palabras de Marcelo Torcuato de Alvear, era “el exponente más representativo de la solidaridad social”38. Logros, que como mostrará Alvear a través de sus distintas formas de participación en el proceso ritual, convertían a la UCR en la única alternativa política para las mayorías.

El liderazgo y la popularidad de Yrigoyen, resaltados con énfasis en 1933 por el discurso político del radicalismo, remodeló post mortem a Uriburu. Si “su sola presencia es suficiente para imponer orden” como publicó Bandera Argentina en 1932, un año después el mismo periódico publicaría: “necesitamos una mano fuerte que nos de orden”, necesidad que se expresaba en la frase pensada como sinónimo: “hace falta un Mussolini”, “queremos un Uriburu”39, escrita en mayo de 1933, la gigantesca movilización popular disparada por la muerte de Hipólito Yrigoyen reactualizó con bríos estas necesidades. Si el éxito de los movimientos fascistas alentaba las comparaciones, especialmente con Mussolini, serán los radicales y luego los socialistas, comunistas y judíos el contraejemplo vernáculo sobre el que se reconstruyó su carisma y popularidad póstuma. Frente a estos enemigos afeminados y cobardes se imponía su voz de “entonación varonil” que se pensaba habría ayudado a movilizar a las tropas el 6 de septiembre40. Pero fueron sus bigotes, símbolo de la virilidad en la cultura occidental, los que especialmente le permitían cautivar y fascinar a sus seguidores e infundir temor entre sus enemigos. La imagen post mortem de Uriburu no cesará de incorporar atributos asociados con la violencia y, gracias a un curioso parecido físico, la figura del general –especialmente su rostro– tendrá una semejanza notable con las imágenes que en ese mismo momento se propagaron del general Falcón, a quien se había recuperado para el panteón policial (Gayol, 2014). La “Sala Uriburu”, inaugurada en el Museo Histórico y Colonial de la provincia de Buenos Aires en Luján, en septiembre de 1932, contribuyó a sostener con “evidencias” este relato (Blasco, 2011). No se modificó, en absoluto, el vínculo que este héroe de la guerra mantenía con la multitud, ni los comportamientos y emociones pensados para ésta.

Emociones y política

La muerte es una experiencia única e irrecuperable. Los historiadores sabemos lo difícil que es reconstruir las actitudes que hombres y mujeres expresaron ante la muerte en un determinado momento histórico. Restituir las experiencias y el impacto de la pérdida en las subjetividades del pasado, –matrizadas a su vez por el género, la clase, la edad y la forma de morir– es casi imposible. Sin embargo, hemos aprendido que las expectativas sociales sobre cómo las personas deben comportarse frente a la muerte difieren en el decurso del tiempo y están estrechamente ligadas con el vínculo que se posee con la persona muerta (Douglas, 1996). Pena, dolor, alivio, alegría, indiferencia, son emociones que aparecen asociadas con la muerte. A menudo se las piensa, además, en relación con colores, sonidos y prácticas que también difieren según las personas involucradas y los contextos puntuales en que acontecen. Pero también las emociones son parte integral de la cultura política. Como muestran trabajos recientes, el desarrollo comercial, la democratización política y la cultura de los sentimientos se refuerzan mutuamente (Epstein, 2010). La comunicación emocional entre los ciudadanos y sus representantes políticos es parte constitutiva de la política moderna. Sabemos que los dirigentes de la UCR, tanto Yrigoyen como Alvear, cortejaron a los sectores populares, y también sabemos que especialmente el primero –aunque también el segundo– explotó los vínculos emocionales con sus seguidores (Horowitz, 2015). También los nacionalistas, como muestran los apartados precedentes, remitían permanentemente a las emociones tanto para describir a sus adherentes como para denigrar a sus rivales. Mucho más importante que lo dicho es que radicales y nacionalistas tuvieron una verdadera política de las emociones. Esto es, las usaron como recursos, como herramientas de la acción política (Frevert, 2013). También apelaron a las emociones para movilizar a las masas y evaluaron sus capacidades políticas de estas masas –o su ausencia– a partir de ellas.

