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Anuario del Instituto de Historia Argentina, 2010, nº 10, p. 137-163. ISSN 2314-257X
Universidad Nacional de La Plata.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Instituto de Historia Argentina "Dr. Ricardo Levene".

Dossier : Lo que se cuenta sobre la revolución

El Sesquicentenario de Mayo, la memoria y la acción editorial: Memoria e Historia hacia 1960

May 150th Anniversary, Memory and Editorial Action

Isabel Paredes

UNTREF
isahistoria@yahoo.com.ar

Resumen
El trabajo que aquí se presenta analiza los lugares de memoria relacionados con los grandes aniversarios del suceso considerado primigenio en la historia argentina: el 25 de mayo de 1810 y la manera en que se conmemoró el Sesquicentenario, considerando especialmente el manejo de esa memoria desde el ámbito oficial y editorial. En 1960 no quedaban monumentos por erigir ni nombres por instaurar, la acción editorial fue el centro de la conmemoración y se propuso, aunque no siempre lo logró, una difusión masiva de la documentación e investigaciones que giraban en torno a Mayo. A pesar de las intenciones que guiaron a quienes comenzaron en 1958 los preparativos de festejo, el Sesquicentenario resultó una celebración frustrada y una conmemoración cuasi forzada, que quedó inconclusa tanto en sus objetivos como en el aspecto material.

Palabras clave: Aniversario; Memoria; Conmemoración

Abstract
The aim of this paper is to analyse the historical landmarks related to the great anniversaries of an event regarded as original in Argentinian History : the 25th May 1810, and the way in which the Sesquicentenary was commemorated, taking into special consideration the handling of recollection in the official and publishing spheres. In 1960 there were neither buildings left to be erected nor names to be remembered. Commemoration was at the core of the publishing action, though not always successful. Its aim was the massive distribution of the documentation and investigation centred on May. But, despite the attempts of those who led the preparations for the celebrations in 1958, the Sesquicentenary turned to be a frustrated, almost aborted commemoration, both in terms of its goals and in its material aspect.

Keywords: Anniversary; Memory; Commemoration


Introducción

Los trabajos acerca de la memoria han tenido una amplia difusión en la historiografía de los últimos años, especialmente en dos vertientes: por un lado los referidos a los tiempos recientes, vinculados con la memoria traumática(1) y por otra parte, las investigaciones que se han volcado al estudio de la memoria impuesta desde los libros de texto.(2) El trabajo que aquí se presenta, en cambio, analiza los lugares de memoria relacionados con los grandes aniversarios del suceso considerado primigenio en la historia argentina: el 25 de mayo de 1810 y la manera en que se conmemoró el Sesquicentenario, considerando especialmente el manejo de la memoria desde el ámbito oficial y editorial.(3)

La elección del tema es de interés, por cuanto, con la llegada del Bicentenario, se profundizó, nuevamente, el análisis relativo a la significación de 1810 en relación con el origen del Estado argentino. Si bien la historiografía actual ha concluido, aparentemente, el debate acerca de la "nación preexistente" a 1810, al afirmar que la Historia no convalida dicho supuesto, se considera que para preservar el significado que el hecho ha tenido y tiene para los habitantes, es necesario reconocer su valor. (4)

En 1960, cuando no quedaban monumentos por erigir ni nombres por instaurar, la acción editorial fue el centro de la conmemoración y se propuso, aunque no siempre lo logró, una difusión masiva de la documentación e investigaciones que giraban en torno a Mayo. En esta ocasión también jugaron un papel central las pujas entre distintas corrientes intelectuales e historiográficas. En el Sesquicentenario hubo una celebración frustrada y una conmemoración cuasi forzada, que quedó inconclusa tanto en sus objetivos como en el aspecto material. En sus objetivos, porque la Argentina de 1960 distaba de ser el país pacificado, unido y próspero que se había prometido en 1958 cuando se proyectaron los actos, y en lo material porque algunas de las obras previstas no se concluyeron o no se realizaron.

A fin de comprender los conceptos básicos que se reiterarán a lo largo del trabajo, es necesario aclarar el significado con que se utilizarán.(5) Así, cuando se haga referencia a actos, se entenderá que es toda reunión formal destinada a celebrar o conmemorar, con hechos o palabras, sucesos del pasado. En cuanto a la diferencia entre celebración y conmemoración, siguiendo la significación original vinculada con ceremonias litúrgicas, cabe establecer que la primera es un acto solemne para alabar o ponderar a una persona o cosa, mientras que la segunda es recordar o evocar a una persona o hecho memorable. En ambos casos puede tomar las características de un festejo. Celebra quien se siente protagonista y parte de lo que se recuerda, en cambio la conmemoración la realizan aquellos que están fuera de los hechos y le rinden homenaje al pasado, sin tomar parte de él. En las dos situaciones se recurre a la memoria, pero con diferentes características, según la relación con el tiempo y el espacio de lo memorado y la identificación de quien memora con los hechos recordados.

En general, al referirse a las celebraciones y fiestas mayas, se impone la referencia al Centenario en 1910, sin embargo, los cambios por los que atravesó el país a lo largo de cincuenta años y la inestabilidad política y económica que caracterizó el período 1930-1960, obligó a la sociedad a interesarse por temas más urgentes e inmediatos y las necesidades políticas condicionaron, desde el gobierno, la manera de organizar, difundir y realizar los actos públicos correspondientes. La población dejó de sentirse protagonista para ser sólo espectadora de una conmemoración.

La elección del tema y el momento, no ha sido aleatoria. Se ha observado que si bien la experiencia argentina reciente ha marcado el valor que la memoria tiene para los pueblos, hasta el momento son pocas las obras encuadradas en la temática de la memoria que contemplen aspectos de la historia argentina anterior a la década de 1970, por lo que surge la necesidad de analizar el manejo que se hizo de esa memoria en otros momentos de la vida del país. Con respecto al Sesquicentenario, al momento de realizar este estudio, salvo el trabajo de Joaquín Perrén(6) no se han encontrado investigaciones específicas, solamente alusiones en las obras que analizan el período encuadrado entre 1958 y 1962 y no desde el punto de vista de la memoria, sino simplemente mencionando, en algunos casos, que se conmemoró el Sesquicentenario. Es por ello que se considera de interés encarar la labor de cubrir algunos de los vacíos existentes en la historiografía de la memoria, desde los distintos ángulos que ha merecido su tratamiento. Como ha señalado Elizabeth Jelin, todo acto de memoria responde a unanecesidad del presente y a su vez está vinculado a una situación conflictiva, tanto cuando ocurrió como cuando se lo memora.(7) La cuestión de memorar se desarrolla, entonces, en dos planos: por una parte quien deja la huella define qué es lo que va a dejar; por otra parte, el presente selecciona cuál de esas huellas usar. Esta relación con el pasado se enlaza con la relación temporal y de participación que el presente tiene con ese pasado cuya memoria busca instaurar, para lo que se ha de tener en cuenta que el tiempo de la memoria no reconoce la duración real de los acontecimientos, sino en relación con su propia percepción de lo que se recuerda o se quiere recordar.(8)

Si bien en este trabajo se analiza el uso de la memoria desde el ámbito oficial, es posible aplicar algunos conceptos referidos a la memoria individual ya que, si el hombre como individuo busca perpetuar su acción, el que ocupa funciones gubernamentales buscará hacerlo desde ese lugar, pues las instituciones, en tanto funcionan por la actividad de los hombres, responden a sus mismas inclinaciones. En el Sesquicentenario el paso del tiempo, la desvinculación de los autores de la reconstrucción de la memoria con los hechos originales y los cambios sociales, transformaron la memoria inicial en metamemoria, creándose una representación de ella(9) . Dicha representación se trasmite de dos maneras distintivas: materiales (monumentos, placas, lugares específicos) y narrativas, tanto orales como escritas. En el último caso, la comunicación entre pasado y presente se mantiene en la medida que pase de generación en generación. En la forma escrita, esta narración a veces tiende a confundirse con historia, por lo que es necesario que el investigador tenga en cuenta sus diferencias. Al respecto, cabe recordar las características distintivas que da Joël Candeau: mientras que la memoria sólo pretende ser verosímil, busca instaurar una imagen del pasado a la que moldea según la tradición y busca fusionarse con el pasado, la historia busca la exactitud de la representación, trata de aclarar lo mejor posible el pasado, manteniéndolo a distancia.(10)

A los fines de esta investigación no resulta necesario, a priori, confirmar cómo sucedieron los hechos en la realidad, sino cómo fueron transmitidos y cómo fueron incorporados a la memoria colectiva, pues aquí no se trata de utilizarla como recurso de investigación ni de "corregirla", sino de analizarla como objeto de estudio a través de la significación que se le dio en la época del Sesquicentenario. Para ello resulta ineludible tener en cuenta que, para 1960, existían diversas corrientes historiográficas que conformaron las visiones imperantes en la época y que pugnaban por imponerse (11). También aquí es necesario aclarar términos. En este trabajo se hará referencia a quienes utilizaron a la historia con fines políticos. Es sabido que todo historiador actúa desde una postura política, por eso es que, a mediados del siglo XX, se hablaba de una corriente liberal, una corriente revisionista nacionalista, una corriente de izquierda.(12) Sin embargo existe otra aplicación del término que incluye la intencionalidad de usar la historia supeditada a la política, que en la actualidad algunos autores denominan historia militante.(13) Si se tiene en cuenta que a fines de la década de 1950 existía en los ámbitos académicos la postura de hacer "historia objetiva", es decir, aplicar un método de investigación basado en el análisis documental, que "no deformara" los hechos y permitiera la profesionalización del historiador de manera independiente a la "política práctica", se entenderá cual era el cuestionamiento que se hacía en esa época a las corrientes historiográficas que no se ajustaban a estos parámetros.(14)

Las fuentes que se han utilizado son los debates parlamentarios, las leyes y los decretos que dieron origen a la oficialización de actos, festejos, celebraciones y conmemoraciones, como así también las obras publicadas con auspicio oficial. La importancia del análisis de los debates parlamentarios radica en el hecho de que, se hayan aprobado o no los proyectos tratados, dejan inferir las distintas posturas imperantes en la época en el ámbito gubernamental, sin olvidar que algunos legisladores eran también historiadores prestigiosos que, probablemente, habrán influido desde su puesto para imponer su propia visión de la historia. También se ha recurrido a la entrevista de personas vinculadas con los trabajos que se analizan y, por ser un trabajo centrado en la memoria, se ha consultado a personas ajenas al quehacer histórico y que en aquel entonces eran estudiantes o simples ciudadanos, para comprobar qué es lo que recuerdan del Sesquicentenario.

