Anuario del Instituto de Historia Argentina, vol. 16, nº 2, e017, octubre 2016. ISSN 2314-257X
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Historia Argentina y Americana

 

DOSSIER
Claves para volver a pensar las culturas políticas en la Argentina (1900-1945). Perspectivas, diálogos y aportes

 

Claves para volver a pensar las culturas políticas en la Argentina (1900-1945). Perspectivas, diálogos y aportes.

 

Mariela Rubinzal

CONICET, Universidad Nacional del Litoral, Argentina
mariela.rubinzal@gmail.com

 

Cita sugerida: Rubinzal, M. (2016). Claves para volver a pensar las culturas políticas en la Argentina (1900-1945). Perspectivas, diálogos y aportes. Anuario del Instituto de Historia Argentina, 16(2), e017. Recuperado de http://www.anuarioiha.fahce.unlp.edu.ar/article/view/IHAe017


 

En las últimas décadas la historiografía argentina ha presentado un interés notable por los estudios que abordan las diversas aristas de la relación entre la cultura y la política. Si examinamos las publicaciones, los proyectos de investigación y la constitución de grupos de investigación observamos que la perspectiva predominante en los estudios de historia política está cada vez más abierta a incorporar problemas culturales y sociales. Los insumos teóricos provienen de diversas vertientes: el giro lingüístico, el giro cultural, la sociología y la nueva historia social… De esta manera se fue constituyendo un campo de estudio signado por la heterogeneidad de perspectivas, la amplitud del término ‘política’, y la recurrencia a utilizar el concepto de “culturas políticas” para pensar un conjunto amplio de problemas.

Si tuviéramos que reponer en forma breve el recorrido académico del término de “cultura política” deberíamos señalar, en primer lugar, que esta categoría tuvo un itinerario plagado de vaivenes. Apareció en la segunda mitad del siglo XX en el ámbito de la sociología norteamericana con el trabajo de política comparada de Gabriel Almond y Sidney Verba (1963). Los autores del estudio señalaban que “el término cultura política se refiere a orientaciones específicamente políticas, posturas relativas al sistema político y sus diferentes elementos, así como actitudes relacionadas con la función de uno mismo dentro de dicho sistema (…)” y, agregaban, “es un conjunto de orientaciones relacionadas con un sistema especial de objetos y procesos sociales.” (Amond y Verba, 1992 [1963] p. 179) Este trabajo pionero abrió una línea de indagación sobre la relación entre la cultura política de un país y la fortaleza de las instituciones democráticas. Ronald Inglehart (1998) y Robert Putnam (1993) –entre otros- siguieron el camino trazado por Almond y Verba otorgando a la cultura política un alto valor explicativo de los procesos y formas políticas democráticas.

En la década de 1980 el concepto de cultura política recibió un nuevo impulso desde el paradigma interpretativo el cual partió de la crítica a las limitaciones derivadas del enfoque conductista. En la línea interpretativista –influenciada por Clifford Geertz (2003 [1973])- la cultura aparece como una esfera autónoma (ya no como una derivación del universo material o social objetivo) que merece ser investigada en términos relacionales. La atención de los investigadores se desvió entonces hacia las configuraciones simbólicas, los rituales, las formaciones discursivas, las creencias –entre otros- elementos que permiten comprender el mundo de la política de una determinada sociedad. De esta manera el sentido de la acción política es plausible de ser analizado a través de procesos sociales a partir de los cuales los sujetos asignan significados. La historiografía francesa dedicada al estudio de la Revolución se volcó a interpretar las prácticas sociales y los discursos políticos como arquitecturas simbólicas que poseen una lógica determinada. Así los estudios sobre la iconografía usada en las manifestaciones; el calendario revolucionario; o el sustrato cultural de la revolución pusieron en cuestión la idea tradicionalmente aceptada sobre el predominio de la filosofía ilustrada en los orígenes del proceso revolucionario. En la perspectiva de Serge Berstein el estudio de las culturas políticas –el cual surge de la intersección entre la historia política y la historia cultural- intenta explicar “los comportamientos políticos por una fracción del patrimonio cultural adquirido por un individuo durante su existencia.” (Berstein, 1999, p. 400) En este sentido, la cultura política es el resultado de muchas experiencias vividas y tiene una doble faceta porque es un fenómeno individual (“interiorizado” por el individuo) y, al mismo tiempo, colectivo. De esta manera el estudio de la cultura política permite, por un lado, explicar la lógica de la adhesión de una persona a un programa político y, por el otro, comprender la unión de grupos alrededor de una cultura (una visión común del mundo, una lectura compartida del pasado, una misma perspectiva de futuro, de normas, de creencias y de valores expresados en un vocabulario, símbolos, rituales y gestos).