En el velorio y en el cortejo de ambos líderes políticos afloraron las emociones. El negro era el típico color de luto, era también el color de Yrigoyen, que siempre vestía de negro en sus apariciones públicas; fue usado por los dirigentes radicales y, en un estallido poético, La Fronda apeló al negro para graficar la “oscuridad de la república” provocada por la muerte del general Uriburu. Hubo otros colores oscuros, como los uniformes grises que vestían los partidarios de la Legión Cívica en el funeral de Uriburu, y también el celeste y blanco de la escarapela y la bandera argentina. Las antorchas encendidas y los aviones que arrojaban flores frescas fueron también comunes a ambos ritos fúnebres. También las lágrimas. Se esperaba que la gente llorara frente al cadáver, que lo tocara y lo besara. Estos actos debían combinarse con el silencio y se renovaban, más o menos repetidos, con el incesante flujo de gente. En la calle, el duelo público era mucho más heterogéneo y es aquí, precisamente, en donde se inspiran las lecturas políticas de las emociones públicas.

Los tres días que duró el funeral de Yrigoyen produjeron una multiplicidad de crónicas que permiten captar un abanico heterogéneo de comportamientos emocionales. Los “ojos llorosos” coexistían con aclamaciones de apoyo al difunto, de oposición al gobierno y con la organización de una manifestación hacia la Plaza de Mayo41. La vigilia popular podía devenir –parece claro para muchos de los militantes radicales– en una movilización por las calles de la ciudad. Dos momentos fueron particularmente sensibles: la manifestación de antorchas del 5 de julio y las exequias del 6 de julio. Producto de la iniciativa, según La Nación, “de la nueva mesa directiva del comité de la capital que preside el Dr. Noel”, el desfile con velas encendidas se implementó entre las 23 y la 1 de la madrugada frente a la casa mortuoria. Fue, para La Nación, “una demostración popular de duelo (…) [en la que] la multitud acreditó en todo momento estar acongojada por la desaparición del Sr. Yrigoyen”42. Hubo momentos de piedad religiosa, cuando el gentío permaneció unos minutos en silencio o cuando se rezó una plegaria por la salvación del alma del líder muerto. Hubo expresiones de adhesión al radicalismo y símbolos partidarios (boinas blancas, vivas al partido, pancartas), el duelo se prolongó y “varias columnas se desprendieron e intentaron organizarse en manifestación para recorrer las calles de la ciudad”43. Antes de la procesión con antorchas “un grupo de exaltados”, según La Nación, “recorría las calles de la ciudad hablando en contra del gobierno y vivando a Yrigoyen”44. Esta convivencia de símbolos y prácticas del rito fúnebre y de las manifestaciones políticas (de adhesión al difunto, de pertenencia a la UCR y/o de oposición al gobierno) se volvió a desplegar en los funerales del 6 de julio.

El cortejo, como he mostrado en otro trabajo, fue lento (el trayecto desde la casa de Yrigoyen hasta el cementerio de La Recoleta duró un poco más de cinco horas), por momentos previsible, rítmico y desordenado al mismo tiempo de acuerdo al lugar de la ciudad y a la mayor o menor proximidad de la asistencia con el cuerpo muerto (Gayol, 2014). Hubo cánticos pero también momentos de un “silencio impresionante”45. Hubo, por supuesto, exaltación y hasta veneración a la persona de Yrigoyen, pero también entusiasmo y proyección hacia el futuro.

Los registros escritos y visuales disponibles del funeral de Uriburu son bien diferentes. Las descripciones en palabras y las imágenes visuales son monocordes y repetitivas. Es en esa homogeneidad donde se encuentra el rasgo más extendido de las exequias, y es en esta descripción recurrente en donde puede encontrarse también la multitud deseada o soñada por los nacionalistas y los grupos conservadores.

Para el diario La Nación “…la multitud en todos lados se había puesto en marcha para atestiguar con su emoción silenciosa lo que significaba para ella la muerte del hombre que la expresó en el acto más profundo de su vida… y esa multitud estaba allí con voluntad serena y reflexiva…”46. Con más énfasis aún, La Fronda escribió: “…gente quieta: no la estremece ni agita el bullicio característico de las grandes congregaciones populares…y la gente aguarda, casi inmóvil en su sitio, la gente espera sin que se evidencie un solo movimiento de nerviosidad, sin una sola expresión de urgencia o de fatiga”47. “…cada uno (de los asistentes) buscaba en el espacio del vecino el espacio para hacer más organizada la marcha…48.