A poco de indagar acerca de las acciones conmemorativas, se destaca en primer lugar la labor editorial, el Sesquicentenario fue, esencialmente, una conmemoración en el papel. Es por ello que en este trabajo ocupa un lugar especial el estudio de la obra más significativa que se proyectó y publicó en la ocasión: la Biblioteca de Mayo. Colección de Obras y Documentos para la Historia Argentina, sin dejar por ello de mencionar otras obras, que devienen en fuentes y lugares de memoria en sí mismas.

El Sesquicentenario (15)

La situación en el ámbito internacional era compleja hacia 1960, la guerra fría mantenía dividido al mundo y entraba, aparentemente, en una etapa de distensión.

Sin embargo, el proceso de descolonización y las revoluciones del tercer mundo, centradas especialmente en la lucha de guerrillas, presentaban nuevos escenarios y nuevas tensiones. En el continente americano el triunfo de la revolución cubana en enero de 1959, abrió la posibilidad de otros movimientos similares que, a lo largo de la década del 60, originaron presiones e intervenciones del gobierno norteamericano para evitar su proliferación. La noción de países desarrollados y países subdesarrollados generó nuevos foros de discusión internacional centrados, especialmente, en la situación de los recién independizados países africanos y en las repúblicas hispanoamericanas.(16)

La República Argentina no era ajena a la influencia de lo que acontecía en el exterior, pero a su vez tenía su propia complejidad interna. A partir del golpe de Estado contra el gobierno que encabezaba Juan Domingo Perón, se inició un período en el que las fuerzas armadas acrecentaron el predominio que ejercían desde 1930, con lo que limitaron a los gobiernos constitucionales que surgieron de elecciones condicionadas y proscriptivas, características estas últimas que le restaban legitimidad a las nuevas autoridades. Cuando en 1958 se reorganizaron los poderes de gobierno y ocupó la presidencia de la Nación Arturo Frondizi, éste debió hacer frente a graves problemas provocados por los planteamientos militares, la presión para que levantara la proscripción del peronismo, la profundización de la crisis económica y los reclamos sociales. Sin embargo, las perspectivas que brindaba el desarrollismo, provocó la ilusión de que era posible vislumbrar el futuro con optimismo.(17) El país se concebía como "La tierra predestinada".(18) La búsqueda del crecimiento con desarrollo, el aumento en la explotación de los hidrocarburos, la instalación de parques industriales automotrices y ferroviarios, entre otros logros, acrecentaba esa visión positiva. El apoyo de los intelectuales fue de trascendencia para el triunfo electoral del nuevo gobierno, sin embargo medidas y situaciones como la llamada batalla del petróleo, la ley que ponía en pie de igualdad a la enseñanza pública y privada, la tardanza en cumplir con los compromisos para levantar la proscripción del peronismo, la represión ejercida ante los reclamos sociales, la inflación y, a mediados de 1959, el nombramiento de Álvaro Alzogaray como ministro de Economía, causaron el descontento y distanciamiento de ese sector intelectual, que en parte pasó a la oposición.(19)

En el campo histórico, apareció un grupo de nuevos investigadores "renovadores", que trataban de diferenciarse tanto de los liberales como de los revisionistas, pero que recién comenzarán a ocupar un espacio propio a partir de la década siguiente.(20) También en el ámbito académico se produjeron cambios, la muerte de Emilio Ravignani, Ernesto Celesia, Ricardo Rojas y Ricardo Levene, entre otros, dio lugar a que sus sitiales fueran ocupados por otros historiadores más jóvenes y más vinculados con nuevas formas metodológicas que, sin abandonar la perspectiva de la Nueva Escuela, la adecuaron a la época. Tal el caso de Roberto Etchepareborda(21) y de Julio César González, que fueron incorporados a la Academia Nacional de la Historia en diciembre de 1960.

En un clima de conflicto y, a la vez, de confianza en el porvenir, se iniciaron las distintas acciones para celebrar los 150 años de la Revolución de Mayo, no sólo para recordar a los próceres de la libertad, sino también para analizar lo que cada generación había ofrecido para la organización y progreso del país y, a la vez, demostrar las contribuciones que los argentinos podían hacer a la humanidad. No se trataba solamente de recordar "nuestro glorioso pasado", era necesario "exteriorizar sus aspiraciones de futuro", en una estrecha unión entre pueblo y gobernantes (22). En junio de 1958 un grupo de diputados presentó un proyecto de ley que fijaba las pautas para los festejos y autorizaba al Poder Ejecutivo a invertir hasta cincuenta millones de pesos para su implementación. Los fundamentos del proyecto estuvieron a cargo del diputado por la Capital, Isaac Breyter y sus palabras presentan la imagen optimista de un país en avance. Según él, para 1960 la República se encontraría en "plena vigencia de sus instituciones, en la pacífica y progresista convivencia social y en el mejor desarrollo de su economía".(23)

En el mes de setiembre, sobre el final del período de sesiones ordinarias, las comisiones que habían tenido a su cargo su análisis, aprobaron el proyecto y recomendaron a la Cámara su sanción. En ese acto el diputado Breyter manifestó que la propuesta había trascendido el ámbito de la cámara y que había sido tan bien recibida por parte del Poder Ejecutivo y por la prensa, que pedía el retiro del anterior proyecto y la consideración de uno nuevo, en el que la modificación más importante era que los gastos no correrían a cargo del erario público, ya que las actividades a realizar producirían ingresos suficientes para cubrirlos. El Poder Ejecutivo, sin embargo, adelantaría hasta trescientos millones de pesos, con cargo de reintegro. Si bien este reintegro no estaba garantizado, el diputado por Buenos Aires Anselmo Marini consideró que valía la pena el riesgo, ya que el acercamiento y conocimiento que se iba a lograr con otros pueblos, lo justificaba(24). Luego de aprobado el proyecto por los diputados, pasó inmediatamente a consideración de la Cámara de Senadores, que le dio sanción definitiva sobre tablas, sin necesidad de debate. El senador informante Víctor Hugo Fleitas justificó la importancia que se debía dar a los festejos, al considerar que en dos años estaría dada la pacificación nacional, se habría logrado el pleno goce de las instituciones republicanas y "El poderío y la pujanza económica de la Nación y la confianza de su pueblo en los destinos futuros", sería el mejor homenaje que se podría hacer a los próceres de la patria.(25)

De tal manera, por medio de la ley 14.587 se fijó el período de conmemoración entre el 20 de mayo y el 31 de diciembre de 1960. El Poder Ejecutivo tendría a su cargo la formación de un Consejo Asesor y una Comisión Nacional Ejecutiva que contaría con los recursos necesarios para llevar adelante el programa actividades que organizara. Para cumplir su misión, la Comisión Ejecutiva gozaría de franquicias, tanto cambiarias y bancarias como aduaneras, impositivas y administrativas. Dispondría de recursos propios, obtenidos de las recaudaciones en concepto de entradas, derechos de publicidad y arrendamientos que se cobrasen en los mismos actos a realizar; de lo producido por los juegos de azar que se autorizasen como parte de los festejos; de las utilidades logradas por venta, distribución y arrendamiento de diversos elementos; por aportes provinciales y por donativos y colectas públicas y privadas. Esta Comisión quedó integrada por personalidades de la ciencia, las letras y la historia. Su presidente era el ministro del Interior, Dr. Alfredo Vítolo y el vicepresidente 1º, el Dr. Roberto Etchepareborda; entre los directores se encontraban el profesor Ricardo Caillet Bois, el doctor Bernardo Houssay y el doctor Enrique Larreta.(26)