El enfoque lingüístico colocó el discurso y las prácticas simbólicas en el origen de los cambios políticos. La preminencia del discurso en relación a lo social ha planteado diversas críticas de los historiadores que argumentan que la experiencia social no puede ser reducida a lo discursivo. William Sewell se encarga de subrayar el carácter semiótico de las prácticas sociales y explica cómo el mundo social es semióticamente construido lo cual puede verse en los supuestos, creencias, instituciones y formas materiales de la existencia humana. Por su parte Keith Baker sostiene que el verdadero problema radica poder realizar una articulación entre diversas modalidades semióticas (incluyendo prácticas que podrían denominarse “realidades sociales no discursivas”). Por lo tanto la clave está en la reformulación de lo social, entendiendo lo social como “una red articulada y cambiante de prácticas semióticas que construye y transforma los marcos materiales que establecen las matrices de esas prácticas y que delimitan sus consecuencias.” (Baker, 2006, p. 71)

En la década de 1990 la historiografía abordó algunos problemas importantes derivados de los usos de la categoría de cultura política y las fronteras de lo político. En este sentido Berstein afirma que lo cultural prepara el terreno a lo político y que una cultura política se construye inmersa en un “clima cultural”. De esto se deriva su carácter evolutivo, su vigencia depende de su capacidad de dar respuesta a los problemas del momento de lo contrario se podría caer en “una contradicción demasiado fuerte con las realidades”. (Berstein, 1999, p. 398) Además de la adecuación de las culturas políticas a las circunstancias (siempre cambiantes) hay otra razón para la evolución de las mismas: los aportes de las “culturas políticas vecinas” para la resolución de los problemas. Es decir la evolución de las culturas políticas es un hecho necesario y deseable en la medida en que éstas deben adaptarse a las circunstancias y, también, es una consecuencia de la influencia de culturas cercanas que proponen una determinada forma de resolver un desafío social.

La historiografía española reciente ha propuesto una nueva mirada sobre la unidad de análisis trasladando el foco del estado nación a movimientos políticos determinados. Así las culturas políticas tienen una dimensión nacional y otra situada en territorios, memorias, grupos, comunidades, etc. Los estudios sobre las culturas políticas de las derechas española han demostrado las diferentes sensibilidades, motivaciones e intereses que pueden convivir en un mismo grupo siempre que se sostengan, como ha señalado Gonzalez Calleja (2003) líneas de contacto que posibilitan el consenso, la convivencia, la solidaridad, el reclutamiento y la movilización.

En este panorama se dibuja un campo de estudio abierto y heterogéneo. Los autores de este Dossier han elegido trabajar las distintas formas en que lo cultural influye en lo político y lo político en lo cultural en el marco de una Argentina sacudida por el impacto de dos guerras mundiales, una crisis económica mundial e innumerables avatares locales. El hilo conductor ha sido la reflexión sobre las “culturas políticas” encarnadas en diferentes grupos sociales, movimientos y partidos políticos durante la primera mitad del siglo XX en Argentina. Esta categoría, si bien amplia aparece como una herramienta fructífera para pensar las interacciones entre las prácticas, los rituales, los discursos y las representaciones, constituyentes de distintas caras de las identidades políticas. De esta manera, la misma ofrece un campo de observación más amplio que el delimitado por la Historia política tradicional permitiendo incluir actores y fenómenos que no eran tenidos en cuenta por pertenecer a otras esferas de la vida social y cultural.