Con esta lente y desde esta perspectiva, obviamente, la multitud que despidió a Yrigoyen merecía la cautela y la crónica distante, como la de La Nación y La Prensa, o la denuncia violenta, como la de las publicaciones nacionalistas. Es en la lectura de la multitud donde más claramente se ve cómo estos funerales son uno la contracara del otro y se refuerzan mutuamente. Si La Nación escribía sobre la manifestación de antorchas del 5 de julio de 1933 que “en todo momento la multitud mostró estar acongojada por la desaparición del señor Yrigoyen”, Bandera Argentina sólo veía un “…uso desconsiderado del himno. En todo momento la canción patria constituyó una diversión… no sólo esta muchedumbre violenta y sin control tomó el himno como un tango cualquiera, sino que la columna fanática e insensibilizada arrastraba banderas argentinas por el pavimento…la multitud abúlica y cansada no supo en ningún instante observar el silencio debido en un cortejo fúnebre”49. Caos, desafío al orden establecido, alteración de las jerarquías políticas y sociales, corrupción; son invocaciones que proliferan y que los grupos nacionalistas ya usaban –y seguirán usando– para referirse a los radicales Yrigoyenistas50. La nación argentina era la que estaba el 6 de septiembre y la que estuvo en el funeral del general Uriburu en mayo de 1932. “…a juzgar por la crónica de los diarios ¡cuán distinto espectáculo ofreció Buenos Aires el día inolvidable del entierro del general Uriburu! La inmensa columna de hombres, señoras e instituciones culturales, iba detrás del féretro, en infinidad de cuadras, en el más profundo silencio, emocionada el alma ante tanto dolor, abstraída en sí misma, sin una palabra….”51. “…era la decencia argentina en marcha muda, abstraída…”52.

Por supuesto que estas descripciones, esta retórica de las emociones, no se limitó a ambos ritos fúnebres. En 1936, estas publicaciones nacionalistas arremeterán exactamente en los mismos términos para denunciar y descalificar a la multitud que despedía los restos del cantor de tangos Carlos Gardel. Nuevamente compararán el supuesto comportamiento de los asistentes con el desplegado durante las exequias de Yrigoyen para contraponerlo, una vez más, al decoro y contención emocional que habrían primado durante la inhumación de los restos de Uriburu. El tango, que definían como bazofia arrabalera, un cantante popular que se quería vender como ídolo de masas y el Yrigoyenismo eran uno y lo mismo (Gayol, 2016b). El silencio y el orden no eran pensados solamente como la expresión legítima del dolor cívico por la muerte del líder. No eran sólo propuestos como una respuesta pública adecuada a la solemnidad que puede generar la muerte, sino que eran constitutivas de su propuesta de incorporación política de las masas. Los trabajos recientes sobre las movilizaciones nacionalistas y/o católicas coinciden en resaltar el desplazamiento ordenado y jerárquico por el espacio público y la delimitación precisa del lugar de cada uno buscada y valorada positivamente por los organizadores (Lida y Mauro, 2009; Rubinzal, 2011). También las propuestas culturales como los desfiles de gauchos –a caballo y de a pie– o las excursiones al museo de Luján reproducen este patrón (Blasco, 2016). Del mismo modo, la diversidad sonora, visual y emocional del rito radical no debe constreñirse a la ceremonia del adiós analizada en estas páginas. La miríada de manifestaciones callejeras y de conmemoraciones radicales en los años treinta brindan muestras elocuentes de la diversidad de formas de expresión en el espacio público, al mismo tiempo que de la diversidad emocional que convalidaban.

William Reddy sostiene que el régimen emocional, es decir, el conjunto de emociones normativas, de rituales oficiales y de prácticas es el fundamento necesario de cualquier régimen político (Reddy, 2004). Los nacionalistas y radicales expresaban, inculcaban, aceptaban y/o buscaban imponer el orden. Era ausencia de violencia física efectiva, por supuesto, pero para los nacionalistas implicaba respeto a las jerarquías sociales y políticas y –también muy importante– restricción emocional. Los radicales estaban muy interesados, especialmente en un contexto represivo como el que estamos analizando, en lograr una movilización multitudinaria y no violenta que le permitiera además, despojarse de la idea de caos asociada con su última gestión de gobierno, pero su espectro de emociones políticamente deseables y legítimas era mucho más heterogénea y diversa. El régimen emocional de uno y otros era muy distinto.