Con el auspicio de la Comisión se realizaron, en el orden público y privado, diversas actividades, siendo la más notoria por su número e importancia, la publicación de trabajos referidos mayoritariamente al acontecimiento que se recordaba. En total se dio apoyo a treinta y tres entidades para que editaran diferentes obras y a algunas publicaciones particulares, que dieron como resultado un heterogéneo abanico de producciones.(27) Así, mientras que la recién creada Editorial Universitaria de Buenos Aires utilizaba el apoyo económico de la Comisión para publicar una colección tan amplia y completa como fue la "Serie de Siglo y Medio", la Dirección General de Cultura incluía entre sus publicaciones los Poemas de John Donne y 50 Sonetos de Shakespeare. No siempre los fondos fueron suficientes para completar las obras programadas, de tal manera una obra de la magnitud de Mayo Documental, debió interrumpir su realización en 1966, al no conseguir el refuerzo de partidas solicitado, con lo que el proyecto original quedó trunco (28). Si se hace un rastreo en relación con las obras editadas entre 1958 y 1961 relacionadas estrictamente con los acontecimientos de mayo de 1810, puede comprobarse que la mayoría son reediciones, series documentales, biografías y guías bibliográficas siendo, comparativamente, menor el número de obras de análisis que hicieron nuevos aportes de investigación.(29)

Las publicaciones de mayor trascendencia contaron con la participación de historiadores reconocidos de la época que formaban parte de la Academia Nacional de la Historia o de instituciones de prestigio como el Instituto de Historia Argentina "Doctor Emilio Ravignani" (30), así como también investigadores que, a la vez, ocupaban cargos políticos. De tal manera, los nombres de Ricardo Cailleit Bois, Ricardo Piccirilli, José Torre Revello, Roberto Etchepareborda, entre otros, se repiten en comisiones, asesoramientos, direcciones o presentaciones de las ediciones conmemorativas. Desde el ámbito de la Academia Nacional de la Historia, por encargo de la Comisión Nacional Ejecutiva, se organizó el Tercer Congreso Internacional de Historia de América, en homenaje a la Revolución de Mayo. Esta entidad, así mismo, publicó en edición facsimilar varios periódicos de la época de la emancipación y editó otras obras afines al acontecimiento. Con respecto a la actividad desplegada en la ocasión por el grupo revisionista nucleado en el Instituto de Investigaciones "Juan Manuel de Rosas", ésta se limitó a algunos trabajos publicados en la revista de la institución y a conferencias pronunciadas por sus integrantes en las filiales del interior.(31)Esta presencia relativa puede tener su explicación en varios factores: el grupo se estaba reorganizando, comenzaba a incorporar a nuevos integrantes, a veces con diferencias internas; (32) no contaban con apoyo oficial; para sus integrantes Mayo era importante, pero tenían sus cuestionamientos al respecto. En efecto, en las intervenciones mencionadas, puede observarse que tenían una postura aparentemente ambigua respecto a los acontecimientos de mayo: por un lado reivindicaban que la revolución había sido impulsada por las fuerzas populares y por otro consideraban que había respondido al accionar de la burguesía vinculada a los intereses ingleses.(33)

Algunas provincias, como por ejemplo Entre Ríos, Jujuy, Córdoba y Santiago del Estero formaron sus Comisiones locales de homenaje, al igual que el Concejo Deliberante de la Municipalidad de Buenos Aires. La Cámara de Senadores de la Nación financió su propia publicación, de la misma manera que lo hizo la Biblioteca del Congreso de la Nación. Pero no todo lo programado estaba ceñido a cuestiones académicas o editoriales, especialmente los gobiernos de las provincias y de la ciudad de Buenos Aires idearon encuentros populares, para lo que delegaron la organización, y los costos, en entidades vecinales o colectividades de origen inmigrante.

El ambiente en que se iniciaron los programas de celebración en 1958 no se mantuvo hasta las conmemoraciones de 1960. El descontento de los intelectuales al que se ha hecho referencia, también alcanzaba a la población en general. El estado de sitio impuesto desde noviembre de 1958, la crisis económica, las huelgas y los reclamos ante las propuestas electorales no cumplidas o tergiversadas, la represión contra trabajadores y militantes opositores, provocaron también un revés para el oficialismo en las elecciones legislativas del mes de marzo, dos meses antes de los festejos .(34) La grave situación política y social que se vivía quedó evidenciada en el discurso presidencial que inauguró las sesiones ordinarias del Congreso, el 1º de mayo. Allí Frondizi intentó justificar la represión, el mantenimiento del estado de sitio y la aplicación del plan Conintes. Según él estas acciones habían sido necesarias para garantizar el acto eleccionario de marzo y debía mantenerlas para combatir al "terrorismo insurreccional" integrado por comunistas y peronistas. Estas expresiones no hicieron más que aumentar el enfrentamiento con la oposición.(35)

El clima que se vivía no era el más propicio para celebrar y desde la Cámara de Diputados se hicieron reclamos y se pidieron informes por las erogaciones excesivas, pues la situación del país no era acorde con los gastos.(36) El cambio de situación en el país se evidencia en los discursos que diputados y senadores pronunciaron el 19 de mayo de 1960, cuando reunidas ambas cámaras en Asamblea, rindieron homenaje a la Revolución de Mayo. En el homenaje hicieron uso de la palabra un senador y cuatro diputados, de diferentes partidos políticos. El senador por Mendoza, Francisco E. Cañeque, pertenecía a la Unión Cívica Radical Intransigente, como todos los demás integrantes de esa cámara; el diputado por Capital, Jorge W. Perkins, habló en nombre del bloque de la Unión Cívica Radical del Pueblo; el diputado por Mendoza, Emilio Jofre, actuó como miembro de los Partidos del Centro; la diputada por Capital, Nélida R. T. Baigorria, quien había llegado a su banca como integrante del radicalismo intransigente, se manifestó con "hondo sentir radical" aunque "no pertenezca ya a partido político alguno" y por último hizo uso de la palabra el diputado por Entre Ríos, Horacio O. Domingorena, del partido oficialista (37). Todos hicieron referencia a Mayo y sus hombres, considerando ese momento como el nacimiento de la nacionalidad.(38)

También se hicieron consideraciones acerca de la función de la historia para explicar el presente. Sin embargo, el centro de las disertaciones fueron los hechos de actualidad. En mayor o menor medida hablaron de un país desunido, con dificultades económicas y con falta de convicciones. El futuro ya no se vislumbraba sino que se buscaba y le transferían a las siguientes generaciones la responsabilidad de un proyecto de mejora y logro de aspiraciones.

Salvo los legisladores oficialistas, los demás hicieron serias críticas políticas tanto al gobierno del momento como a los de las últimas décadas, sin dejar de hacer referencia a la situación internacional. El discurso del diputado Perkins(39) es un ejemplo de utilización de la memoria a través de un lenguaje elíptico, en el desarrollo de tres tópicos clave en los que da por sobreentendido a que se refiere en cada caso. Abrió su alocución comparando la Europa napoleónica con la Europa de 1960, en que la paz y la unión entre hombres y naciones parecían inalcanzables. A la vez que hacía una dura crítica al mundo tecnológico que terminaba cerrando el espíritu, repudiaba especialmente el poder y la acción del comunismo. En un segundo momento Perkins denunciaba que la gesta de mayo había pasado casi inadvertida en las dos "dictaduras domésticas" o "tiranías nacionales", en alusión a los gobiernos de Rosas y de Perón(40) y no dudó en compararlos con la Italia fascista y la Alemania nazi, quedando así en evidencia la postura de la Unión Cívica Radical del Pueblo que, para esa época, no aceptaba la vuelta del peronismo a la legalidad, en oposición al acercamiento buscado desde el gobierno. Por último, este diputado legitima el pasado de su partido al afirmar que las "revoluciones" por el sufragio libre habían sido la concreción postergada de uno de los objetivos de la Revolución de 1810, cuyos dos grandes legados habían sido el gobierno representativo y el federalismo. Ambos estaban en crisis y los ideales revolucionarios "o siguen incumplidos o se han desnaturalizado".

El discurso de Perkins no fue el único en hacer referencia a la situación internacional. La Diputada Baigorria, desde una óptica diferente, denunció un nuevo colonialismo representado por la existencia de países desarrollados y países subdesarrollados, cuyo "símbolo es la moneda fuerte que aherroja con grillos más duros que el hierro" (41). Si bien la referencia a la difícil situación económica del país se repitió en las alocuciones, fue el representante de los Partidos de Centro el que señaló que el gran afectado era el pueblo, y veía como único modo de prevenir inquietudes y rebeldías, la toma de medidas adecuadas para evitarle angustias y miserias. Esta descripción del diputado Jofre fue el cuadro más cercano a la realidad que se vivía y que no aparecía en los otros discursos (42). Este acto de homenaje resultó, en definitiva, un acto de justificación para algunos, de denuncia para otros, pero todos recurrieron a Mayo y sus protagonistas para convalidar sus dichos. Otro fue el tono empleado por el presidente provisorio del Senado, José María Guido, cuando cuatro días después habló en una nueva Asamblea Legislativa, esta vez en homenaje a las delegaciones extranjeras que visitaban el país. El tono fue eminentemente protocolar, de circunstancias y se centró en el valor de las revoluciones nacionales por la independencia, muy de acuerdo con el momento de descolonización que se vivía en el mundo y la presencia, en el acto, de representantes de varios de los países recién independizados.(43)

Además de los homenajes de las cámaras legislativas, en la fecha prevista y con la presencia de más de 300 delegados de los 80 países asistentes, se iniciaron los festejos programados, entre los que figuraron el tradicional desfile militar, la velada de gala en el teatro Colón y diversas exposiciones e inauguraciones. (44) Del desfile, que se realizó con importante despliegue de fuerzas y ensayos previos, participaron integrantes de las tres fuerzas armadas y delegaciones militares de países extranjeros. Entre las inauguraciones, se realizó la apertura de la sala de exposiciones del Museo Histórico Nacional y una exposición histórica en el Museo Histórico Nacional de la Ciudad de Buenos Aires y de la Revolución de Mayo(45) y, acorde con los tiempos, una Feria de Industria.