Alejandro Cattaruzza invita a cuestionar las imágenes y “convicciones” (o al menos, como él sugiere, suspenderlas provisoriamente) del mundo de la política de los años treinta que fueron reproducidas en los ámbitos académicos. Este modelo analítico, que se basa en el enfrentamiento abierto de dos culturas políticas contrapuestas, no permitiría ver el universo político en toda su complejidad. Por el contrario, la clave para comprender la política de entreguerras es analizar “la reorganización de las relaciones entre la cultura y la política”. Un dato fundamental sobre la que se asienta esta perspectiva es la proximidad entre las prácticas desplegadas por quienes se movían en estas esferas y, también, las coincidencias en los elencos involucrados en ellas. “En esa zona de cruce tan activa se forjaron muchas de las representaciones que los actores de las disputas político-culturales manejaron de sí mismos, de sus adversarios, de las batallas en las que estaban empeñados y de los ámbitos en que se libraban.” A partir del análisis de tres núcleos - la posible existencia de una tradición vinculada al democratismo radical; la tarea de construcción de pasados nacionales por parte del comunismo; y el ejercicio de la crítica literaria en el seno de la revista Hechos e Ideas - el autor plantea los problemas teóricos y metodológicos relativos a las culturas políticas de este período.

Lo político lejos de permanecer aislado en su propia lógica se expresa en ámbitos tales como el cine, la radio, las publicaciones periódicas, las novelas populares, las asociaciones civiles, las bibliotecas barriales, e inclusive, la muerte. Sandra Gayol analiza la relación de las multitudes con la muerte y el cuerpo definiendo diferentes modos de participación política argumentando que los funerales permiten ver valores, ideas y concepciones que a través de la acción modelan y definen una cultura política. Las exequias de Hipólito Yrigoyen y las de José Félix Uriburu expresaron simbólicamente el debate político central a partir de la implementación de la llamada Ley Saenz Peña, a saber, las formas de incorporación de las masas a la política democrática. La comparación de ambos funerales combina elementos propios de los rituales funerarios y de “las prácticas de movilización que tanto los nacionalistas como los radicales venían desplegando en el espacio urbano”. Estas experiencias permiten establecer las estrategias diferenciales que las culturas políticas nacionalista y radical efectuaron a partir de la muerte de sus líderes, ocupando y llevando el ritual a las calles. Las emociones, la vida cotidiana y la muerte se insertan en el mundo de la política como un “recurso esencial” en tanto lograron movilizar a la población “y se valieron de ellas para validar o impugnar la capacidad política de las masas.” Por su parte, Francisco Reyes analiza los rituales partidarios de radicales y socialistas en la coyuntura del Centenario. Estas prácticas reponían un conjunto de motivos que excedían las particularidades de las dos corrientes analizadas e incluyeron la exaltación de la nación con lo cual se propone la idea que “desde el momento mismo de la fundación de la primera democracia argentina el nacionalismo o, mejor aún, alguna versión del mismo, jugó también un papel determinante para todas aquellas fuerzas que pretendían ocupar un lugar en el nuevo escenario.” De todas formas, esa cultura política nacionalista proporcionó insumos lo suficientemente amplios como para permitir diferentes apropiaciones y a la vez sentar las bases sobre la cual se edificará una política de masas.