Consideraciones finales

La muerte fue un recurso de la política. El rito fúnebre que se articuló a partir de los cuerpos muertos de dos figuras políticas centrales de la primera experiencia democrática argentina fue un homenaje a sus personas, una instancia significativa en el proceso de construcción de sus memorias públicas y para las agrupaciones políticas que representaban y buscaban aglutinar, pero –enfaticé– fueron instancias que apuntaban también al futuro. Los cuerpos de los presidentes muertos, las disputas por ellos, dispararon y articularon un discurso sobre la política que se buscaba implementar. La organización y puesta en escena del rito de pasaje del “líder de la revolución de septiembre” materializaba el proyecto político de los nacionalistas, representaba a la sociedad estamental respetuosa de las jerarquías sociales y políticas. Fue una respuesta ritual y simbólica que tenía como contracara el materialismo, el individualismo liberal, la democracia y la demagogia de los partidos políticos, especialmente de los Yrigoyenistas. El funeral del líder de la UCR ofreció una ritualización y comprensión del poder diferente, especialmente por el lugar que en la comunidad política tenían los sectores populares.

Todas las fuerzas políticas, en un escenario signado por la democratización de las masas o la masificación de la política, hacían referencia al “pueblo”. Más aún, la presencia física del “pueblo” era indispensable. El artículo sostiene que las diferencias, sustantivas, se encuentran en la manera en que el “pueblo” es invocado, en el lugar que le es concedido en una manifestación, en los comportamientos públicos que se esperan de él y en cómo se piensa el proceso de construcción de la popularidad de sus líderes. Un pueblo “encauzado, sano y mudo” y también hechizado por las dotes extraordinarias de su líder, popular por naturaleza, remitía a un espacio público lleno retóricamente de pueblo pero, en los hechos, vacío de su presencia activa y de su práctica política. Yrigoyen no sólo era un “hombre común” sino que su persona, se sostenía, era la que encarnaba la soberanía del “pueblo”. El poder de su figura no menguó la participación política efectiva del “pueblo” y habilitó una diversidad de emociones legítimas.

Nacionalistas y radicales movilizaban a la población pero lo hacían de manera muy distinta y apelaban a emociones también distintas que tenían implicancias políticas. No se trataba de apelar al imperio de la razón por sobre las pasiones disolventes, tampoco de doblegar las emociones de las multitudes pensadas como irracionales y por eso descalificadas para el ejercicio de la ciudadanía política, sino que se trataba de proponer un régimen emocional que habilitaba ciertas emociones e impugnaba otras. La oposición no es razón-emoción sino una articulación peculiar entre la razón y ciertas emociones legítimas. En un libro clásico, Emilio Gentile llama liturgias de la congoja a la propaganda de fe patriótica que desplegaron entre las masas los gobiernos italianos previos a la llegada del fascismo. Sostiene que, si bien es lícito dudar de la eficacia pedagógica de esa liturgia, el perpetuo “rito del lamento” –alimentado por funerales y peregrinaciones– terminaba dando una impronta de pesadumbre carente del vitalismo, la regeneración y el renacer mediante el sacrificio de la vida típico del culto de los mártires. Más que ritos de la vida, afirma, terminaban por parecer como desgarradoras expresiones de congoja de una colectividad que se sentía abandonada por sus santos protectores en una época cada vez más incierta (Gentile, 2007). Con la lacerante expresión “recogimiento religioso… pesadumbre contenida y grave, sin una palabra”53, las publicaciones nacionalistas que circularon en 1932 (y los intercambios epistolares conservados en el fondo de Uriburu) reforzaban el carácter insustituible de Uriburu, lo que implica que su pérdida imposibilitaría la elección de algún otro objeto de amor. La muerte anunciada y sus funerales, preparados y pensados en detalle, pueden haber apuntado a aglutinar a las decadentes y dispersas agrupaciones nacionalistas54, pero también es evidente que no pudieron evitar transmitir la sensación de derrumbe. El dolor, y su expresión más legítima, el llanto, no fue purificador, sino un dolor de fidelidad aletargante. Si la abundancia de las lágrimas en el espacio público fue también rescatada por los dirigentes radicales como prueba de amor del pueblo a su líder, no se omitieron ni la exaltación ni el entusiasmo que claramente apuntaban hacia el porvenir.