Párrafo aparte merece, por la imposición de memoria y centralismo que representó, la muestra que realizó el Museo Nacional de Bellas Artes bajo la denominación "150 Años de Arte Argentino"(46). El 85% de las obras que se presentaron correspondían a artistas destacados de Buenos Aires, cuya labor se había desarrollado de 1810 en adelante. El 15% restante representaba a manifestaciones artísticas de 11 provincias y sólo cubrían los últimos cincuenta años. La imagen creada fue la de un arte eminentemente porteño, con poca actividad en el resto del país, lo que no se condecía con la realidad.

No fueron muy diferentes los actos llevados a cabo por las provincias y por la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires. En este último caso el lugar de memoria paradigmático fue la construcción e inauguración, el 25 de mayo, del Centro Cultural San Martín, obra monumental que aún hoy conserva su preeminencia y prestigio en el ámbito cultural, y cuyo nombre, paradójicamente, no recuerda a un protagonista de Mayo, sino de la Independencia. La participación de las entidades vecinales y de colectividades se reflejó en algunas localidades, por medio de desfiles de carrozas y presentación de grupos de bailes tradicionales. Aquí también el grueso de la población tuvo el papel de espectador.

Al indagar a personas que no frecuentan los ámbitos académicos acerca de la impronta dejada en ellos por el Sesquicentenario, la respuesta casi unánime fue: "nada". Entre algunos de los que en ese entonces eran estudiantes quedó el recuerdo desagradable de la coerción ejercida por las autoridades de los colegios para obligar al alumnado a concurrir a los ensayos previos y al desfile escolar. Las personas que entonces tenían a su cargo el mantenimiento y cuidado de una familia, recuerdan los problemas económicos y la intranquilidad que les ocasionaban los problemas de transporte público y la inseguridad por los actos en la vía pública con la consiguiente represión. Pero con respecto a celebraciones o festejos la única imagen que queda en algunos de los que vivían en la Capital Federal o en el Gran Buenos Aires, es la difusión dada al desfile de grandes proporciones. En contraposición a esto, todos recordaban que en su infancia, alguien de la familia, abuelos, tíos, les habían relatado los festejos del Centenario. (47)

La Biblioteca de Mayo

A poco de iniciarse las sesiones legislativas de 1959, el Senador Nacional por la provincia de Corrientes y presidente de la Comisión de Educación del Senado, J. Aníbal Dávila, presentó un proyecto de resolución acerca de la adhesión de la Cámara de Senadores a los festejos del Sesquicentenario de Mayo(48) La resolución dispuso editar, con el nombre de Biblioteca de Mayo (49), una colección de documentos referidos a la historia argentina de la época revolucionaria. La obra constaría de veinte volúmenes e incluiría diversos temas: bandos y proclamas, iconografía, emblemas, uniformes, numismática, memorias y autobiografías, cartografía, transportes de época, documentos literarios y artísticos. De cada volumen se publicarían 5.000 ejemplares, la mitad de los cuales se distribuirían entre bibliotecas públicas e instituciones culturales y los demás se venderían al público en general, a precios accesibles. La finalidad de la obra revestía un carácter eminentemente didáctico, destinada especialmente a docentes y alumnos, sin excluir a aquellos ciudadanos interesados en conocer los orígenes históricos del país (50). La Comisión de Educación de la Cámara tendría a su cargo la elección del contenido y la supervisión editorial, mientras que la impresión estaría a cargo en primer término de la Imprenta del Congreso o, en su defecto, se otorgaría por licitación pública. Por último, la resolución establecía que la erogación que demandara la obra se cubriría con una partida específica del presupuesto del Senado.

En la conferencia correspondiente para la aprobación de la resolución, el Senador Dávila expresó que, ante los festejos del Sesquicentenario, el Senado debía participar de ellos "con un acto serio y constructivo", como consideraba que era poner a disposición de la población, documentos fundamentales de la gesta de Mayo.(51) Esta participación del senador Dávila es una pieza de postura historiográfica clara, para entender cuál será la orientación de la obra. Luego de adscribir a la línea Mayo- generación del 37- Caseros, manifestó que la Biblioteca de Mayo debía ser "una suma histórica" que ayudara a dar un conocimiento integral del pensamiento argentino revolucionario, "para que no se pueda realizar más una polémica interesada y tendenciosa sobre el pensamiento de Mayo, para que la intención de la antihistoria argentina no confunda a las generaciones actuales, a las multitudes y a la juventud con lemas engañosos...".(52) Por otra parte, al exponer que "las pasiones contemporáneas" habían usado a los próceres con fines políticos, al pretender embanderar al pueblo a favor o en contra de personalidades históricas antagónicas, Dávila adoptó una actitud crítica directa hacia el revisionismo.

A fin de dar cumplimiento concreto a la resolución mencionada, se nombraron como asesores a los historiadores académicos José Torre Revello y Ricardo Piccirilli y al Sr. Héctor M. Cohan, conocido librero de Buenos Aires.(53) Para llevar adelante la labor de búsqueda y copia de la documentación, se designaron tres compiladores, los señores Gustavo G. Levene, Julio A. Benencia y Ricardo Rodríguez Molas.(54) Los reservorios a los que recurrieron en busca del material fueron, especialmente, el Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional y los museos Histórico Nacional, Mitre, Brigadier Cornelio Saavedra y Colonial e Histórico de la provincia de Buenos Aires (Luján). Atento a que parte de la documentación ya había sido editada con anterioridad, se procedió a compulsar esas ediciones con los documentos originales, a fin de corregir posibles interpolaciones o errores de trascripción, esta tarea es la que en la Advertencia al tomo I, se indica como fuentes "depuradas"(55), lo que de ninguna manera debe interpretarse como que las fuentes fueron modificadas. La grafía y abreviaturas fueron actualizadas, a fin de facilitar su comprensión al lector lego en textos de época, aunque se respetaron los modismos propios del momento en que fueron escritos. La única alteración que sufrieron los originales fueron los de reproducción parcial, cuando por su extensión temporal se excedían del tiempo fijado o trataban temas ajenos a los que interesaban a la publicación.(56)

Para mayo de 1960 la obra estaba terminada y había comenzado su edición. (57) Los primeros diez tomos aparecieron a lo largo de ese año, y abarcan los temas de memorias, autobiografías, diarios, crónicas, literatura y periodismo. Los demás tomos fueron apareciendo esporádicamente a lo largo de los catorce años siguientes. Al finalizar el gobierno de Frondizi habían visto la luz tres más; otros tres en 1963, bajo los gobiernos de José María Guido y de Arturo Humberto Illia; tres en 1963, bajo los gobiernos de José María Guido y de Arturo Humberto Illia; durante el gobierno de facto encabezado por Juan Carlos Onganía se publicaron el XVIII y la primera parte del XIX; finalmente, durante la presidencia de María Estela Martínez apareció la segunda parte del tomo XIX. En cuanto al número XX, que incluía la sección de uniformes militares ilustrada con acuarelas de primera calidad, se pudo averiguar que, estando listo en la Imprenta del Congreso para su publicación, desapareció durante la dictadura iniciada en 1976.(58) Con posterioridad a 1983, un senador intentó averiguar su destino y editarlo, pero la búsqueda fue infructuosa y la Cámara no tuvo interés en tratar el asunto.(59)

La tarea inicial fue ardua, los compiladores trabajaron diariamente, desde las ocho de la mañana por el término aproximado de diez horas, luego de ello se reunían en el Senado con los asesores Torre Revello y Piccirilli, para analizar el material obtenido.(60) Una dificultad, que obligó a seleccionar lo que a su criterio era más importante, lo ofreció la limitación en la extensión de la obra, veinte tomos, y el poco tiempo disponible, un año de trabajo intenso. Cuando la temática tenía un caudal documental difícil de elegir, se optó por desdoblar tomos en dos volúmenes, pero aún así resultaba impracticable la inclusión total.(61)

Con respecto al contenido de la obra, se hace necesario tener en cuenta que al considerar los volúmenes dedicados a memorias, autobiografías, diarios y crónicas, se debe realizar un análisis múltiple de la memoria. Por un lado está la memoria de quien escribe, que en general lo hace varios años después de los sucesos, aquí juegan los olvidos, la selección, la percepción del autor, especialmente con relación al lugar que ocupaba al producirse los hechos y el que ocupaba al escribirlos. Sin considerar intencionalidad premeditada, es de naturaleza humana la autojustificación y la búsqueda de legitimación.