Como se ha repetido en numerosas ocasiones el período de entreguerras tuvo la singularidad de profundizar las influencias internacionales en el escenario político local, especialmente en ciertas coyunturas, ofreciendo una serie de coordenadas y tópicos que organizaron los discursos, configuraron identidades y permearon prácticas políticas. Lejos de ser un movimiento unidireccional, las lecturas sugirieron reapropiaciones y nuevas categorías para pensar y actuar la política local. En esta clave María Inés Tato examina las repercusiones culturales, políticas y sociales de la denominada Gran Guerra en nuestro país constatando que “los avatares de la guerra hicieron emerger diversas facetas de la cultura política nacionalista forjada desde el siglo precedente en torno de la identidad nacional”. Este nacionalismo definido en sentido amplio -como la cultura política que propugna a la nación como valor identitario primordial- proporcionaba una base programática que podía ser invocada por distintas tradiciones políticas. La Primera Guerra Mundial fue vivenciada como una crisis moral y cultural de dimensiones inéditas, por lo que las tradiciones políticas en nuestro país al tiempo que situaban a Europa –en otros tiempos admirada- en el camino de la decadencia inconcebible buscaron filiarse con otras configuraciones identitarias. El panhispanismo ofreció, para algunos autores como Manuel Gálvez, una de las respuestas posibles a esa crisis. Por su parte la sociedad – dividida en rupturistas y germanófilos- apelaba a los canales de expresión preexistentes para canalizar las inquietudes. Estos espacios proporcionaban plataformas para múltiples usos bibliotecas populares, clubes, centros recreativos, comités radicales, centros socialistas, centros de estudiantes y sindicatos. Más allá de las agrupaciones especialmente creadas para actuar en la esfera pública local, de un lado u otro del campo de batalla de opinión, creemos que un aspecto fundamental de las primeras décadas del siglo XX fue la constitución de los ámbitos culturales, recreativos, sindicales y sociales en tanto tierra fértil donde crecieron y se procesaron las diferentes disputas momentos cruciales en la cimentación de las identidades políticas. Además de estos espacios, las culturas políticas contaron con un recurso más antiguo pero no menos poderoso: las publicaciones periódicas por donde discurría la vida cotidiana de las organizaciones. Ilana Martínez las ha llamado “tribunas de papel”, verdaderas articuladoras de ideas y prácticas fundamentales para la construcción de las identidades políticas. Su artículo aborda los recorridos de la “cuestión internacional” a partir del análisis de los emprendimientos editoriales impulsados por el grupo de izquierda del socialismo argentino, entre 1929 y 1935, a saber, Bandera Roja, Cauce e Izquierda. Este grupo disidente luego constituirá el Partido Socialista Obrero (PSO) en 1937. En el trabajo la autora demuestra el rol fundamental que tuvo la prensa partidaria de entreguerras generando todo tipo de actividades. En el caso del PSO, una subcultura política dentro de la corriente socialista, estas publicaciones funcionaron como herramientas para consolidar la organización de un grupo político autónomo a partir de –entre otras críticas- “marcar la oposición entre marxismo y reformismo y en este sentido, la experiencia europea parecía sumarle a estos argumentos una suerte de línea causal entre reformismo y fascismo”.

Las culturas políticas nos hablan de entramados complejos, de tradiciones en las cuales los actores se desplazan enarbolando estrategias, dotados de capacidades singulares y capitales relativos, que ponen en juego para concretar sus propósitos. En esta línea Hernán Camarero reflexionó sobre los repertorios de organización y las subjetividades que habitaron la cultura política comunista de entreguerras. Por estos años el comunismo se convirtió en la corriente más importante y dinámica dentro del proletariado industrial consiguiendo miles de adherentes, organizando actividades de agitación y propaganda que imprimieron una fuerza singular a las huelgas. Enfocando los organismos de base, el autor se dedica a estudiar una lógica totalmente novedosa en las culturas políticas del país: la conformación de células obreras las cuales funcionaban como el primer ámbito de socialización militante. Tal como explica el autor la célula fortalecía el compromiso militante, disciplinaba a sus miembros y se adaptaba a la acción clandestina. A partir de estas experiencias los militantes forjaban un modo de ser (de pensar, actuar y hablar) que configuraban una identidad política “signada por un vanguardismo obrerista.” De esta manera se configuró una “subcultura política” dentro del campo de las izquierdas “localizada en ámbitos específicos” y conformada por militantes totalmente entregados a la causa. Es interesante ver cómo esa pequeña comunidad política que representaba la célula –la cual podía reunir un mínimo de tres individuos y un máximo de veinte- imponía una serie de “formas rituales” y la obligación a sus miembros de brindar informes periódicos al Partido sobre sus recorridos personales: cualquier cambio o alteración del rumbo en la ocupación, el oficio o el domicilio –sin hablar de otros- eran susceptibles de ser sancionados.

El artículo de José Zanca muestra claramente la existencia de subculturas católicas en la entreguerras a partir de analizar el desarrollo de un espacio secular específico denominado “cultura católica”. La particularidad de dicho espacio es “la ausencia de un centro programático claro” y la variabilidad de la teología política. En este sentido sostiene que lejos de abrazar en bloque las ideas nacionalistas, específicamente el rechazo absoluto al liberalismo, los católicos llevaron adelante un debate sobre qué aspectos de éste podrían ser compatibles con la fe. A través del diálogo entre las subculturas católicas “circulaba el debate político-religioso” cuyo anclaje material fueron las organizaciones de hombres, mujeres, jóvenes y niños; las publicaciones de carácter intelectual y diarios de circulación masiva; las narraciones que proveían los libros baratos y las proyecciones barriales de cine piadoso, entre otras. En otras palabras, para que fuera posible dicha circulación “debieron desarrollar formas diferenciadas de sociabilidad.”