No quiere decir, por supuesto, que las procesiones cívicas del radicalismo que conmemoraban, por ejemplo, a los revolucionarios del parque hayan desaparecido. Éstas surcaron también los años treinta y, más importante, mantuvieron la cohesión y la disciplina interna que las había caracterizado desde fines del siglo XIX (Reyes, 2013).Tampoco se trata de olvidar la apelación a las armas que, es sabido, realizó el partido, ni de opacar el lenguaje insurreccional que, no sólo primó en sus orígenes, sino que fue mostrado en algunas concentraciones contemporáneas al funeral de su máximo líder. Lo mismo puede decirse de la pesadumbre y la “emoción silenciosa” del funeral de Uriburu, la cual no invalidó la práctica de la violencia callejera, tanto verbal como física, como componente esencial del estilo político del nacionalismo. Se trata simplemente de recuperar dos acontecimientos que muestran otras formas de “tomar la calle” que no se inscriben necesariamente en la “política viril” y que tampoco se limitan –a juzgar por las emociones invocadas– a lenguajes y repertorios de acción colectiva que suelen asociarse con el decoro, el buen proceder y la respetabilidad. Las manifestaciones que hemos analizado también fueron pensadas por sus organizadores, y seguramente por muchos y muchas de sus participantes, como honorables y respetables

 

Notas

1El Debate, 20-5-1932, p. 4. La entrevista, termina con la pregunta sobre la muerte de Uriburu, sobre el empréstito que el gobierno de éste firmo con Gran Bretaña, y sobre la marcha y el futuro del radicalismo. Archivo de la Chancillería Argentina. República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. División Política, Uruguay, Expediente 3, 1932.

2 Deberían sumarse a esta serie los asesinatos de varios políticos en las provincias, las muertes de mujeres militantes como el de Julieta Lanteri (1932), Cecilia Grierson (1934) y Sara Justo (1941), el asesinato de Ernesto Matons (1941) y la muerte natural de Agustín Justo (1943).

3 Me refiero a los partidarios del General Uriburu antes, durante y después de su gestión de gobierno. Para los años treinta, y desde el punto de vista analítico, a este conglomerado de actores se los ha denominado nacionalistas (Buchrucker, 1987; Barbero y Devoto, 1983; Navarro Gerassi, 1968; Zuleta Alvarez, 1975) o como derecha autoritaria (Mc Gee Deutsch, 1999; Dolkhart, 2001; Echeverría, 2009).

4 Entiendo a la cultura política en los términos propuestos por Daniel Cefai, es decir, como algo que existe en la práctica efectiva de los sujetos históricos y no sólo como un conjunto de valores preexistentes que determinan la acción de los actores sociales (Cefai, 2001).

5 He desarrollado pormenorizadamente la puja del gobierno con la familia de Yrigoyen y con dirigentes radicales a partir del decreto de honores promulgado por aquél y de su falta de autorización para que sea velado en un lugar público en Gayol, 2014.

6 La Nación, 27-5-1932.

7 Los periódicos de Montevideo, El Debate y El Día, dan cuenta de las actividades de los exiliados políticos argentinos, de reuniones, homenajes al Uruguay por el asilo y solidaridad recibido, de encuentros con el presidente Terra y con diversos dirigentes políticos uruguayos. Los exiliados argentinos también usan los periódicos uruguayos para, mediante cartas, expresar sus opiniones sobre la política argentina. Véase por ejemplo: El Debate, 18-3-1932, 20-5-1932, 6-7-1933, 8-7-1933. El Día, 13-5-1932, 22-6-1932. El propio Yrigoyen, en el reportaje mencionado al inicio del texto se refiere al asilo político brindado por Uruguay en estos términos: “A esas actitudes tan hidalgas de los uruguayos, la nación argentina siempre sabrá responder”. Op.cit

8La Nación, 27-5-1932.