La memoria tiene distintos ángulos de fijación de huellas, que pueden deformar el relato de los hechos, por lo que el investigador actual que las utilice como fuentes, necesariamente deberá hacer una compulsa con otro tipo de información. Un caso especial, y que requiere mayor cuidado, son las memorias y autobiografías escritas por terceros. Tal es el caso de las "Memorias secretas de la princesa de Brasil", que fueron escritas por su secretario; (62) la "Autobiografía" de Mariano Moreno, que es obra de su hermano(63) o la de Domingo Matheu, cuyo autor fue su hijo.(64) Los responsables de la edición hicieron una aclaración con respecto a estos casos: en la Nota Preliminar al Tomo II, se expresa que si bien algunas de las piezas incluidas no cumplían con los requisitos de una autobiografía, se había considerado que no debían omitirse documentos que resultaran relevantes con respecto a sucesos o figuras del pasado. También se hace mención a los objetivos de estos escritos, ya que algunos habían buscado dilucidar la actuación de los autores y otros habían tenido como finalidad dejar a sus descendientes la narración de los servicios prestados a la Patria, para hacer frente a posibles acusaciones en su contra. Los asesores y compiladores reconocen que estos escritos pueden estar afectados por las luchas de la época en que fueron escritas, pero de lo que no dudan es de que todas están inspiradas por "el afán de ajustar a la verdad los hechos históricos".(65)

Otro tipo de memoria a considerar es la que quisieron imponer los asesores de la obra, al elegir determinados escritos y no otros, cuando los originales estaban en los mismos reservorios y su importancia y extensión eran equivalentes. Se observa, por ejemplo, que se publica a Manuel de Abreu, cuyos escritos habían sido editados dos veces tres años antes, y no se incorpora ninguno de los escritos de Tomás Iriarte.(66) El veinte por ciento de los documentos incluidos en los tomos IV y V, corresponde a escritos anónimos, cuyo contenido puede resultar interesante o pintoresco, pero de los que se carece de elementos para evaluar su certeza. En contraposición, quedaron fuera de la compilación, protagonistas de peso, como Monteagudo y Álvarez Jonte o relatos escritos por testigos del interior, como las "Memorias" de Domingo Crespo de Santa Fe o el "Diario 1810" de Bernardo Ortiz, referido a los sucesos en Mendoza. La imposibilidad de publicar la totalidad de los documentos fue suplida, en parte, con la incorporación de una "Bibliografía de las memorias, autobiografías, relaciones, crónicas y diarios que interesan a la historia argentina, 1808-1862", que se incluyó en el tomo V.

En los tomos dedicados al periodismo se incluyen trece publicaciones, todas de Buenos Aires. También aquí hubo una limitación material que obligó a una selección. En los primeros veintiséis años del siglo XIX, aparecieron en el territorio ciento cincuenta y un periódicos, de los cuales cuarenta y dos eran de las provincias del interior, que fueron excluidos de la compilación. Los responsables aclaran parte del criterio de selección: en el tomo VII se explica que la labor periodística que interesa es la que abarca de mayo de 1810 a la batalla de Ayacucho en 1824, sin embargo se reproducen los aparecidos a partir de 1812, por cuanto los anteriores, como la Gazeta de Buenos Ayres y El Correo de Comercio, ya habían sido reimpresos y estaban ampliamente difundidos.(67) Sin embargo, en el tomo VII se publicó El Censor, de 1812, periódico reeditado en la misma época por la Academia Nacional de la Historia, como homenaje al Sesquicentenario de la Revolución (68). No queda claro, tampoco, por qué la totalidad de los periódicos corresponde a los aparecidos en Buenos Aires y no a los de las provincias. El criterio de los compiladores fue que la elección debía caer en los más importantes, que eran los de la citada ciudad; (69) la nómina de publicaciones no incluidas en la Biblioteca de Mayo aparecen en la "Hemerografía" incorporada en el tomo X, que nombra todos los órganos de prensa entre 1801 y 1826. Puede comprobarse que no hay publicaciones del interior anteriores a 1819 ya que, como en la misma Hemerografía se aclara, hasta ese momento las únicas imprentas existentes eran las de Buenos Aires, sin embargo, a partir de la aparición de la "imprenta ambulante" de Carrera, que trabajó en Santa Fe y Entre Ríos, le siguieron las de Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta y San Juan (70). Tal vez, el propósito de no provocar polémicas haya primado para no publicar ciertos periódicos opositores al gobierno rivadaviano y porteño. En efecto, no se publicó ningún trabajo del padre Castañeda, como tampoco se tuvieron en cuenta los medios cordobeses El cristiano viejo y El consejero argentino que polemizaban con El Nacional de Buenos Aires, que sí mereció su publicación completa en el Tomo X. Por otra parte, se considera que hubiese resultado de interés hacer conocer El investigador y El montonero, también cordobeses, que polemizaban entre sí, para tener una visión más acabada del pensamiento general del interior y no solamente del de los hombres de Buenos Aires.

La importancia del contenido del tomo VI de la obra en análisis reside en la trascripción completa de dos publicaciones literarias de la década de 1820: La Lira Argentina y La Abeja Argentina. En el primer caso se trata de una recopilación poética que presenta como curiosidades que la mayoría de las composiciones son anónimas y que "solo están presentes los poetas que reverenciaron a Mayo y a sus hechos portentosos".(71) La Abeja Argentina, por su parte, fue la primera revista literaria de la región, en la que también se incluían temas científicos, traducciones y descubrimientos, entre otras temáticas. En el caso de este tomo, se puede apreciar que resulta un elemento importante para conocer el pensar de los hacedores culturales de la época, donde la memoria que prima es la de sus autores y editores, no así la de los compiladores de la Biblioteca de Mayo, que dieron a conocer los únicos ejemplos de este tipo de publicaciones.

Los tres tomos dedicados a sumarios y expedientes, giran en torno a tres cuestiones conflictivas respecto al tema de Mayo: la actuación inglesa y portuguesa, la asonada de enero de 1809 y el juicio a Castelli por su actuación en el Alto Perú. Básicamente se buscó iniciar el rastreo de las acciones independistas desde 1805, analizando las medidas tomadas contra ellas y se extiende al momento en que comienzan a cuestionarse las determinaciones excesivamente revolucionarias, como las del vocal delegado de la junta en la expedición auxiliadora. El valor fundamental de estos tres tomos es la trascripción completa de los juicios a Álzaga y sus acompañantes y a Castelli.

Los tomos XIV a XVII, destinados a la guerra de la independencia, contemplan dos ejes: las primeras expediciones a Paraguay, Banda Oriental y Alto Perú y la campaña de San Martín a Chile y Perú. Entre el material que se incluye se encuentran no sólo partes y documentos oficiales, sino también memorias, diarios y autobiografías parciales. Es de hacer notar que en todos los casos se tratan los sucesos teniendo en cuenta las divisiones jurisdiccionales y existencia de Estados posteriores a mediados del siglo XIX, es decir, se da por preexistente la nación argentina y el Alto Perú y la Banda Oriental, por ejemplo, se consideran territorios extranjeros.

Con respecto al último tomo editado, el XIX, los dos volúmenes que lo componen fueron publicados con seis años de diferencia, el primero continuó con los antecedentes y documentos entre 1810 y 1816 e incorporó El Redactor de la Asamblea, de 1813-1815, El Redactor del Congreso Nacional de 1816 y las Actas Secretas del Soberano Congreso Constituyente de las Provincias Unidas de Sudamérica 1816-1819. En la Nota Preliminar al tomo, se deja constancia que la mayoría de esta documentación ya había sido editada por la Junta de Historia y Numismática, el Museo Mitre y el Instituto de Investigaciones Históricas, aún así se consideró que era cumplir con los objetivos de la obra poner a disposición del lector común este material. El segundo volumen del tomo XIX, estuvo dedicado a la historia del ejército, en un trabajo que no es documental, sino escrito contemporáneo a la publicación y encargado al "historiógrafo O. Alfredo G. Villegas y al dibujante técnico, don Luis de Beaufort", quienes realizaron una labor en conjunto que, según los asesores, traduce "conocimiento y sagacidad selectiva en los autores"(72), así, en una edición que resulta descuidada, en comparación con las anteriores, este volumen se aparta de los objetivos taxativos enunciados en 1959, cuando se aprobó la edición de la obra.

Como puede apreciarse, al recorrer el contenido de los diversos tomos, predominan los temas políticos y militares, con prescindencia casi total de los temas económicos, salvo las menciones que al respecto podían aparecer en los periódicos. Esto no deja de ser, también, un acto selectivo llamativo, si se tiene en cuenta la importancia que las cuestiones vinculadas con la economía tenían hacia 1960, no solamente para la población en general, sino también en los ámbitos políticos e intelectuales. La descripción realizada de la obra permite, entonces, afirmar que el análisis de la Biblioteca de Mayo conlleva un doble ejercicio relacionado con la memoria. En efecto, por un lado nos encontramos con el contenido y su significado; memorias, autobiografías, diarios y crónicas tienen un significado en sí mismos, donde hay que bucear las razones de recuerdo y olvido del autor, intencionalidades, búsqueda de legitimación, justificación ante la posteridad.

Por otra parte, debemos tener en cuenta la obra misma de recopilación como un lugar de memoria; no ha sido casual la selección de textos, temas y autores. En este caso es fundamental tratar de dilucidar el porqué, especialmente, de inclusiones y exclusiones. Las explicaciones posibles son de tipo práctico (documentación demasiado extensa, información semejante o repetida, inaccesibilidad a los repositorios) o de adscripción a una corriente historiográfica determinada (exclusión de las regiones interiores, decisión de no provocar polémica acerca de determinados protagonistas, posible omisión deliberada de algunos personajes), en la organización del contenido de la Biblioteca de Mayo se conjugan todos los factores enunciados (73).