Luciana Anapios analiza una serie de publicaciones y editoriales vinculadas al movimiento libertario que convivieron durante las décadas de 1920 y 1930. Dichas iniciativas estuvieron jalonadas por dos elementos fundamentales: las transformaciones en la industria editorial y el propio derrotero del anarquismo que afectaron a estos emprendimientos. De esta manera las publicaciones buscaron difundir literatura para un público masivo; incorporar ciertos rasgos del periodismo comercial; ofrecer traducciones de obras relevantes. Esta cultura política se destacó por “la ausencia de una autoridad centralizada y reconocida” y por “el constante desdoblamiento en nuevos grupos, círculos y publicaciones” que se identificaban a sí mismas como anarquistas. La proliferación de textos le otorgó al anarquismo un dinamismo notable a la vez que una serie de conflictos hacia el interior de dicha cultura política, multiplicando las tendencias y la diferenciación interna, lo cual se tradujo en su producción editorial.

Cuando hablamos de nacionalismo nos encontramos ante una situación similar en el sentido de la conflictiva convivencia de diversas tendencias en su seno. Sin perder de vista este rasgo estructural, mi artículo aborda la relación de la tendencia predominante del nacionalismo con las industrias culturales en la Argentina de la década de 1930. El análisis se centra en los productos culturales elaborados y difundidos por grupos, intelectuales y escritores –muchos de los cuales no han recibido atención de los especialistas- adscriptos al nacionalismo argentino. El consumo de dichos bienes es estudiado en el marco de la disputa política por imponer un modelo de nación por sobre otros. El nacionalismo argentino concibió la “cuestión cultural” como un aspecto central de su cruzada política y elaboró distintas estrategias y prácticas para difundir sus ideas en los más diversos sectores de la sociedad, incluyendo a los trabajadores. Dentro de dichas estrategias se destaca la proliferación de publicaciones periódicas nacionalistas que promovieron productos culturales de distinto tipo: la edición de libros de bajo costo; actividades culturales organizadas y promovidas para sus lectores en teatros, cines, o espacios abiertos; “viajes culturales” organizados por la dirección de las publicaciones. Fueron en realidad complejos dispositivos culturales a través de los cuales se organizaban otros consumos (radiales, musicales y cinematográficos) y se promovieron prácticas colectivas con los lectores (encuentros, veladas musicales, viajes culturales, etc.). Lejos de ser un atributo de las publicaciones periódicas nacionalistas esta matriz se encuentra en proyectos editoriales de otros signos políticos, religiosos y comerciales que se adecuaron a los tiempos de la política y la cultura de masas. En este sentido, los nacionalistas utilizaron estrategias modernas para difundir modelos fundados en las jerarquías, los corporativismos, los autoritarismos, los fascismos y la tradición católica.

Llegados a este punto, sólo me resta expresar mi profundo agradecimiento a los autores de este dossier que con gran generosidad y dedicación han aceptado la invitación a reflexionar sobre las culturas políticas de la primera mitad del siglo XX.


Bibliografía citada:

Almond, G. y Verba, S., (1992 [1963]) “La cultura política”, en: AA.VV., Diez textos básicos de ciencia política, Ariel, Barcelona.

Baker, k., “El concepto de cultura política en la reciente historiografía sobre la Revolución Francesa”, Ayer 62/2006 (2): 89-110.

Berstein, S. (1999) “La Cultura Política”, Jean-Pierre Rioux y Jean-François Sirinelli, Para una historia cultural, México, Taurus.

De Diego Romero, J. (2006) “El concepto de «cultura política» en ciencia política y sus implicaciones para la historia", en Ayer (1): 233-266.

Geertz, C. (2003[1973]) La interpretación de las culturas, Barcelona, Gedisa

González Calleja, E. (2003) Aproximación a las subculturas violentas de las derechas antirrepublicanas españolas (1931-1936) en Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea.

Inglehart, R. (1998). Modernización y posmodernización: el cambio cultural, económico y político en 43 sociedades. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.

Putnam, R. (1993) Making Democracy Work. Civic Traditions in Modern Italy Princeton, Princeton University Press.

Sewell, W. H. (2006) Por una reformulación de lo social, Ayer, No. 62, Más allá de la historia social. España.

 

 

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