9 Las brigadas de marina estaban integradas por la Escuela Naval militar, la Escuela de Mecánica y Escuela de Artillería, máquinas y señales comandada por el capitán de fragata Francisco Bengoles. El ejército movilizó una brigada integrada por cadetes del Colegio militar, de la Escuela de suboficiales, de la Escuela de Mecánica, de la Infantería, Caballería y Artillería. También los regimientos 1, 2, 3, 4, 8 y 10 de infantería; y el 1, 2, y 10 de caballería, y el 1 de artillería. La Nación, 27-5-1932 y La Fronda, 27-5-1932.

10 La Nación, 27-5-1932. “Durante la ceremonia del sepelio volaran sobre el cortejo más de cincuenta aviones militares”, p.7.

11 Sobre este aspecto puntual pueden consultarse Bandera Argentina, Crisol, La Nación y Crítica del 7 de julio de 1933. El diario de la ciudad de Salta, Nueva Época, relata: “El teniente Luís Grisolía mientras el fúnebre cortejo marcha por la Avenida de Mayo al grito de ¡viva el partido radical! Arrojó sus charreteras degradándose. La policía intentó detener al altivo militar, pero éste, tomando del brazo al doctor Alvear, siguió su marcha. El pueblo, entusiasmado, ovacionó al teniente Grisolía, que fue paseado en andas”, “Arrojo de Charreteras”, 8-7-1933, p.1.

12Bandera Argentina, 7-7-1933, p.1.

13Tribuna Libre, edición especial, julio de 1933, p. 10.

14La Fronda, 26-5-1932, p.1. El 6 de septiembre de 1930 cuadrillas de aviones militares sobrevuelan diferentes puntos de la ciudad de Buenos Aires y dejan caer panfletos con una proclama de las Fuerzas armadas que intimaba a los hombres del gobierno “al abandono inmediato de los cargos que ya no ejercen para el bien común, sino para el logro de sus apetitos personales”, (Feldman, 2008-2009, p. 3).

15 Para el discurso de Kinkelin véase La Fronda, 28-5-1932. Menos visibles o directamente ausentes en el velorio y funeral fueron los militares y civiles que en 1930, y desde antes, habían también alentado y/o organizado la “revolución”. Los decretos de honores promulgados por los gobiernos provinciales a instancias del gobierno nacional dan cuenta de las tensiones y distanciamientos que despertaba el muerto en 1932 en muchos de sus otrora aliados.

16 Los casos más conocidos son los de Sánchez Sorondo, Medina y Kinkelin. Este último como dirigente de las unidades militares de la Legión Cívica Argentina en 1934 declaró: “el propósito fundamental del régimen de Uriburu era el establecimiento de las estructuras corporativas”, en Bandera Argentina, 28-2-1934, p.3. Un panorama sobre la complejidad y la dinámica política de esos años en (Macor, 2001).

17 La Prensa, 5-7-1933, p.3.

18 Archivo General de la Nación. Funerales Uriburu. 396. C161 A. Funeral Tte Gral Uriburu. Recepción y sepelio de los restos. Exéquias del ex presidente de la Nación Sr. Hipólito Yrigoyen.

19 Ambas cifras son tomadas de La Nación.

20 La información sobre estos encuentros las tomo de: (González Alemán, 2012).

21 Esta expresión aparece en la correspondencia de Alberto Uriburu.

22 La Vanguardia, 4-3-1933, p.1.

23 La Prensa, 6-7-1933, 4.

24 Para la construcción del estereotipo Yrigoyenista en el curso de los años ’20 especialmente en La Fronda: (Tato, 2004). La cobertura que realiza La Fronda del velorio y del funeral reafirma este estereotipo.

25 Un proyecto de ley de sufragio femenino fue presentado, y rechazado, al Congreso de la Nación por los diputados socialistas. Sobre los motivos de la participación de las mujeres en el espacio público (Barrancos, 2007).

26 Véase por ejemplo la cobertura sobre el impacto internacional del diario Los Andes de Mendoza. También El Comercio de Lima y El País de Montevideo del 1-5-1932.