Otra posible explicación, que no resiste crítica, es el de haber omitido trabajos ya publicados. Entre los que encontraron su lugar en la obra, muchos habían sido editados más de una vez y, en ocasiones, en fecha muy cercana a 1960. A su vez, de los omitidos, varios no se habían impreso o las publicaciones eran muy lejanas en el tiempo.

A pesar de las críticas que puedan hacerse a la Biblioteca de Mayo, resulta ser un lugar de memoria que merecería un mayor aprovechamiento por parte de los investigadores actuales. El propósito de difusión que guiaba la resolución inicial, logró parcialmente su objetivo: la realización del trabajo que aquí se presenta requirió examinar de manera permanente la obra, ello se hizo en diversas bibliotecas públicas, municipales y universitaria y, en todos los casos, para hacer la consulta fue necesario, previamente, separar las hojas que permanecían unidas como salieron de la imprenta. Su lectura debe realizarse con todas las prevenciones que corresponden a este tipo de obras, según se ha ido viendo a lo largo de su descripción, en cuanto a tener en cuenta las características de una recopilación de memoria, pero resulta ser una herramienta válida para quienes necesiten un corpus édito de la acción política, militar e intelectual de los veinte años posteriores a los sucesos de 1810.

Conclusiones

Al comienzo de este trabajo se ha expresado que, según Jelin, los actos de memoria responden a una necesidad del presente y están vinculados a situaciones conflictivas. El Sesquicentenario de Mayo reunió ambas características en los dos momentos que se pueden distinguir: el de su preparación y el de su realización.

En 1958 la visión optimista de un país en progreso, "la tierra predestinada", necesitaba hacerse pública a través de actos que la convirtieran en la concreción de los ideales de mayo. El conflicto estaba dado por la situación política de un gobierno constitucional pero nacido de elecciones cuestionadas, que urgía la búsqueda de apoyo de la población en un ambiente de regocijo. Es por ello que, cuando en ese año se volvió a la pseudonormalización institucional, el clima esperanzador que planteaba el futuro del desarrollismo impulsó, también, los proyectos tendientes a recordar, de manera especial, el Sesquicentenario de Mayo. Los cambios provocados por el mismo gobierno, los condicionamientos a los que se vio sometido y el incumplimiento de las propuestas electorales, enrarecieron el ambiente e hicieron que en el año 1960 la necesidad fuese otra: había que justificar que el anuncio, realizado al iniciar las programaciones, de lograr en dos años un país totalmente recuperado en los aspectos institucional, social y económico no se había concretado; por el contrario la situación se había agravado, a pesar de algunos logros en la producción, la industria y las comunicaciones.

En cuanto a la condición de conflicto, para 1960 las circunstancias y el accionar del gobierno la habían acrecentado, a pesar de ello los festejos, ceremonias y actos se llevaron a cabo como si nada pasara, la imagen pretendía borrar la realidad, sin embargo la idea de celebraciones participativas se fue transformando en planes de conmemoración. Si en 1958 la Unión Cívica Radical Intransigente, con el apoyo del voto peronista, había llevado a A. Frondizi a la presidencia y había homogeneizado el poder legislativo, en 1960, luego de la renovación parcial de la cámara de diputados, debió ceder mayor espacio a los partidos opositores. Esto se vio reflejado en los discursos pronunciados en homenaje a la Revolución de Mayo. El hecho histórico puntual sirvió a los políticos de escalón para realzar los graves problemas de su época, respaldar las críticas a otras corrientes políticas y legitimar a sus propios partidos.

Si bien es cierto que llegado mayo de 1960 hubo festejos públicos, también es cierto, como ya se ha expresado, que la crisis económica, el plan de austeridad impuesto, los reclamos sociales y el malestar político, no daban mucho margen para celebraciones. Lo más destacado, por su número, su importancia y su perdurabilidad, fue la conmemoración editorial, que estuvo a cargo de la corriente historiográfica triunfante después de 1955: la que representaba la Academia Nacional de la Historia. Sus integrantes tuvieron a su cargo la selección, supervisión, organización y aprobación de las publicaciones que se realizaron, muchas de ellas con el apoyo financiero de la Comisión Nacional Ejecutiva de Homenaje al 150º Aniversario de la Revolución de Mayo y otras con recursos propios de las instituciones que las editaron. Esta preeminencia historiográfica no fue casual. En efecto, los treinta años previos a la fecha del Sesquicentenario de mayo estuvieron marcados en este aspecto por la puja entre la "historia académica", representada especialmente por los integrantes de la Nueva Escuela, preocupados por la renovación investigativa en base a fuentes documentales y la corriente del "primer revisionismo", con características nacionalistas de tintes maurrasianos, que no cumplía con los parámetros de profesionalización que, para 1960, se consideraban necesarios en quienes escribían la historia. Ambas buscaron instaurar una memoria de los orígenes nacionales, que retrotraían a los comienzos del siglo XIX la existencia de una nación y un estado que, según se sabe, fue el resultado de una construcción de fines de ese siglo. Una de las diferencias más marcadas se encontraba en los protagonistas que se consideraban centrales en el proceso de formación de la nacionalidad, otra era la metodología aplicada para el estudio del pasado.

Al expresar, entonces, que el Sesquicentenario fue una celebración en papel se está haciendo referencia a la profusión de ediciones que dieron cabida las inquietudes historiográficas y literarias del momento. En lo que atañe a ediciones de tipo histórico, puede afirmarse que, comparativamente con la cantidad de publicaciones realizadas, fueron pocas las obras de investigación de envergadura que aportaran novedades. La profusión de biografías, de escritos que buscaban la exaltación de personajes y grupos a los que se les atribuía protagonismo superlativo en la acción revolucionaria y la cantidad de reimpresiones de obras ya conocidas, sobrepasaron a los trabajos recientes. Las investigaciones presentadas en el Tercer Congreso Internacional de Historia de América fueron, tal vez, lo más destacado, junto con las series documentales. De las muchas publicaciones concretadas, la que resultó emblemática, por su propuesta y realización, fue la Biblioteca de Mayo, que tenía entre sus objetivos más importantes, el aporte documental para estudiosos, la difusión didáctica para estudiantes y especialmente, según sus impulsores, volver a darle a la historia su finalidad propia, alejándola de su mal uso con fines político-partididarios. Su contenido, especialmente los tomos dedicados a memorias, crónicas, diarios y autobiografías, es un lugar de memoria relacionado directamente con la época de la acción revolucionaria. Allí sus protagonistas o los familiares que se encargaron de la escritura, brindaron una visión desde el lugar que ocupaban en los hechos y, por una cuestión eminentemente humana, buscaron ubicarse en un lugar destacado y justificaron su desempeño.

Por otra parte, por la forma en que fue concretada, esta obra resulta un verdadero lugar de memoria en sí mismo, ya que en él se encuentran todas las características que lo identifican: hay exclusiones, selectividad, elusión de polémicas, omisiones, imposición de una visión única de lo sucedido. La selección estuvo dirigida a aquellos escritos que convalidaban la línea historiográfica de Mitre y de la Nueva Escuela. No obstante ello, fue un intento de aporte documental al alcance de cualquier interesado en el pasado del país. Lo que no hubo fueron interesados, ya que no es de las obras más consultadas. Luego del análisis realizado, se considera que fueron causales de esto su gran extensión; el gran tamaño de sus volúmenes, que los hacen poco manuables; los catorce años transcurridos para su publicación incompleta; la repetición al publicar trabajos que ya habían tenido varias ediciones y estaban suficientemente difundidos; la pérdida de interés en su publicación, que siguió casi por inercia a lo largo de gobiernos constitucionales y gobiernos de facto, que dieron origen a un país muy distinto al de 1958-1960.

A la vez resulta llamativa la pérdida del último tomo, cuando estaba listo para su impresión, pues no se halla explicación a que quienes detentaban el poder se hayan desentendido de un contenido que podía servirles a sus fines de convalidación ya que la temática tenía que ver con el ejército y su pasado. Tal vez haya sido una pérdida involuntaria, producto de la desidia de quienes hacían uso indebido de las instalaciones del Congreso o de quien haya considerado que las acuarelas que se incluían en el tomo eran buenas ilustraciones decorativas.

Tal vez una buena oportunidad para revalorizar la obra, sea utilizarla, ya que el contenido de la Biblioteca de Mayo puede resultar de ayuda para los estudiosos, pues a pesar de ser documentación conocida, amerita un nuevo análisis a la luz de las actuales miradas investigativas. No obstante, sería oportuno preguntarse si su utilización por parte de los investigadores, se complementa con aquellos reservorios que se obviaron, por distintas razones, hace 50 años o si nuevamente serán las únicas fuentes consultadas. Los objetivos propuestos para la Biblioteca de Mayo fracasaron en su momento. Los estudiantes y maestros no accedieron a la obra, los especialistas le dieron poco uso, la población general no la conoció. Es posible que, a cincuenta años vista, se logre su difusión, si no como acción didáctica, al menos en el ámbito académico. Esto no significa que los investigadores desconocieran hasta ahora su existencia, lo que no aprovecharon fue su contenido. Tal como lo expresan quienes indagan las cuestiones de memoria e historia, nada es desechable, lo que importa es el uso que se le da y la finalidad que se busca. Ha de ser el investigador en historia quien ha de desmalezar el terreno para separar la representación más exacta posible del pasado, de su versión verosímil y aclarar ese pasado hasta donde sea viable, sin querer instaurarlo.