27 La Fronda, 27-5-1932, p.1.

28 Ibid.

29 Ibid. Esta aproximación biográfica fue compartida, aunque menos adjetivada, por los principales diarios británicos y norteamericanos. The Times, The Daily Telegraph y The New York Times.

30 Carta de Alberto Uriburu a Juan Molina, fechada el 16 de junio de 1932. AGN. Fondo Uriburu.

31 Discurso de Escobar pronunciado durante el sepelio en representación de la Legión Cívica Argentina. Véase La Nación y La Fronda del 27 de mayo de 1932.

32 Sobre la popularización del golpe del ’30: (Feldman, 2008-2009).

33 Carta de Natalia Montes de Oca a Elena Uriburu de Chiappari, Buenos Aires, 13 de junio de 1932. AGN. Fondo Uriburu.

34La Fronda, 28-5-1932.

35 Esta frase, que publicaron la mayoría de los diarios fue nota de tapa y en negrita de La Nación. Véase 29-4-1932, p.1.

36Crisol, 28-5-1932.

37 Carta de Alberto Uriburu a Juan Molina, 13 de junio de 1932. AGN, Fondo Uriburu.

38 Discurso de Marcelo Torcuato de Alvear pronunciado durante la inhumación en el cementerio de La Recoleta el 6 de julio de 1933, en La Nación.

39 Citado por Finchelstein, p.114.

40 Finchelstein, op. cit. La descripción de Carlos Ibarguren, su primo, que ha contribuido mucho a generar una imagen bastante generalizada de Uriburu, también destaca esta capacidad para imponer autoridad. Lo describe así: “un espíritu enérgico, firme, rectilíneo y valiente…hablaba con precisión, expresando su pensamiento en tono decidido, en forma clara y terminante”. (Ibarguren, 1999, p. 512).

41 La Nación, La Vanguardia, Crítica del 5 de julio de 1933.

42 La Nación, 6-7-1933, p.1.

43 La Prensa, 6-7-33, p. 3.

44 El 7 de julio el mismo diario relata “desprendimientos” en estos términos: “…en la calle Sarmiento y en las inmediaciones se desprendieron cerca de medianoche varias columnas que intentaron organizarse en manifestación para recorrer las calles de la ciudad. Una de ellas, que abarcaba cuatro cuadras tomó por Suipacha hasta el Norte, dobló por Corrientes hacia el Oeste y exteriorizó el propósito de llegar a la avenida Callao. Los manifestantes, entre los que se contaban muchas mujeres, conducían velas encendidas y entonaban los conocidos estribillos que se popularizaron en los mitines radicales. Cuando la columna iba llegando a la calle Paraná le salió al paso un piquete de la policía montada. El oficial invitó a los manifestantes a volver sobre sus pasos. El desfile entonces continuó por Paraná hacia el sur para regresar a Sarmiento nuevamente hacia la casa mortuoria… después el público intentó organizar nuevos desfiles…”. La Nación, 6-7-1933, p.1.

45Critica, 7-7-1933.

46 La Nación, 27-5-1932, p.7.

47 La Fronda, 28-5-1932, p.1.

48 La Nación, 28-5-1932, p.1.

49 Bandera Argentina, 7-7-1933, p.1.

50 Esto no quiere decir que las descripciones y valoraciones del desplazamiento de la multitud en el espacio público haya sido idéntica. Bandera Argentina y Crisol apelan a las descripciones típicas de la multitud de fines del siglo XIX: instintiva, brutal, pasional y animalesca. Es la multitud caracterizada por Ramos Mejía y antes por Le Bon la que se filtra en sus páginas. Para La Fronda, que en ese momento pretendía disputar con las organizaciones de izquierda la influencia sobre los trabajadores, se trataba de la multitud fabricada por la sociedad de masas, que en su versión local y más degradada era la que apoyaba al radicalismo y específicamente al Yrigoyenismo.

51 La Fronda, 22-7-1933, p.3.

52 La Fronda, 9-7-1933, p.1.

53 La Nación, 27-5-1932.

54 Esta idea fue originalmente propuesta por Finchelstein.

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Fecha de recibido: 8 de Septiembre de 2016
Fecha de aceptado: 2 de Octubre de 2016
Fecha de publicado: 14 de octubre de 2016

 

 

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