En conclusión, el Sesquicentenario fue de imposición de la memoria y conmemoración. Imposición de la memoria porque se siguió presentando la conmemoración como la realización de un país que, en progreso y crecimiento, coronaba la acción iniciada en mayo de 1810, cuando la realidad diaria indicaba otra cosa muy diferente; imposición también porque se presentó una línea historiográfica que pretendía ser única y monolítica, cuando había otras corrientes en ebullición que cuestionaban muchos de los postulados impuestos desde la organización del Estado nación. Conmemoración y no celebración, pues la participación de la población fue de espectador o receptor indirecto de decisiones en las que no intervino. Aún las medidas tomadas desde el poder legislativo distaron de ser reflejo de la representación de la voluntad general, no hay que olvidar que los senadores eran en su totalidad integrantes del partido oficialista, lo mismo que la mayoría de los diputados y todos ellos surgidos de elecciones proscriptivas. Cuando en los primeros meses de 1960 esta composición legislativa comenzó a cambiar, las decisiones acerca del Sesquicentenario ya estaban tomadas y, en su mayoría, concretadas.

Se puede afirmar, entonces, que la recordación del Sesquicentenario fue una celebración frustrada, dado que el interés inicial que se pudo haber despertado en la población, fue arrasado por la realidad de todos los días. También fue una conmemoración cuasi forzada e inconclusa. Forzada por cuanto la manera de conmemorar fue impuesta desde distintos órganos de gobierno e instituciones ligadas a él, sin que se notara espontaneidad y acompañamiento por parte de la población. Inconclusa pues, en varios casos, sus objetivos no fueron logrados por falta de difusión, por inercia en su cumplimiento, por falta de recursos o porque no respondieron a las necesidades de un país cuya realidad no se condecía con una imagen construida artificialmente.

Lo expuesto hasta aquí da pie para algunas reflexiones a tener en cuenta. Cuando se recuerda el Centenario se piensa en la infanta Isabel, los actos públicos y los festejos, cuando se intenta recordar el Sesquicentenario, no despierta ningún recuerdo especial. En el ámbito académico se recuerda la labor editorial, aunque no se la haya leído o utilizado. La acción oficial actuó sobre el vacío de interés de la gente. Los actos y ceremonias tampoco sirvieron a las autoridades, los conflictos que continuaron a mediados de 1960, el desprestigio creciente del gobierno, las acciones golpistas y los reclamos gremiales y políticos pronto echaron al olvido la falacia del festejo. Ante lo expuesto cabe preguntarse que papel se le debe asignar a los grandes festejos, si es que se le debe asignar alguno. A lo largo de generaciones se ha recibido la memoria mezclada con historia, plasmada en una serie de imágenes producidas ad hoc. Estas imágenes tuvieron una justificación en el momento de su creación: había que dotar al Estado-nación de un pasado glorioso y ejemplar que sirviera para afianzarlo. Pero si no se aprovecha la oportunidad para hacer un serio replanteo de esta herencia, cuya pervivencia, por desidia, por comodidad o conveniencia de los grupos de poder no resiste nuevos análisis sin modificarlos de raíz, recordar los grandes aniversarios seguirá siendo una buena oportunidad para autojustificar el presente, abusando del pasado, y evitar así cuestionamientos y transparencia en el accionar.

Abreviaturas utilizadas

BANH.: Boletín de la Academia Nacional de la Historia.

BM.: Argentina. Cámara de Senadores de la Nación. Biblioteca de Mayo.

CD.: Argentina. Congreso de la Nación. Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados.

CNE.: Comisión Nacional Ejecutiva del 150º Aniversario de la Revolución de Mayo. La Revolución de Mayo a través de los impresos de la época.

CS.: Argentina. Congreso de la Nación. Diario de Sesiones de la Cámara de Senadores.

MD.: Universidad de Buenos Aires. Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Historia Argentina "Doctor Emilio Ravignani". Mayo Documental.

RIIHJMR.: Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.

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-Sarlo, Beatriz (2001). La batalla de las ideas. (1943-1973). Buenos Aires, Planeta.

-Sigal, Silvia (2002). Intelectuales y poder en Argentina. La década del sesenta. Buenos Aires, Siglo XXI.

-Stortini, Julio (2004). "Historia y política. Producción y propaganda revisionista durante el primer peronismo". En: prohistoria 8. Rosario, 229-249.

-Valensi, Lucete (1998). "Autores de la memoria, guardianes del recuerdo, medios nemotécnicos. Como perdura el recuerdo de los grandes acontecimientos". En: Cuesta Bustillo (1998), 57-68.

-Yerushalmi, Yosef H. et. alt. (1998). Usos del olvido. Comunicaciones al coloquio de Royaumont. Buenos Aires, Nueva Visión.

Entrevistas

Poitevin, Néstor E.. Entrevista de la autora. Buenos Aires, 8 de setiembre de 2002.

Rodríguez Molas, Ricardo. Entrevista de la autora. Buenos Aires, 9 de setiembre de 2002.

Notas

* El presente trabajo forma parte de la tesis de Maestría presentada en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, en marzo del año 2008.

(1) Entre los muchos trabajos relacionados con la memoria traumática, se pueden mencionar: Alted, coord. (1996); Cuesta Bustillo, ed. (1998); Battcock et. alt., coord (2002); Jelin (2002); Jelin y Langland, comp. (2003); Dávilo et.alt., coord. (2004); Franco y Levin, (2007).

(2) Entre otros: Gangi (2002); Poggi (2003) y (2004); Brezzo (2004).

(3) Para el tema de la memoria se han tomado como referencia las obras de: Norá, dir. (1984-1993); Candeau (1996), (2001); Yerushalmi et. alt. (1998); Valensi (1998); Rossi (2000) ; Jelin (2002); Jelin y Langland, comp. (2003).

(4) Los días 19 y 20 de mayo de 2005, el entonces Secretario de Cultura de la Presidencia de la Nación, José Nun, organizó los Debates de Mayo, a través de los cuales el gobierno nacional intentó comprobar, con el auxilio de intelectuales especializados, la validez académica de algunos de los atributos asignados a la fecha, como considerar, por ejemplo, que para aquel momento había ya una conciencia nacional y que el concepto de nación respondía a las características que éstas tenían a mediados del siglo XIX. El resultado no fue el esperado. Nun, comp. (2005).

(5) El origen etimológico y las distintas acepciones de los términos tratados, han sido consultados en la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, Madrid, Espasa Calpe, 1927 y en Rey, dir. (1992).

(6) Perrén (2005).

(7) Idem, p.2.

(8) Candeau (2001), p.85.

(9) Idem, p.22.

(10) Candeau (1996), p.56.

(11) La visión monolítica impuesta por la historiografía tradicional, comenzó a sufrir cambios esenciales especialmente a partir de 1930, cuando la labor historiográfica dejó de ser realizada por un solo grupo. En principio, los cambios estuvieron liderados por un número significativo de intelectuales que dieron origen a la Nueva Escuela, vinculados con la entidad fundada por Bartolomé Mitre, la Junta de Historia y Numismática Americana. Fueron los impulsores de la publicación, iniciada en 1936 de la Historia de la Nación Argentina, también lograron que la Junta fuera convertida en la Academia Nacional de la Historia, por Decreto del 21 de enero de 1938. En el mismo año se formó, el Instituto de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas", que se propuso dar origen a una "contrahistoria" que desenmascarara las falacias de la historia liberal, desde una visión revisionista y que había surgido de un grupo de nacionalistas encabezado por los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta.

(12) El desarrollo del pensamiento entre 1930 y 1960, con su aplicación directa en la historiografía, puede seguirse en varias obras: Quattrocchi- Woisson (1995); Caponetto (1998); Halperín Donghi (2005); Sarlo (2001); Sigal (2002); Devoto y Pagano, ed. (2004); Girbal- Blacha et.alt. (2005); Devoto (2002); Cattaruzza y Eujanian (2003); Stortini (2004); Goebel (2004).

(13) Quattrocchi-Woisson (1995), 168-171; Devoto y Pagano, ed. (2004).

(14) La época aquí analizada coincide con el surgimiento de nuevas disciplinas sociales modernas que aplicaban, también, estos criterios. Sarlo (2001), p.80.

(15) Un avance de investigación de este apartado fue presentado en las II Jornadas Nacionales Espacio, Memoria e Identidad, Universidad Nacional de Rosario, octubre 2002, con el título "La imposición de la memoria. La labor editorial en el Sesquicentenario de Mayo".

(16) Al respecto: Hobsbawm (1998), 2ª parte.

(17) Perrén (2005),16; Sigal (2002), cap.5.

(18) Larreta (1960).

(19) Sigal (2002), 137-138; Sarlo (2001), p.86-90.

(20) Tulio Halperín Donghi y José Luis Romero, entre otros. Ver: Rodríguez, (2004). También la historiografía considerada "de izquierda", que si bien actuaba desde la década de 1930 no había logrado la trascendencia de la Nueva Escuela y el revisionismo, comenzó a sufrir cambios que originaron líneas internas como la de la "izquierda nacional", cercana al revisionismo, y la netamente marxista, ambas con finalidades políticas en su discurso. Pero fue a partir de la década de 1960 que estos escritores tuvieron mayor difusión y ocuparon un lugar de relevancia en la intelectualidad argentina. Ver: Devoto (2004).

(21) Acerca de Roberto Etchepareborda, ver el trabajo de Rodríguez (2004).

(22) CD. (1958), T. II, 966, intervención del diputado Isaac Breyter.

(23) Ibidem.

(24) CD. (1958), T.VII, 5020-5023.

(25) CS. (1958), T. III, 2473.

(26) Los nombrados son sólo ejemplos de la jerarquía de los miembros de la Comisión: Roberto Etchepareborda era abogado pero dedicó su vida a la política y la historia, identificado con el desarrollismo, fue presidente del Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires entre 1958 y 1962, época en la que también fue director del Archivo General de la Nación y presidente de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos. Ricardo Caillet Bois era miembro de la Academia Nacional de la Historia y director del Instituto de Investigaciones de Historia Argentina y Americana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Bernardo Houssay era integrante de la Academia Argentina de Medicina y había recibido el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1947. Enrique Larreta, escritor, era miembro correspondiente de la Academia Española, integrante de la Academia Nacional de la Historia y en 1949 había recibido el premio Miguel de Cervantes.

(27) La nómina de lo publicado en: CNE. T. I, pp. III- VIII.

(28) "Hemos procurado obtener un refuerzo de las partidas destinadas a esta publicación. Con ello habría sido posible completar el año 1810 y dar a conocer la documentación de 1811. Pero el éxito no ha coronado dicha gestión y, por lo tanto, muy a pesar nuestro, debemos poner final a esta importante serie" "R.R.C.B." MD. T. XII, 341.

(29) Las dos guías bibliográficas consultadas aquí se prepararon para la ocasión. Una, ya iniciada en 1952 y completada para el Sesquicentenario, estuvo a cargo del padre Guillermo Furlong conjuntamente con Abel Rodolfo Geoghegau y fue publicada en mayo de 1960 por la Biblioteca del Congreso de la Nación, bajo el título Bibliografía de la Revolución de Mayo.1810-1828. La segunda fue Mayo en la Bibliografía, preparada por María E. Caffese y Carlos F. Lafuente y se editó en 1961, como publicación del Instituto de Historia Argentina "Doctor Emilio Ravignani", de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

(30) Para 1960 el Instituto de Investigaciones de Historia Argentina y Americana, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, ya había recibido el nombre del Dr. Emilio Ravignani, quien había fallecido en 1954.

(31) RIIHJMR. Nº 21, Buenos Aires, primer trimestre, 1960; Nº 22, Buenos Aires, julio-diciembre 1960.

(32) Caponetto (1998), p.122-124.

(33) A mitad del siglo XX las dos corrientes historiográficas más significativas sufrieron distintas dificultades, los historiadores cercanos a la Academia Nacional de la Historia encontraron cercenada su autonomía y fueron marginados, en muchas ocasiones, de sus cátedras universitarias. Sin embargo, reconocida nuevamente la Academia como entidad rectora del saber histórico, a partir de 1955, recuperó el lugar que había ocupado hasta la década de 1940. Los revisionistas, a su vez, no lograron el apoyo que esperaban de parte del gobierno de Juan Domingo Perón y, después del golpe de Estado de 1955, sufrieron un eclipse que duraría varios años.

(34) El oficialismo mantuvo su hegemonía en la Cámara de Senadores hasta marzo de 1961, cuando se renovó la tercera parte de sus integrantes, pero con las elecciones legislativas de 1960 aumentó la oposición en la Cámara de Diputados.

(35) CS. (1960). T. I, 7 y sig.

(36) CD.(1960) T. I, p.171 y 217. Diario Los Andes (Mendoza), miércoles 4 de mayo de 1960, 2.

(37) CS.(1960), T. I, p.115-127.

(38) La diputada Baigorria consideró que Mayo era la fusión entre el espíritu de libertad indoamericano y de la justicia cristiana, llegada de Europa, p.123 de la sesión citada en la nota 37.

(39) El discurso de Perkins se encuentra entre las páginas 119 y 121 de la sesión citada en la nota 37.

(40) En el período 1945-1955 se cambió el calendario tradicional de efemérides que dejó en un segundo plano el 25 de mayo, al darse más trascendencia a otras fechas recientes vinculadas con el gobierno. Se habían incorporado como fechas de recordación: el 4 de junio, aniversario de la "revolución" de 1943; el 26 de julio, a partir de la muerte de Eva Perón en 1952; el 17 de octubre como "Día de la Lealtad Popular" por los sucesos de 1945; se modificó la significación del 1º de mayo, "Día del Trabajo", que pasó a ser fecha de agradecimiento a la acción del gobierno y se dio mayor trascendencia al 9 de julio, con motivo de la "segunda declaración de la independencia" de 1947.

(41) CS. (1960), T. I, p.124.

(42) Idem, p.122.

(43) Idem, p.161-164.

(44) Todo se llevó a cabo en medio de la crisis desatada por el "caso Eichmann", cuyo secuestro realizado 12 días antes en Argentina, fue dado a conocer por el gobierno israelí el día 23 de mayo.

(45) Este museo fue creado a comienzos de 1960, sobre la base del museo ya existente en ese edificio.

(46) Los datos que aquí se consignan fueron obtenidos del trabajo de Distéfano (2002), p.94 y 96.

(47) La indagación se realizó de manera aleatoria entre personas que para 1960 tenían más de quince años.

(48) La resolución fue tratada y aprobada en la sesión del día 21 de mayo de 1959. CS.(1959), T. I, p.247-259.

(49) Argentina. Cámara de Senadores de la Nación. Biblioteca de Mayo. Colección de Obras y Documentos para la Historia Argentina. Buenos Aires, 1960/1974. 19 tomos en 21 volúmenes.

(50) Si bien el fin didáctico de la publicación no figura en la resolución, sí está explicitado en la "Advertencia" al Tomo I de la Biblioteca de Mayo, p.15.

(51) Las expresiones del senador Dávila se encuentran entre las páginas 257 y 259 de la sesión citada en nota 48.

(52) Idem, p.258.

(53) Según el historiador Ricardo Rodríguez Molas, el Sr. Cohan fue quien propuso la realización de la obra y el Senador Dávila se encargó de presentar el proyecto ante el Senado. Esta aclaración, que no figura en la obra, fue aportada a la autora por el mismo Profesor Rodríguez Molas, en entrevista realizada el 9 de setiembre de 2002.

(54) El profesor Levene actuó por poco tiempo, quedando la mayor parte de la compilación a cargo de los otros dos responsables.

(55) Rodríguez Molas (2002).

(56) BM. T I, p.15.

(57) Así lo anunció el senador Dávila en la sesión de l4 de mayo de 1960.CS. (1960), T.I, p.49.

(58) El Sr. Néstor E. Poitevin, auxiliar administrativo de la Academia Nacional de la Historia en 1960 y posterior secretario administrativo de la misma, aportó este dato en entrevista realizada el 8 de setiembre de 2002.

(59) Quien ejercía el cargo de secretario de la Comisión de Educación de la Cámara de Senadores en 2002, informó que las tramitaciones administrativas para la realización de la obra, si es que han existido, desaparecieron antes de 1983. En el primer gobierno democrático posterior a esa fecha, un senador se propuso completar la edición de la obra, para lo que buscó infructuosamente los antecedentes.

(60) Rodríguez Molas (2002).

(61) Esta fue una solución para los tomos VIII, IX, XVI, XVII y XIX.

(62) BM. T I.

(63) Idem, T II.

(64) Idem, T III.

(65) Idem, T II, p.945.

(66) Si bien las Memorias de Iriarte (400 páginas), se habían publicado en 1944, lo que justificaría su exclusión por extensión y edición reciente, era autor de otros tres escritos que no se editaban desde mediados del siglo XIX y dos de ellos no eran de gran extensión.

(67) BM. TVII, Nota Preliminar.

(68) BANH. Nº XXXII, 1961, p.31.

(69) Rodríguez Molas (2002).

(70) Las aclaraciones respecto a las imprentas pueden leerse en la "Hemerografía" indicada, páginas 9920, 9944, 9947, 9953, 9977, 9997, 10010 y 10021.

(71) BM. Nota preliminar al tomo VI, p.4686.

(72) BM. T XIX, Nota Preliminar, p.16.796.

(73) Como ejemplos se pueden mencionar: documentación demasiado extensa: Memorias de Aráoz de Lamadrid (más de 600 páginas); repetición de información: Echevarría, Vicente Anastasio: Relación 1819 (reproduce parte del diario de Bouchard y el diario de Bouchard figura en tomo XVII); inaccesibilidad a los repositorios: Quimper, se publicó en Madrid en 1821; exclusión de regiones interiores: no se publican periódicos del interior, sólo de Buenos Aires; polémica: Aráoz de Lamadrid (Observaciones) y Lorenzo Lugones refutan a J.M.Paz; omisión posible: no figuran escritos de Aráoz de Lamadrid, Iriarte, Ferré, Soler, etc., a pesar de ser trabajos de poca extensión.

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